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ABC LUNES 11 9 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL MAL A A. T. que lleva cinco años perseguido por una pesadilla. N EL CASO RUBIANES OMO artista, contemplo con preocupación la retirada del espectáculo Lorca éramos todos de la programación del Teatro Español. El actor Pepe Rubianes no figura entre mis predilectos; ni siquiera sé si se trata de un cómico de verdadero talento con un ramalazo chocarrero o de uno de esos ventajistas que disfrazan sus chocarrerías con un barniz de respetabilidad cómica. Yo no lo sé; pero se supone que Mario Gas, encargado de la programación del Teatro Español, debería saberlo. Y se supone también que su opinión sobre el mencionado Rubianes, o siquiera sobre el espectáculo que iba a representarse bajo su égida, eran favorables. Me parece absolutamente intolerable que un artista, como sin duda Mario Gas lo es, permita que la obra de otro artista que él mismo ha contribuido a promocionar tenga que retirarse de la cartelera por presiones de grupos organizados. Ignoro si cuando aparezcan estas líneas MaJUAN MANUEL rio Gas habrá presentado su dimisión DE PRADA como director del Teatro Español; pero, sinceramente, creo que sería la única salida honorable que le resta, si en algo aprecia la libertad del artista. Quizá a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan les sorprenda, incluso les indigne, mi defensa de Rubianes. Existe un refrán castellano que reza: Cuando veas las barbas de tu vecino pelar, pon las tuyas a remojar Uno ni siquiera necesita poner sus barbas en remojo, pues ya ha sido víctima de muy diversos vetos y anatemas. De manera que mi defensa, antes que un acto de gallardía, debe considerarse una cuestión de supervivencia. Los exabruptos que Rubianes dedicó a España en cierto programa de la televisión catalana se me antojaron de una vileza cetrina. No por el objeto de los ataques, pues considero que nada debe haber sacrosanto para el artista, sino por su muy grosera forma expresiva, que delataba un espíritu atocinado y nada artístico, y sobre todo porque eligió para proferirlos un lugar donde fueron acogidos con regoci- C jo. Ya estoy un poco harto de esos artistas que, disfrazados de infractores de todos los tabúes, se hacen los valentones cuando en realidad no hacen sino halagar los instintos más bajos de su público. Pero los exabruptos de Rubianes trascendieron (algo que seguramente no podía imaginar cuando los profirió) y lo convirtieron en la bestia negra de un sector social que se consideró damnificado por sus burdas zafiedades. Se supone que es precisamente ese mismo sector social el que, representado por sus avanzadillas más guerrilleras, ha arreciado con un pedrisco de llamadas telefónicas intimidatorias que han terminado disuadiendo de consuno a Rubianes y a los programadores de su espectáculo. Lamentable, por muchas razones. En primer lugar, los exabruptos de un artista no deben enturbiar la consideración que nos merece su obra; querer convertir la antipatía, desagrado o incluso aborrecimiento que un artista nos inspira en un veto contra su obra es un acto siniestro, propio de los comisarios políticos de los regímenes comunistas. Lamentable también porque, si el espectáculo resultara a la postre tan degradante y chabacano como los exabruptos de Rubianes nos hacen presumir, habría que reclamar responsabilidades a quienes lo programaron; al haberse impedido de manera tan tremebunda la representación de dicho espectáculo, ya no se podrán reclamar responsabilidades. Y lamentable, por último, porque toda esta zapatiesta sólo servirá para que Rubianes estrene su obra en otro teatro con un éxito multitudinario, pues muchos espectadores acudirán al olor de la escandalera, y otros a solidarizarse con él. La gente civilizada no levanta una obra de la cartelera, al estilo de los comisarios políticos: si barrunta que la obra no le va a gustar, no se gasta las perras en ella; y si acude engañada, expresa su desengaño con un pateo. Y si el bodrio en cuestión ha sido sufragado con fondos públicos, se reserva el derecho de no votar a los responsables del desaguisado en sucesivas elecciones. En fin, que son precisamente los furibundos detractores de Rubianes quienes están contribuyendo con mayor denuedo a su apoteosis. O me di cuenta de que se trataba de un atentado hasta que no estaba lejos de las torres. Vi chocar el primer avión y pensé, como casi todo el mundo, supongo, que era un accidente. Yo estaba abajo, en la explanada, en el hotel de enfrente al WTC, e iba a volver a mi oficina a recoger unos papeles antes de regresar a España. Incluso me planteé subir a por ellos después del impacto, porque miempresa estaba en los pisos bajos. Pero entonces empezó a salir gente huyendo y cambié de idea El hombre hace una pausa para tomar un sorbo de vino y mirar alrededor. Sus ojos claros se vuelven brumosos, impregnaIGNACIO dos de una niebla de dolor, CAMACHO y su tono bajo es de una dulzura melancólica. Es de noche y en Zalacaín los comensales próximos hablan de negocios en murmullos suaves. Sí, vi caer gente desde lo alto, a lo lejos. Y recuerdo muy bien la lluvia de papeles, miles de hojas revoloteando sobre nuestras cabezas en medio del pánico y de la confusión. Es curioso, pero en esos primeros momentos había muchas personas fuera, mirando. No sabíamos si entrar o echar a correr, y al final te quedas ahí helado, inmóvil, atrapado en una especie de fascinación ante la intensidad de la catástrofe El caso es que al rato estalló la segunda torre. Yo no vi el avión, estaba del otro lado, y pensé que era una explosión por simpatía de la primera. Lo que sí tuve ya claro, porque soy ingeniero, es que aquello se podía caer y había que alejarse. Así que eché a andar deprisa, volviendo la cabeza para mirar. El primer desplome produjo un ruido enorme, apocalíptico, y nos alcanzó una nube de polvo que lo envolvía todo. La gente venía corriendo como si escapasen del infierno En la calle pasó junto a mí un hombre muy sofocado, y se puso a mi par. Sentí necesidad de hablar, y le dije que lo de la primera torre había sido por un avión. Y él contestó: la segunda también. Entonces me di cuenta de golpe de lo que había ocurrido, como si juntase los cables de un circuito. No era el azar de un accidente, era la obra del mal, el mal en estado puro, el abismo de la condición humana. Fue como una cuchillada de estupor, o de angustia, más que de miedo. Porque sabes que el mal existe, en abstracto, pero de repente lo ves delante de ti, ahí, ante tus ojos, abierto como un precipicio... y sientes una sensación muy frágil; te desplomas por dentro, como las torres, ante la certeza de una maldad tan honda, tan tortuosa, tan potente. Me quedé paralizado un rato, sentado en el escalón de un portal. Luego busqué caminando otro hotel, y estuve varios días encerrado, sin hablar con nadie. Aún me tiembla algo dentro... Me pregunto cómo puede haber entre nosotros quien piense que algo así tiene un motivo, una justificación, una lógica... Su mirada se pierde en los cuadros de caza de la pared. Un largo silencio. Otro sorbo de vino y luego, como si espantara algún demonio interior: ¿Sabes? Mucha gente corría descalza, habían perdido los zapatos