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ABC SÁBADO 9 9 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA CUERDA DE PRESOS O peor son las caritas. La actitud. El talante, que diría Zapatero. Perder se puede perder, pero a los españoles nos gusta una cierta dignidad, un coraje, una rebeldía en la derrota. Lo que la gente no le perdona a nuestra selección de fútbol es esa indiferencia ante el fracaso contumaz, esa costumbre perdedora, esa indolencia en el descalabro que ignora adrede el carácter representativo del equipo nacional y torna a sus integrantes en una chulesca tropilla de millonarios caprichosos blindados ante la decepción del pueblo. La simpatía general que ha generado de repente el baloncesto, esa corriente de cariño alborozado que ha sacudido la médula del país tras el IGNACIO éxito de unos muchaCAMACHO chos gigantones cuya existencia carecía hasta ahora de atención e interés para la mayoría de nuestros compatriotas, tiene mucho que ver con un comportamiento reactivo de la psicología social, que de inmediato ha comparado la sensatez, la eficiencia y la cohesión del equipo de basket con el espíritu desarticulado y pesimista de la escuadra de fútbol, obstinada coleccionista de decepciones que no desperdició la ocasión de añadir una nueva- -frente a un puñado de primitivos peloteros irlandeses- -en plena euforia popular ante sus colegas de talla XXXL. El baloncesto nunca nos ha interesado en exceso, ni sus cifras de asistencia pueden compararse a las de muchos partidos de fútbol de Segunda B. Pero la gente ha descubierto, tras la victoria de Japón, a unos deportistas sanos y desacomplejados, imbuidos de optimismo, responsabilidad y cordura, atentos y cordiales con el público, y los ha colocado como espejos delante de la desganada y abúlica representación futbolera capitaneada por un entrenador eternamente cariacontecido que parece el retrato robot del español cabreado y triste; esa peña ensimismada y deprimida, huidiza y mohína como una cuerda de presos, de un aire lúgubre inexplicable en un grupo de chicos adinerados y en plena flor de la fama, la juventud y la vida. El pueblo, que trabaja y sufre de veras los contratiempos de la existencia cotidiana, no comprende ese carácter atribulado e infeliz, ese aire de fastidio en tipos que deberían darse de bofetadas para cerciorarse cada mañana del privilegio de su suerte. Y menos, la desatención despectiva y casi retadora hacia los paganos que sostienen su fortuna, la falta de compromiso con la ilusión colectiva que, pese a todo, permanece detrás de sus perpetuos devaneos con la derrota. Un día, quizá no muy lejano, ese cansancio eternamente chasqueado estallará en una crisis de alejamiento y desapego que a ellos, los futbolistas, los idolillos banales de este tiempo contingente y crepuscular, quizá les traiga al pairo de una desdeñosa displicencia. Error. Ensimismados en su abstracta soberbia, ignoran las consecuencias que para sus salarios de lujo puede tener la rebelión doméstica, silenciosa y soberana del mando a distancia. L ¿Y LAS MUERTECITAS? UNQUE algunos ya estemos curados de espanto, el fenómeno sigue provocándonos una mezcla de repugnancia moral y repeluzno. Me refiero a esa abyecta ecuación mental que convierte las catástrofes, calamidades y tragedias más luctuosas en episodios apenas reseñables, casi tediosos de tan insignificantes, según quien ocupe la poltrona sea un goberno cavernario de derechas o un gobierno inmaculado de progreso. En España, los cadáveres sólo sirven para desalojar a la derecha del poder, da igual que su muerte la provoquen las bombas de Bush, el descarrilamiento de un tren o la paliza de un marido iracundo. Nunca olvidaré lo que un notorio seudointelectual, entonces vociferante y jeremíaco, hoy beatíficamente instalado en la mamandurria oficial, me espetó, un poco pasado de copas, en plena guerra de Irak: Esos muertecitos nos van a venir de perlas para cargarnos al tío del bigote En torno al seuJUAN MANUEL dointelectual se hizo un silencio pasDE PRADA toso; pero pronto ese silencio se agrietó de sonrisitas sarcásticas y asentimientos más o menos entusiastas. De repente, descubrí horrorizado que al notorio seudointelectual, como a sus corifeos, que clamaban contra el gobierno cavernario de la derecha (aunque a la vez aceptaban las invitaciones a congresos y demás saraos culturetas que dicho gobierno, con muy meritorio masoquismo, les prodigaba) les importaban un comino los cadáveres que dejase tras de sí la invasión de Irak; descubrí también que toda la parafernalia de manifestaciones indignadísimas y farisaicos rasgamientos de vestiduras no era sino un paripé para cargarse al tío del bigote Hoy, aquel notorio seudointelectual que me reveló la utilidad de los muertecitos disfruta de prebendas innúmeras y ha ingresado en el Canon de la Gran Literatura Española. ¡Ah, los muertecitos! ¡Qué útiles fueron mientras gobernaba la derecha cavernaria! ¿Y qué decir de las muertecitas? Hace tan sólo unos años, las mujeres A apalizadas o asesinadas por sus novios o cónyuges provocaban sarpullidos de ofendida ira entre los batallones del progreso, que no había día que no organizaran una concentración luctuosa o leyesen un manifiesto o conminaran al gobierno cavernario de la derecha a detener la sangría. Pero héte aquí que el gobierno cavernario de la derecha fue desalojado de la poltrona; y, sorprendentemente, el número de mujeres maltratadas siguió incrementándose. Más sorprendentemente aún, de súbito la indignación de las gentes de progreso empezó a remitir. Las víctimas de tan oprobiosa forma de criminalidad se convirtieron de la noche a la mañana en muertecitas cuya utilidad había decaído, una vez que gobernaban los que tenían que gobernar. Para que el asunto quedara zanjado, el gobierno de progreso se sacó de la chistera una muy pomposa ley Integral contra la Violencia de Género que, aparte de servir para pegar una patada al diccionario (afición que se cuenta entre las predilectas del gobierno de progreso) se ha revelado tan inútil como una nevera en un iglú. Los juzgados que dicha ley pretendía establecer no se han establecido; los juzgados existentes no han recibido fondos para facilitar su aplicación; y, en fin, los objetivos primordiales de tan cacareada ley floripondio- -prevenir el delito y disuadir al delincuente- -han fracasado concienzudamente. Nunca la violencia doméstica había alcanzado la virulencia de este último año; nunca los maltratadotes habían perpetrado tantos crímenes, ni tan enconados. Pero las víctimas de las agresiones se han convertido en muertecitas que a nadie preocupan, mucho menos a las apóstolas de la tabarra feminista, que por supuesto no han denunciado la inutilidad de la ley floripondio. Total, si ya tienen el gobierno de progreso que querían, ¿por qué van a dejar que unas pocas muertecitas les aguen la fiesta? Aunque algunos ya estemos curados de espanto, el fenómeno sigue provocándonos una mezcla de repugnancia moral y repeluzno.