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66 JUEVES 14 9 2006 ABC FIRMAS EN ABC tiza con el nombre de Australia, como homenaje a la casa de Austria que regía en España, y no porque fuera un territorio austral como pudiera también pensarse, pero al mismo tiempo descubre un curioso animal saltarín que lleva a sus crías en una bolsa ventral y que los aborígenes llaman cangarú. Con el paso del tiempo, el apelativo de la nueva, nueva para los europeos, región se consolidó y con él se conoce ahora esa enorme isla con tamaño de continente. En cambio, la denominación del raro animal se perdió en nuestra nación al no establecer los españoles su presencia en aquellos territorios. Años después, Tasman y Cook recorren la costa oriental y finalmente, en 1788, Inglaterra toma posesión de esas regiones y da noticia de su flora y su fauna, destacando inmediatamente al mismo marsupial, ya conocido y olvidado por los españoles, que denominan kangaroo, adaptando fonéticamente el nombre local. Los bravos hispanos del XIX lo toman, leído que no oído, de los ingleses, convirtiéndolo en el actual canguro que tanto debe desconcertar a nuestros antípodas. Y ya que se habla de nombres de animales exóticos, quizás sea curioso traer a la memoria el caso de inversión lingüística de la voz cebra con la que se conoce a ese burro con pijama del África meridional. Su origen se debe al vocablo encebro un asno salvaje que habitó la península Ibérica hasta la época de Felipe II, como enseña Manuel Terrón Albarrán en Los asnos salvajes, cebros o encebros en la España medieval y Extremadura, y con el que los portugueses nominaron, por similitud, al équido listado que se encontraron en las tierras angoleñas y del cabo de Buena Esperanza. Asimismo, el guepardo, felino conocido en el África anglófona como chita debe su nombre a que en el siglo XV era conocido en Castilla por ese apelativo. En otras épocas, eran los pueblos extranjeros los que se nutrían de nuestra lengua y adaptaban los vocablos hispanos para construir sus nuevas voces. Si buceamos en nuestra cultura, encontraremos, en la mayoría de los casos, el término preciso para bautizar a toda la fauna que se ponga ante nuestro rifle; pero si no existiera en el diccionario, pongámosles, al menos, apelativos eufónicos en castellano. Un poco de curiosidad investigadora y un cierto conocimiento de la sintaxis castellana, nos llevará a denominar animales desconocidos y topónimos nuevos con palabras de acuerdo con el espíritu de la lengua y si faltaran en ella, a bautizarlos con la imaginación y sentido musical empleados por los abuelos que, sin cortarse un pelo, llamaron Londres a London, Pekín a la ciudad que los chinos pronuncian algo así como beechin y Aquisgrán a la urbe que sus habitantes nombran Achen cuando son germánicos y si son francófonos ¡Aix la Chapelle! ÍÑIGO MORENO MARQUÉS DE LAULA LA LENGUA DE CERVANTES Un poco de curiosidad investigadora y un cierto conocimiento de la sintaxis castellana nos llevará a denominar animales desconocidos y topónimos nuevos con palabras de acuerdo con el espíritu de la lengua ARECE ser que el castellano contribuye con un 15 por ciento al producto interior bruto de España, y ya es curioso que el primer vehículo de cultura se relacione con cualquier forma de brutalidad. Supone, según leo en la prensa, una cantidad igual a la que se ingresa por el turismo, es decir ¡otra brutalidad! Pues bien, existe un grupo de españoles especialmente viajeros, la comunidad de safaristas o cazadores en lejanas tierras, que resulta ser la segunda del mundo solamente detrás de la de EE. UU. que todavía no se ha enterado de lo importante que es el idioma y lo maneja con el más profundo desprecio, olvidándose de Algunas de estas voces han arraigado y hecho fortuna en el gremio hispano de cazadores, una de ellas es ibex, palabra inglesa para el íbice, gran cabra salvaje con cuernos nudosos y en forma de cimitarra. Solamente la he visto escrita en singular, incluso cuando se trataba de varios ejemplares, supongo que la anomalía se debe a que el plural ibexes resulta impronunciable y siempre es preferible un yerro gramatical a un trabalenguas. En fin, me gustaría pensar que la adopción generalizada de ese término nace porque es, asimismo y con anterioridad, una expresión latina y que los cultos cazadores españoles han reconocido inmediatamente su origen. La mayoría de las veces existe una palabra española para distinguir al animal en cuestión y, al respecto, nada como recordar la anécdota que el catedrático Rafael Alvarado Ballester recogió en su discurso de recepción a la Real Academia Española. Cuando Pedro Fernández de Quirós encuentra en 1605 una extensa tierra muy al sur de las islas Filipinas, la bau- P Cervantes, de Quevedo y de toda la pléyade de escritores de aquende y allende el Atlántico que enaltecen o han enaltecido la lengua común. Me refiero a cómo los españoles que se mueven con un rifle en el equipaje denominan a las distintas y nuevas especies que descubren a través de sus prismáticos y anteojos. Como los oyen nombrar en inglés por sus guías de caza, adoptan sin mayor análisis esos vocablos en la lengua sajona como si fueran los únicos posibles y universales. Esa anglomanía llegó en algún caso a denominar por escrito al león, elefante y leopardo como ¡lion! ¡elephant! y ¡leopard! FELIPE SÁNCHEZ GAHETE ESCRITOR LA METRALLETA uando Felipe era un niño se encaprichó con una metralleta que había visto en un catálogo de artículos de caza de los muchos que andan siempre rodando por casa y, en fin, se la compramos. Era una réplica bastante conseguida de una conocida arma, pero lo que a él le entusiasmó fue que disparaba unas bolitas de plástico amarillo totalmente inofensivas salvo que las pisaras, porque entonces el riesgo de un batacazo era casi seguro. Mis aptitudes para el bricolaje condicionan mi actitud hacia él, pero las circunstancias obligan y si bien tuve éxito, ciertamente no inenarrable, en fabricarle un blanco con una caja de zapatos y un film de los que se usa para tapar platos con el que conseguimos que el número de bolitas rodantes disminuyera considerablemente, dicho éxito fue la causa de la tragedia que aconteció después: las horas de entrenamiento eran tantas y tan rápida la cadencia de los disparos que pasó lo que tenía que pasar, que aquello se atascó. Envalentonado, me puse a despegar aquel artefacto y, no bien lo hube abierto, fue tal la cantidad de muellecitos que saltaron y de pequeñas piezas que se descolocaron que, sin libro de instrucciones- -que no tenía por qué haberlo, pues aquello fue forzado por mí para poder abrirlo- -y sin la mínima idea de cómo funcionaba, el C preciado juguete no tuvo otro fin que una triste bolsa de plástico en la esperanza de que se produjera un milagro, de llevarlo a un maestro armero o de que yo adquiriese conocimientos suficientes para volverlo a montar. La pura realidad es que había abierto lo que no debía y lo había destrozado sin remedio. No lo tiramos directamente a la basura un poco por consolar al afligido Felipe y otro a mi desacreditado ego, pero al cabo de un tiempo allí acabó. Esta perorata no la he traído aquí para hacer apología, o no, como diría Rajoy, de los juguetes bélicos, tampoco como autocrítica a lo Padilla, que diría Edwards, sino porque algo me dice que la política de Zapatero está siendo tan insensata, pero infinitamente más peligrosa, como mis ínfulas de maestro armero. Contábamos con un terreno de juego en el que cabemos todos y nos habíamos dotado de unas reglas mínimas que nos han permitido conseguir un periodo de bienestar y duración sin igual en nuestra historia. Con concesiones por parte de todos, aunque justo es reconocerlo, más por necesidad que por virtud, lo habíamos conseguido, pero hete ahí que, creyendo que estar en la oposición no genera responsabilidades diseñó unas estrategias de cambio institucional, mas pasó lo que pasó y los réditos que pen- saba obtener de sus devaneos con los nacionalistas se han vuelto dardos envenenados al alcanzar el poder y lo que parece talante no es más que una alocada huida hacia delante que no parece tener fin. Destripar un juguete que no está hecho para abrirse trae las consecuencias que ya he contado, pero, desgraciadamente, España no es juguete que pueda desmantelarse e ir a parar a una bolsa de plástico en espera de tiempos mejores ni la Constitución un libro de instrucciones que, además, se pueda cambiar alegremente sobre la marcha. Quizás corran tiempos en los que no esté de más acordarse de las reflexiones que Jorge Edwards y, por lo que nos cuenta, del mismísimo Neruda, se hicieron en las vísperas de la victoria de Allende: tenían tanto miedo de ciertos cambios- -y ahora podemos decir que clarividencia- -que preferían un mal menor, la victoria del conservador Alessandri, en la esperanza de que impidiera una probable ruptura del sistema político destinada a desembocar inevitablemente en una dictadura de izquierda o una dictadura de derecha Hemingway y compañía dijeron, cuando en nuestra guerra civil la República parecía que se iba a llevar el gato al agua, que aquélla fue la época más feliz de sus vidas y Pound les contestó algo así como: Infelices, España sólo es un lujo emocional para toda vuestra banda de diletantes Mi esperanza es que no tengamos nosotros que decir a nadie que España no es un juguete en manos de aprendices de bricolaje, ni recordar aquello de que, después, las reclamaciones al maestro armero.