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56 MARTES 12 9 2006 ABC Cultura y espectáculos Antonio Muñoz Molina, ayer en Madrid, antes de la presentación de su novela El viento de la Luna Muñoz Molina vuelve a la Sierra de Mágina, su territorio literario, agitando El viento de la Luna para mostrar un mundo premoderno y su desaparición. Es el retrato del artista adolescente que homenajea al padre desde su humilde grandeza El realismo mágino de la Luna TEXTO: ANTONIO ASTORGA FOTO: IGNACIO GIL MADRID. En la Luna no hay un viento que desdibuje las huellas y que acabe borrándolas como el que sopla en una playa a la caída de la tarde. Alguien vaticinó que el polvo gris que mancha los trajes espaciales se incendiará como fósforo al entrar en contacto con el oxígeno del aire. Pero tampoco esa profecía se cumple. Alta y remota en el cielo negro la esfera luminosa de la Tierra está tan lejos que tampoco parece verosímil que la computadora de a bordo pueda ayudar a encontrar el camino de regreso hacia ella. Lo que más sobrecoge a los astronautas, allá, en el séptimo cielo, es la fragilidad de la esferita terrestre, dice Muñoz Molina, que ha buceado en la NASA, ha leído memorias de astronautas y ha dibujado El viento de la Luna (Seix Barral) azotando la Sierra de Mágina en el tardofranquismo. El 20 de julio de 1969 Neil Armstrong da un gran paso para la Humanidad pisando, como primer hombre, la Luna. Ese mismo día, el arado romano seguía surcando la tierra en la jiennense Sierra de Mágina, mientras un niño de trece años se inicia en la adolescencia entusiasmado con la belleza de Faye Dunaway y obnubilado con las pisadas de Armstrong. Ese niño lee a Verne, profeta de la aventura espacial, en una casa donde la radio vomita el consultorio de Fraaancis... Eeelena Francis y descubre a hurtadillas el sexo en el franquismo, frente a curas retrógrados, propio de la época. Era muy traumático- -señala Muñoz Molina- -ese sentimiento tan furioso de culpa, de pecado, de que todo podía llevarte al infierno. Son cosas, para la conciencia de un niño, tremendas. Ahora, por muy fuerte que sea la presión ideológica que se ejerce, las personas muchas veces se liberan de todo eso. Si no fuera así, los totalitarismos ganarían siempre. Todo régimen totalitario en lo que se empeña es en la educación: en hacerse amo de la escuela, el amo de las conciencias. Pero el ser humano tiene más fuerza y más recursos de lo que creen los comisarios políticos Antonio Muñoz Molina quería relatar ese periodo de la infancia y de la adolescencia en el que uno está como flotando en el aire Un día, en el Mu- Grass no debería haber mentido 11- S. Grass y el día de la infamia. Muñoz Molina cree que el Nobel alemán no debería haber mentido sobre su pertenencia en su juventud a las SS hitlerianas: Una persona que ha hecho un elemento importante de su propio trabajo la afirmación de la verdad con respecto a una época siniestra, la denuncia de la desmemoria, esa persona tiene que tener un cuidado especial a la hora de manejar su propio pasado. No siento ninguna simpatía por aquella persona que a los diecisiete años se apunta a las SS Sobre el 11- S subrayó el mantenimiento de los norteamericanos de la memoria de las víctimas ajena a la manipulación política Un sentimiento que al compararla con España y al 11- M le produce melancolía como escribió ayer en un artículo en el New York Times En Nueva York Muñoz Molina se despertaba recordando a su padre. Y El viento de la Luna es un tributo a la relación entre padre e hijo. El aprendizaje de la paternidad implica el ser padre uno mismo. Tú tienes una relación con tu padre que atraviesa periodos de adoración, de cariño incondicional, de rebeldía, de distancia, luego casi de invisibilidad, de una cierta recuperación y de un reencuentro muy beneficioso. La muerte de mi padre fue un golpe muy duro. Era un hombre muy sano, jovial, sociable, entero. Te queda la sensación de una conversación interrumpida. A mi padre le debo un sentido del trabajo, de amor por las cosas que haces. Eso lo reflejo en la novela en la manera en que el padre le enseña al hijo a quitar un tomate de la mata para que el fruto no se dañe