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18 Nacional LA NEGOCIACIÓN GOBIERNO- ETA VEINTE AÑOS DEL ASESINATO DE YOYES DOMINGO 10 9 2006 ABC Cuando un pistolero acabó con la vida de la primera mujer dirigente de ETA por haber desertado de la banda, comenzó a cambiar la percepción que el mundo nacionalista tenía de la violencia Yoyes veinte años después POR JORGE M. REVERTE MADRID. Hace veinte años, un pistolero acababa con la vida de Yoyes en pleno centro de Ordicia, mientras la ex dirigente etarra paseaba a su hijo recién nacido, y al tiempo que unos jóvenes jugaban un partido de frontón. El partido de frontón no se detuvo, ni hubo nadie que se molestara en borrar las pintadas que en el pueblo señalaban a María Dolores González Cataraín como traidora, es decir, como objetivo natural de las balas. Ambas cosas estaban perfectamente relacionadas, aunque los protagonistas del partido de pelota no lo supieran. Porque la muerte de Yoyes se vio en gran parte del País Vasco como el colofón lógico de una historia interna con sus leyes propias y su legitimidad incuestionable. Era la ejecución de una pena de muerte decidida por un ejército contra uno de sus generales que se había atrevido a poner en cuestión su estrategia y había abandonado la lucha sin permiso. No era la primera vez que ETA ajusticiaba a uno de los suyos. El caso Pertur era el más notable. Y las primeras reacciones de la sociedad vasca fueron las mismas de otras veces: los partidarios más o menos feroces de la banda vieron su muerte con la indiferencia plasmada en el contundente razonamiento del algo habrá hecho Los bienpensantes movieron la cabeza hacia los lados con otra visión no menos contundente, la del cuándo dejarán de dar tiros estos chicos Yoyes yace en el suelo sin vida, tras ser asesinada por el etarra Kubati cuando paseaba con su hijo en Ordicia Su muerte sacudió la conciencia de muchos nacionalistas. Pero lo hizo de una manera parcial, como si el rechazo a la violencia pudiera parcelarse. Uno de sus familiares más próximos era concejal del ayuntamiento de Ordicia y se abstuvo en la votación de una moción de condena del asesinato. Era tan salvaje el hecho que, aún siendo militante nacionalista radical, no se manifestó a favor de la muerte de su hermana. Toda una conmoción. Otros muchos se atrevieron a condenar el crimen. Veinte años después, resulta sorprendente que aquello pareciera haber cambiado la percepción que el mundo nacionalista tenía de la violencia. Hoy se cuentan por docenas los militantes de Herri Batasuna que lamentan las muertes que el conflicto provoca. Pero lo cierto es que cambió. Se vio por primera vez un movimiento de rechazo masivo a la violencia. ¿Por qué sucedió eso en el caso de Yoyes y no en los otros? Por una razón sentimental, porque la desertora de ETA no había cometido otro pecado que el de irse para ser madre. Ni siquiera había mostrado su arrepentimiento por su complicidad con tantas otras muertes. Ella no era una traidora en realidad, sino la mejor representación de una mujer que abandona sus obligaciones de luchadora para asumir su vocación de madre y poner en práctica su derecho a tener una vida privada. Yoyes cuestionaba la lucha de ETA por razones privadas, y mostraba su hastío de una vida en la clandestinidad sin otra salida que la muerte o la cárcel. En sus diarios no hay lamentos por otras madres, a las que veía, sin decirlo, como extrañas, lo que le permitía ser inmune a su sufrimiento. En muchos sectores del resto de España, la reacción fue similar a la del País Vasco. El horror ante una organización que mataba a uno de los suyos aunque fuera capaz de emocionarse ante un paisaje crepuscular. Veinte años después las cosas han cambiado de veras. Hay muchos nacionalistas vascos que se conmueven ante el cadáver de un concejal popular o socialista y lo lamentan de veras. Qué gran avance. No es una broma siniestra, es la verdad. Y es también cierto que eso no sucedía con la necesaria frecuencia hace veinte años. Veinte años después, el recuerdo de la muerte de Yoyes sigue provocando espanto, pero menos que el asesinato de Miguel Ángel Blanco, el de Fernando Buesa, de Joseba Pagaza, de tantos otros muertos que también tenían sentimientos reconocibles incluso para un nacionalista. Conciencias sacudidas Pero Yoyes significaría mucho más en poco tiempo. Primero, porque la habían matado mientras paseaba a su pequeño; después, porque tenía un diario en el que había ido reflejando los avatares de su militancia etarra y los motivos de su abandono. Una pieza repleta de sentimentalismo, de paisajes hermosos y de melancolía. Un conjunto de elementos que multiplicaban la percepción externa de que aquel acto había excedido los límites de lo tolerable. Era tolerable la idea de que se matara a un guardia civil, pero no a una amante madre que se enternecía contemplando los verdes atardeceres en los profundos valles del Goyerri o temblaba de emoción al percibir el movimiento de su hijo en el vientre antes de nacer. Era soportable en la sensibilidad de los nacionalistas vascos el desagradable hecho de que en la calle del Correo de Madrid hubieran muerto muchas personas destrozadas por una bomba y que muchas de ellas no fueran policías, pero no lo era el que le dieran un tiro en la nuca a una mujer que había dejado la lucha armada porque no podía soportar la presión psicológica que su práctica le provocaba. Esa mujer había formado parte del grupo que decidió poner la bomba de Madrid. Un hito Hemos avanzado mucho. Hemos avanzado tanto como para que haya nacionalistas sinceros, de verdad sinceros, que lamentan cada acto terrorista y lo condenan sin necesidad de recurrir al terrible razonamiento de que los actos criminales no sirven para hacer avanzar las reivindicaciones del pueblo vasco, que lamentan los crímenes como si se trataran de acciones contra seres humanos, aunque las víctimas sean policías españoles, vendedores de chucherías del PP o abogados socialistas. Ha avanzado la conciencia de que un crimen es peor que un error. La muerte de Yoyes marcó un hito: fue la primera vez que una parte del mundo nacionalista se mostró capaz de comprender eso, que era un crimen lo que para la otra parte fue un error. Y yo no sé si la propia Yoyes habría compartido el diagnóstico o habría reaccionado airada contra ese disparate estratégico que daba una mala imagen de la banda. Veinte años después, su cercano pariente no se habría abstenido en la votación de condena del asesinato de Yoyes. Eso creo. Por primera vez, una parte del nacionalismo comprendió que un crimen es peor que un error Dolores González Cataraín dejó la lucha terrorista por razones privadas, para ser madre