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34 Internacional MARTES 12 9 2006 ABC Con la primera comedia sobre el III Reich en producción y la broma del arrepentimiento del escritor Günter Grass con las SS, cae un último tabú: el humor en tiempos de cólera Hitler para partirse de risa RAMIRO VILLAPADIERNA CORRESPONSAL Taufa ahau Tupou IV REUTERS Muere el Rey de Tonga, uno de los últimos señores feudales del mundo b El monarca de 110.000 súbdi- tos, que habitan en una isla del Pacífico, era conocido por sus excentricidades; en 1976 llegó a pesar 209,5 kilogramos DPA TONGA. El Soberano de Tonga murió a los 88 años como uno de los últimos señores feudales del mundo. Con 1,90 metros de altura, el Rey de ese Estado insular del Pacífico- -única monarquía de Oceanía- pesaba 140 kilogramos. En 1976, su corpulencia de 209,5 kilogramos le aseguró un ingreso al libro Guinness de los récord como el Monarca más gordo del mundo. Desde su asunción en 1965, Taufa ahau Tupou IV se dio a conocer como anfitrión de abundantes comidas. Las delicias tuvieron un alto valor durante mucho tiempo en la corte del reino de las 172 islas, a medio camino entre Nueva Zelanda y Sudamérica. Es un placer pasar tiempo con él y haber compartido su champaña y su caviar escribió entonces el ex embajador neozelandés sobre sus experiencias con el Monarca de Tonga. Viajar era una de las actividades preferidas del Rey, que visitó Alemania por última vez en 1985. Con este país lo unía algo muy especial: se dice que su tatarabuelo, Georg Tupou I, era el marinero Hinrich Meyer, de Buxtehude, quien llegó a Tonga, se casó con la hija del cacique y creó finalmente en 1845 la dinastía familiar. Poco partidario de los cambios políticos, Tupou afirmó una vez que el sistema mayoritario es algo extraño para Tonga. El Príncipe Heredero Tupouto a, que ayer asumió la sucesión del Trono, inspira pocas posibilidades de cambio político. En su corazón no es un demócrata señaló el diplomático neozelandés. MUNICH. El coche de Hitler atropella a un cochino en el campo y éste envía al chófer a disculparse con el granjero, pero lo ve regresar beodo y con unos jamones. Oiga, pero ¿qué le ha dicho? Pues sólo: Heil Hitler, el cerdo la ha diñado Este chiste da título a un documental y libro que hurgan en el penúltimo nicho del nazismo: el humor. Sube el Führer a la torre de la radio de Berlín para abarcar la futura capital del mundo y comenta: ¿Qué podría animar a esta ciudad? Y Göring: Pruebe a saltar Esta broma le costó el paredón a Marianne Elise K. trabajadora en una fábrica de municiones, en 1944. Como al párroco Josef Müller, ejecutado por el chiste de que un moribundo le habría pedido conocer aquellos por los que moría y, al ponerle al lado a Hitler y a Göbbels, diría: Ahora muero como Jesús, entre dos criminales En visita a un psiquiátrico, el canciller es recibido brazo en alto. ¿Y usted? A ver, ¿Porqué no saluda? brama Hitler. Mein Führer, soy el enfermero responde, yo no estoy loco Este chiste circulaba desde la llegada al poder del partido Socialista de los Trabajadores de Alemania, lo que refutaría una ignorante fascinación general por el Führer, pero en los últimos tiempos se tornaría tan poco recomendable como un viaje a Treblinka. Tomarse el nazismo a broma es algo que luego los alemanes han evitado durante décadas, sabedores de que la risa deriva un día en relativización y otro en incredulidad. Pero rompiendo un nuevo tabú, Rudolph Herzog, hijo del cineasta Werner Herzog, ha recolectado en el libro y documental Heil Hitler. El cerdo la diñó las bromas con que lúcidos e irrespetuosos combatían la negrura del totalitarismo, aportando un filón para entender cómo el tejido social se protege y busca aliviar la presión Charles Chaplin, en una escena de El gran dictador ría, nepotismo y estraperlo de los jerifaltes cubiertos de medallas. A diferencia del humor judío, crecientemente siniestro, muchos chistes no comportan política: No le cabían más medallas en el pecho y Göring se ha puesto una flecha que dice: continúan por detrás Compárese con este hebreo: dos judíos van a ser ajusticiados cuando una orden revoca el fusilamiento: serán colgados. Uno le dice al otro: Te lo dije, se están quedando sin munición Los judíos hacían chistes en el gueto para reafirmarse. Si me río, estoy vivo dice Herzog. Del ciudadano alemán dice que estas bromas aportan una mirada interna que normalmente escapa a la historia convencional Éste es un chiste de Dachau, campo para desafectos al régimen, lo que revela que conocían su existencia. Dos se encuentran: Qué bien ver que te han soltado. ¿Qué tal ahí dentro? Estupendo, desayuno en la cama, comidas con postre y mientras jugábamos a cartas nos servían la merienda. Siempre película después de cenar Pues qué sorpresa. Hablé con Meyer, que también ha salido y ABC Chistes como resistencia Con distancia, uno ve los aspectos ridículos sin que haya porqué olvidar la perversión se cura en salud Herzog. Pero bromear no es una forma de política: Los chistes no pueden considerarse una forma de resistencia aclara a los medios este guionista de 33 años, pero sí la válvula que mide el hartazgo El partido había aprobado leyes en 1933 y 1934 multando y prohibiendo toda crítica; el genuino cabaret político fue sustituido por cine de humor blanco. Lo que sí se hacían era chistes de judíos o sobre el ejército italiano: llega la noticia de que Mussolini entra en la guerra. Tendremos que enviarle 10 divisiones Y el coronel: Pero si ha entrado de nuestro lado Vaya, pues van a tener que ser 20... Una broma refleja aquello que enerva a la gente Y la preocupación de la mayoría no era la agresión y el drama de otros pueblos, pero sí la bravucone- Tomarse el nazismo a broma es algo que los alemanes han evitado durante décadas tras el fin de la guerra Estos chistes aportan una mirada interna que normalmente escapa a la historia convencional tendrías que oír lo que contaba Ya, por eso lo han vuelto a encerrar La recolección de Herzog ofrece una revancha frente a una revolución nazi que como otras carecen de todo sentido del humor el cabaretista Dieter Hildebrandt y el actor Fritz Muliar recuerdan las represalias sufridas por él y sus colegas, Max Ehrlich y Paul Morgan. No era un pueblo hipnotizado; un engañado no hace chistes Hubo acomodo tras un remolino que en poco tiempo se había tragado toda la vida pública. La ciudadanía resultó tan militarizada que la broma era que, para diferenciarse, el Ejército iría ahora de civil. Mi padre está en la SA, el hermano mayor en las SS, el pequeño en las Juventudes Hitlerianas, mi madre en la Organización de Mujeres y yo en las BDM ¿Y os veis? Claro, en el mitin anual del partido ¿Cómo sucedió? Un pez gordo pregunta sobre lealtad política al director de una fábrica: ¿Tiene todavía obreros socialdemócratas? Sí, claro, un 80 por ciento ¿Y del partido Católico de Centro? Un 20 por ciento ¡No tiene ningún nacionalsocialista? Ah, sí... ahora todos somos nazis Tras la derrota de Stalingrado y a medida que se perdía la guerra el sarcasmo creció en paralelo a las penas impuestas: el derrotismo pasó a ser reo de muerte. Incluso con los aliados asediando: ¿Qué vas a hacer cuando acabe la guerra Me tomaré unas vacaciones para recorrer la Gran Alemania Ya, ¿y luego, por la tarde? Herzog destaca la ingenuidad: al bajito ministro de Propaganda le llamaban la mentira tiene piernas cortas pero ha preferido dejar fuera el humor obsceno; aunque reconoce el agujero dejado por el agudo humor judío, de cuya pérdida el alemán sigue resintiéndose hoy.