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ABC VIERNES 15 9 2006 Opinión 5 DONDE HAY QUE ESTAR S una ley física de nuestro tiempo que los escritores y los intelectuales están donde suponen que les conviene estar y no donde creen que hay que estar por responsabilidad y deber. Joachim Fest estuvo siempre donde hay que estar, en virtud de esa suma de lucidez, convicciones y sentido histórico que da nobleza a un oficio de reflexionar y escribir que tan bajo cayó en el siglo de los totalitarismos. Un fino obituario de Ramiro Villapadierna ha glosado desde Berlín la personalidad de Fest, el mejor biógrafo de Hitler y eminente observador de la Alemania que fue de la fisura a la unidad. Gran Alemania que resucita de entre las cenizas y es hoy la quilla y motor de Europa: ahí estuvo Fest en todas las poVALENTÍ lémicas y, según tituló PUIG unas memorias todavía no publicadas, dijo: No yo Es decir: no frecuentó los mercaderes del templo, ni por eso le hubiese comprado un coche usado a Günter Grass que ahora cambia el aleccionamiento moral por la exhibición de su carné de las SS. Sí, Fest fue un conservador democristiano que estuvo siempre donde hay que estar, con la decencia, el honor y la verdad. Se pueden contar con los dedos de una mano los hombres de su generación que trazaron un puente de tanta integridad intelectual entre la ignominia del pasado y la incertidumbre del presente. En aquellos años, Adenauer le preguntaba a De Gaulle: ¿Todavía tiene usted miedo de Alemania? De Gaulle vaciló un poco antes de decir que no. Adenauer añade: Yo, sí, todavía tengo miedo Fest fue uno de los que enseñó a no tener miedo de Alemania, del mismo modo que enseñó a los alemanes a no ensimismarse en el temor o la culpa. Fue director del Frankfurter Allgemeine Zeitung describió como nadie el nazismo y supo rectificar cuando en su momento Albert Speer- -el seductor arquitecto de Hitler- -le encandiló con su engañoso pasado. Uno de sus libros más bellos- A contraluz -habla de Italia, como tantos viajeros alemanes. Dice que la Historia carece de moral y que a veces se doblega a las fuerzas de categoría inferior e incluso al contrasentido. Su padre le contaba que, ante la conquista del poder por Hitler, y especialmente a la vista de los éxitos de sus primeros años de gobierno, muchos tenían la incómoda sensación de no haber sido derrotados por un enemigo sin escrúpulos, sino por la Historia misma. Escribe Fest: Y también la incontable masa de los conformistas tiene sus motivos para creer en la omnipotencia de la Historia. Pero ¿quién puede decir que lo ha visto con sus propios ojos? Joachim Fest nos deja sin que sepamos bien dónde hay que estar, a merced de la marea conformista. E ¿POR QUÉ RIÑE TANTO ESTA SEÑORA? N O me fío de las teatralidades excesivas. Vamos, ni yo ni nadie. El problema, ya lo sé, estriba en saber cuándo una puesta en escena es producto de una exagerada teatralidad y cuándo no, pero los kilómetros de observación que marca nuestro contador ya nos dan para saber cuándo alguien está actuando con sinceridad gestual o cuándo está retorciendo en demasía ese gesto para tratar de representar un cuento que no se corresponde con la realidad. A María Teresa Fernández de la Vega, a quien todo el que se asoma a unas líneas le atribuye generosamente todo tipo de virtudes relacionadas con la perseverancia y la formalidad, le viene asomando de unas semanas acá el genio irreprimible de quien ya no puede disimular más su condición de cascarrabias. Se da una costumbre en los políticos encargados de hacer visibles las decisiones colectivas que consiste en acentuar la firCARLOS meza con la que, intuyen, la calle reHERRERA clama determinadas decisiones. Así, si detectan que la ciudadanía no traga una irregularidad más en el asalto fronterizo de los inmigrantes irregulares, por ejemplo, el responsable de turno comparecerá para hacer suya esa indignación e intentar colar la imagen de hombre o mujer igualmente preocupado, acentuando el énfasis. Después de haber organizado desde el Gobierno un efecto llamada semejante al de una trompeta tocada desde la orilla dando la salida a los que permanecen en la otra, al Gobierno le ha entrado un torrente nervioso por el canal de la conducta y ha decidido presentarse ante la sociedad como todo lo contrario a lo que se presentaba como partido unos pocos años atrás, cuando corrían prestos a socorrer a los inmigrantes encadenados de la plaza de Cataluña de Barcelona al grito de ¡Papeles Para Todos! Entonces creían que era eso lo que reclamaba la sociedad progresista ésa para la que ahora gobiernan en exclusiva; ahora, viendo que se des- bordan todos los receptáculos de bondad y generosidad acogedora de la sociedad española, perpleja ante el asalto y la inoperancia vigilante del Gobierno, le toca a la vicepresidenta fruncir el ceño y aparentar una firmeza para con los pretendientes a inmigrante regular que no le pega. Ahí viene la teatralidad. Ahí viene eso de todo aquel que entre de manera irregular en España, tendrá que irse ¡de España! No se lo cree ni ella. Han olido inquietud y corren a asemejarse al votante, y no acaba de colar. Todo ese aparato de contundencia sobreactuada evidencia que nos encontramos ante un gabinete de gestos, de mímica, de artificio expresivo, de muecas sobreactuadas. Mucha postura, pero Senegal se ríe de nosotros. Por demás, la cortedad de la derecha española, tan acomplejada y boborrona, hace que cuando quiere ser igual se le note demasiado. No se manejan igual de bien en la demagogia. No porque no quieran, sino porque no saben. Con el tiempo aprenderán. La vicepresidenta, mientras tanto, dispara su nervio de reñir e imparte normas de conducta desde supuestas indignaciones repentinas. ¿Por qué chilla tanto últimamente? ¿Por qué adopta ese aire de superioridad moral? ¿Por qué insiste en transmitir la idea de que nos está perdonando la vida a los mortales que no pertenecemos a la secta? En reciente comparecencia parlamentaria volvió a utilizar esa fórmula tan de gusto del Gobierno de la nación consistente en advertir qué es lo tolerable y qué no: ¡No se lo tolero! le contestaba voz en grito anteayer a Zaplana a cuenta de una invectiva corriente de la oposición del tipo ustedes son unos incompetentes Y la pregunta: ¿quién es nadie para tolerar a un contrario una opinión? Quien se arroga el derecho a tolerar algo, piensa, en el fondo, que los demás ejercen sus derechos gracias a su infinita merced. Tolero que usted opine. Pero, ¡ojo! porque puedo no tolerarlo y se acaba el cuento. ¿Usted con quién se cree que está hablando? Puro teatro. A través del cual se les ve la patita. www. carlosherrera. com vpuig abc. es