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ABC MIÉRCOLES 13 9 2006 67 FIRMAS EN ABC Este ejemplo de afianzamiento obsesivo al poder también cunde entre quienes, sin ser autores de relevancia política o social, se encargan de aplicar las directrices que marcan sus jefes o superiores, demostrando una aplicación y celo en dicho cometido que raya el paroxismo más absurdo, enfatizando soflamas y exagerando con soberbia los malos modos. Nos estamos refiriendo a los denominados procónsules, que, como ustedes saben, entre los romanos, eran los cónsules cuyos poderes resultaban prolongados durante un año; título que, en la época imperial, también poseían los gobernadores, aunque no hubiesen ejercido el consulado. Es decir, los procónsules vendrían a ser equiparables a los cargos que hoy llamamos políticos o de designación directa, tantas veces arbitaria, que ejecutan con mano de hierro, de manera fría y calculada, sin rechistar, las ideas de sus protectores, aunque se acerquen en extremo a la locura maquiavélica. Sin otra intención que la de agradar y servir. Para lo que hay que valer, no lo olvidemos. Pero hete aquí que, si rodase la cabeza del filantrópico benefactor, si el motorista le entrega la temida carta al jefe, el procónsul debe optar entre el sacrificio solidario o, lo que suele ser más habitual, la maniobra de anclaje al sillón del despacho oficial. Para lo que se puede llegar a negar, si fuese preciso, cualquier afiliación, concordancia o afecto con el personaje receptor del cese fulminante, que pasa de ser su mentor, un padre amadísimo, a tornarse en un padrastro vomitivo al que repudiar. Lo que demuestra la gran versatilidad de sus afectos y cómo el ejercicio de un cargo, un empleo o un honor, indefectiblemente, imprime carácter, término que en el diccionario se encuentra muy próximo a carabritear, por un lado, y a caradura, por otro. La conclusión que podemos esgrimir como colofón de esta peculiar reflexión estival es que ya no quedan dictadores como los viejos absolutistas de antes. Los de ahora son pésimas fotocopias desdibujadas, aunque empeñados en conseguir el mismo papel protagonista. Olvidan que lo que importa en estos tiempos no es tanto el hombre sino el aparato los engranajes, el partido que tomamos o al que pertenecemos. Y todo está planificado para disponer de múltiples recambios por si hubiese que jubilar, o aparcar en un discreto despacho, al actor de pandereta que jamás puede ser considerado pilar fundacional de la idea sino, a lo sumo, simple chivo expiatorio de la mala conciencia colectiva. Porque en el colegio aprendimos que es preciso ceñirse al convenio pactado. Por eso, ahora, los procónsules del crispulato en activo, restos de nuestro particular periodo de obtusa dirección, padecen, como decía el poeta, el cerco del olvido atormentado y gimen sin oír al lado la voz segura de otras veces, entonando su canción como un verso malogrado. ¡Que beban de sus propias heces! BASILIO RODRÍGUEZ CAÑADA ESCRITOR Y PRESIDENTE DEL PEN CLUB DE ESPAÑA LOS PROCÓNSULES DEL CRISPULATO Parece que los políticos del siglo XXI también son portadores del mismo virus de permanencia obsesiva en el desempeño de sus cargos, lo que les lleva a intentar atornillarse a sus poltronas, sin pudor alguno... E L militar y político mejicano Porfirio Díaz (Oaxaca, 1930- París, 1915) que luchó primero contra las tropas francesas en Puebla y después contra las del Emperador Maximiliano, llegó a promover también un movimiento de insurrección contra Juárez en primer lugar y posteriormente contra Lerdo de Tejada, quien pretendía ser reelegido. Una vez derrotado este último, obtuvo la presidencia de la nación en 1876, que retuvo en los períodos 1877- 1880 y 1884- 1911. Su gobierno fue una dictadura bajo los auspicios del Partido Liberal, caracterizándose esta etapa de la historia mejicana por la influencia, que en muchos casos llegó a ser injerencia, francesa y norteamericana, tanto en su política interna como en sus relaciones exteriores. Tras sus reiteradas y larguísimas estancias en el poder, quiso ser reelegido, una vez más, en 1911, lo que provocó una insurrección popular que terminó con sus sueños de grandeza y le obligó a exiliarse en nuestro viejo continente. De esta manera acabó el porfiriato, denominación con la que han pasado a los libros de historia esos casi treinta y cinco años de control obsesivo del poder establecido. Después, la Revolución Mejicana terminaría pasando página e implantando la democracia en 1920, aunque el viejo militar no vivió para contarlo. El modelo de dictadura a la mejicana tuvo después muchos imitadores que intentaron emular a Porfirio Díaz, aunque ninguno logró igualar su récord de permanencia. Uno de los empeñados en seguir la estela del porfiriato fue el dominicano Rafael Leónidas Trujillo (Villa de San Cristóbal, 1891- Ciudad Trujillo, 1961) quien siendo teniente de la Guardia Nacional en 1916, cuando se produjo el intervencionismo colonizador de Estados Unidos, inició una carrera meteórica que le llevaría a alcanzar el generalato en poco más de diez años (1927) A partir de entonces, más concretamente desde 1930 hasta su muerte, ostentó la presidencia de la República Dominicana o, en todo caso, tuvo un control omnímodo sobre el país, suspendiendo libertades, reprimiendo con brutalidad a los críticos u opositores y confiscando ilegalmente, en provecho propio, las mejo- res fincas del país. Si bien es cierto que, como dijimos anteriormente, no superó a su colega mejicano, sí que logró inscribir sus años de dictadura con otro apelativo despectivo derivado de su apellido, el trujillato. En nuestra historia reciente, hemos asistido a episodios que, por múltiples similitudes históricas y por curiosas anécdotas personales, nos han hecho recordar los episodios narrados con anterioridad. Efectivamente, parece que los políticos del siglo XXI también son portadores del mismo virus de permanencia obsesiva en el desempeño de sus cargos, lo que les lleva a intentar atornillarse a sus poltronas, sin pudor alguno, hasta que son desalojados, en contra de su voluntad, por la fuerza de la razón o de los votos, que viene a ser lo mismo. AGUSTÍN CEREZALES ESCRITOR. NOCHE DE ALMIRANTE E N el cuento de Machado de Assis, el joven marino Deolindo, al cabo de un año de singladura, se las promete muy felices ante el reencuentro con su amada Genoveva, con quien se dispone a pasar una noche de almirante ha cumplido su promesa durante todo el tiempo, resistiendo a tantas tentaciones hermosas como se le ofrecieron en cada puerto, en la dulce seguridad de que Genoveva ha cumplido también por su parte, tal era el amor, puro y ardiente, que los unía. Fácil es de imaginar su sentimiento cuando le informan de que, por el contrario, Genoveva se ha enamorado de otro. Pero lo extraordinario del cuento no es eso, ni siquiera el desenlace (Deolindo piensa primero en matar a la joven, luego al rival, y por último se quita él Jugamos con las palabras, y las palabras juegan con nosotros. Y entre ellas y nosotros, imperturbable, avanza la realidad. Extraño trío, difícil apuesta mismo la vida) sino el aplomo sereno, la tranquila inocencia con que ella se explica: -Yo nunca te engañé. En aquel momento, cuando te juré amor eterno, era completamente sincera. Vida y literatura se hacen guiños con frecuencia. Y así, hoy mismo, recién leído el cuento, un joven caballerete muy amigo mío, de cinco años recién cumplidos, me comenta, como quien no quiere la cosa, que ha cambiado de novia Me deja pasmado, y le recuerdo que, de la anterior, aseguraba él que era su novia para siempre con énfasis, como si ambas cláusulas, novia y para siempre fueran indisociables. El rapaz lo piensa un momento, dispuesto a defenderse, como gato panza arriba, y exclama por fin: ¡Es que ésta también es para siempre! Entiendo que, en su opinión, nada ha cambiado, excepto lo contingente. Sigue siendo un eterno enamorado, eso es lo esencial, y por lo tanto no ha incurrido en contradicción alguna... Jugamos con las palabras, y las palabras juegan con nosotros. Y entre ellas y nosotros, imperturbable, avanza la realidad. Extraño trío, difícil apuesta. Con alguna de las partes, pienso yo, se impone cierta indulgencia. Mas no siempre es posible. No lo fue para Deolindo, pobre almirante de una noche eterna.