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ABC VIERNES 15 9 2006 69 FIRMAS EN ABC JORGE DE ARCO ESCRITOR DE UNA ISLA Y DE UN PERIÓDICO Curioseando por las amplias estancias de lo que fuera el antiguo cine me sorprendí al encontrar tras una suerte de mesas, sillas, alfombras, armarios... una pequeña balda por la que asomaba un antiguo ejemplar de ABC cine- -convertido ahora en una tienda que importa mobiliario chino a las Islas Canarias- me sorprendí al encontrar tras una suerte de mesas, sillas, alfombras, armarios... una pequeña balda por la que asomaba un antiguo ejemplar de ABC: Madrid, día 23 de Diciembre de 1918. Diario ilustrado. Año décimocuarto. 5 céntimos. Una foto de Su Majestad Doña Victoria Eugenia, cuya fiesta onomástica se celebra hoy realizada por Franzen, ocupaba toda la portada. Tras ojearlo, entre sorprendido y dichoso, comprobar que su conservación era inmejorable y que estaba a la venta, lo adquirí sin dudar un solo instante. No quise esperar a estar de vuelta en mi hotel, y en un café, regentado por una simpática checa, me detuve a leer con emocionada curiosidad tan singular hallazgo. Veinticuatro páginas que contienen retazos de un ayer diverso y distante: los problemas que acarreaba la nueva reforma arancelaria, las dificultades que planteaba el cumplimiento del armisticio tras el fin de la primera Guerra Mundial, la invasión de campo que protagonizaron los aficionados que asistían al encuentro Español- Barcelona y que los guardias repelieron sable en mano las condi- A PROVECHÉ la última semana que me brindaban las vacaciones veraniegas, para visitar la bella isla de Lanzarote. Tantas veces me habían hablado de sus bondades, de la amabilidad de sus gentes y de ese paisaje desértico, pero al mismo tiempo conciliador, que dispuse lo necesario para echar la llave del estío con el mejor sabor posible. Y en verdad que, al poco de estar allí, fui corroborando los buenos augurios que familiares y amigos me habían vaticinado. Deudora en su nombre del navegante genovés Lancelotoo Malocello, quien en 1312 arribase a la isla, su clima, su fisonomía, su ritmo pausado, sus múltiples secretos y sus atractivos rincones, me hicieron gozar de unos días de ociosa calma. Las aguas transparentes de la playa del Papagayo, el bullir de Arreci- fe, los encantos subterráneos de la Fundación César Manrique, los acantilados de Yaiza, la serenidad de Haria... van reuniendo, a lo largo de los sesenta kilómetros de longitud que enmarcan esta joya isleña, un sinfín de cálidos espacios en donde recrear la mirada: Oscura piedra; fibra duradera de robustas entrañas. Piedra que tienes la tristeza austera de las patrias montañas dejó escrito el poeta canario Domingo Rivero. Pero fue la visita a Teguise- -capital de Lanzarote hasta mediados del siglo XIX- la que me cautivó sobremanera. El aroma que aún conserva de sus orígenes indígenas, sus calles angostas y empedradas, su noble conjunto arquitectónico, la variedad de sus comercios... conjugaban a la perfección con la afabilidad de sus habitantes. Curioseando por las amplias estancias de lo que fuera el antiguo ciones que debían cumplir los obreros españoles para trabajar en Francia, el ungüento Magine que cura escrófula, granos y tumores o el litro de petróleo a 2 ptas. resultan ahora noticias y anuncios tan lejanos como asombrosos. Pero algún elemento de puntual actualidad conservan aún sus páginas. La número 13, titulaba: El problema de la autonomía En ella, se relataba lo acontecido en un viaje en tren rumbo a Bilbao, donde dos jóvenes daban vivas a Euskadi y dos militares y sus amigos contestaron con vivas a España Al llegar a su destino, uno de los nacionalistas hizo dos disparos contra uno de los militares... En la misma ciudad y durante un homenaje a los Sres. Balparda y Bergé y El Pueblo Vasco en el Casino de Erchanda, el cual ha resultado una imponente afirmación de españolismo el Sr. Bergé terminó así su discurso: Con los nacionalistas no iré ni al cielo En Barcelona, un grupo de regionalistas que recorrió las Ramblas lucían la barretina y todos cantaban la Marsellesa. La fuerza de Seguridad dio un toque de atención, que como no surtió efecto, fue seguido de una carga Habrá quienes, leyendo estas viejas líneas, sonrían satisfechos de ver cuán remotas resultan sus reivindicaciones; y quienes frunzan el ceño al comprobar que el curso de los años no cierra unas heridas que tanto dañan la convivencia y la armonía del noble pueblo español. JOSÉ MANUEL CUENCA TORIBIO HISTORIADOR ORTEGA, EN PERSPECTIVA T AN orteguiano título quiere hacer presente que, tras el justo homenaje tributado en fecha última- a raíz del medio siglo de su muertea uno de los dii maiores de la vida intelectual española de la centuria precedente, su figura ha entrado o debe entrar de manera definitiva en la jurisdicción de la historia. En tal horizonte, axiologías y juicios han de responder a criterios alejados de cualquier pigmentación política o banderiza e, incluso, hagiográfica; proclividad ésta que nunca falta en un país de clanes y santones como España. La egregia figura del filósofo madrileño nada ha de temer, desde luego, con dicha ubicación. Sus mejores perfiles se repristinarán en el cotejo con los de otros grandes nombres de la intelectualidad española y europea de su tiempo, al paso que las sombras y excrecencias de su pensamiento se visualizarán en su auténtico contorno. Con la publicación en curso de sus Obras Completas- -ésta vez sí con trazas de serlo definitivamente, después de las frustradas tentativas precedentes- -se facilitará en amplia medida la mencionada tarea. A la espera de que una mal entendida pietas filial permita la edición de su muy rico epistolario, la cicló- pea masa de textos contenida en los volúmenes de las O. C. da vado a acometer, con todos los requisitos de la acribia académica, la biografía intelectual y el análisis crítico del dionisíaco quehacer doctrinal del autor de los libros de cabecera de varias generaciones españolas. En una atmósfera sólo oxigenada por el rigor, se aquilatará su auténtico lugar en la trayectoria de la filosofía contemporánea, sin duda, el parámetro básico en la valoración de su ingente labor y por el que él deseaba que se le enjuiciara, confiado en sus sustantivas y renovadoras aportaciones al pensar hispánico de los últimos siglos. Envuelto en polémicas nacidas en gran parte de tensionado marco ideológico y político de la España de su época, su trabajo filosófico no ha alcanzado todavía la sazón de la crítica reposada y serena, ante cuyos umbrales semejan anunciar varios libros con caracteres precursores, debidos tanto a plumas indígenas como foráneas. Idéntico clima de exigencia presidirá el trabajo quizá más afanoso y difícil de delimitar con precisión: el papel representado por Ortega en la vida cultural de nuestro país en la primera mitad del novecientos. La proyección de su pluma y palabra- -rara vez se adunaron en las le- tras españolas en una misma figura el dominio y riqueza del lenguaje hablado y escrito como en el autor de Mirabeau o el político- -sobre el mundo hispanoamericano a la hora de entrañar el pasado, comprender el presente y concebir el futuro fue tan gigantesca que demanda con instancia un estudio global y satisfactorio en el surco, a las veces, de líneas de investigación ya acometidas con éxito. El arel de la acribia deberá aquí esforzarse sin descanso, pues son, evidentemente, muchas la paja y la mercancía averiada que, en forma de tópicos y deturpaciones, se han introducido, a una y otra orilla del Atlántico, en la exégesis y empleo de los escritos y discursos orteguianos. A la política en su acepción menos noble cabe atribuir el protagonismo principal en tan lamentable como acaso inevitable fenómeno. Tras los despropósitos que tuvieron que oírse, años atrás, en punto a la consideración del autor de La rebelión de las masas como adalid del delicuescente fascismo español, no son menores los vertidos en fechas recientes sobre un Ortega precursor y casi deus ex machina de la modélica transición del régimen franquista a la democracia. Una vez que el pensador madrileño haya adquirido plenamente el estatuto de figura- -que no de momia... -histórica, añadiendo a su descollante estatura intelectual la consideración de alguien fuera de polémicas y enfoques con adherencias de un ayer definitivamente caducado, piruetas o maniobras de tal índole se harán ya, por ven- tura, imposibles, sin la descalificación más absoluta de sus actores. Claro es que, al propio tiempo, mucho facilitaría la pronta llegada a tal horizonte la decidida voluntad, del lado de sus más directos legatarios- -familiares e ideológicos- de nimbar la andadura entera del prosista español más sugestivo y deslumbrador de la edad contemporánea con toda suerte excelencias y aciertos, sin huella alguna de inerrancia o pesadumbre. Explicable hasta cierto grado en días de cólera inquisitorial y manifiesta hostilidad, hodierno resulta extemporánea, de la cual, desde luego, pocos réditos favorable se extraerán para la vigencia de Ortega en los ambientes juveniles, refractarios o, más bien, alejados de los limpios y salutíferos veneros de su producción, por más que una propaganda voluntarista quiera hacer creer justamente lo contrario. ¿Ortega a la vista en el siglo XXI? Quizá, sí. Muchos de los temas reverdecidos en los umbrales de la centuria- -patriotismo europeo, vertebración española, oposición y complementariedad entre la sociedad y el estado- -y no pocos de los problemas retornados a la palestra más candente- -multiculturalismo, dialéctica individuo- -colectividad, orto y ocaso de las civilizaciones, trivialidad- -trascendencia- -se hallan en las páginas de sus O. C. Pero ni sus planteamientos y conclusiones semejan incardinarse en el corazón y pensamiento de los hombres y mujeres de hoy. En todo caso, Ai posteri, l ardua sentenza