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70 VIERNES 8 9 2006 ABC FIRMAS EN ABC LISANDRO OTERO DIRECTOR DE LA ACADEMIA CUBANA DE LA LENGUA SARTRE Y EL CINE Sartre impuso un estilo de vida, el estilo de la desilusión, de un cierto romanticismo decadente, un culto a la marginalidad, al desconcierto, una cierta complacencia con la frustración y el fracaso, una manera de vivir la vida sin pasión... T RAS la Segunda Guerra Mundial, Francia alcanzó una plenitud deslumbrante y se abrieron todas las opciones. Los vehículos de expresión desbordaron de ideas, una expresividad mayúscula invadió las artes, los intelectuales asumieron un protagonismo trascendente. Una nueva estética surgió con el culto al arte negro, el jazz, la angustia existencial, la subversión de las costumbres, la rebelión del idioma, la demolición del ceremonial burgués. Las canciones de Juliette Greco y los poemas de Prevert se pusieron de moda. En un breve lapso, Sartre se convir- tió en un chef d ecole, en un maitre a penser de toda una generación. Impuso un estilo de vida, el estilo de la desilusión, de un cierto romanticismo decadente, un culto a la marginalidad, al desconcierto, una cierta complacencia con la frustración y el fracaso, una manera de vivir la vida sin pasión. El pesimismo, el disgusto de estar vivo, la desesperanza se convirtieron en el comportamiento de moda entre los jóvenes. La celebridad le agobió por el exceso de peticiones, entrevistas, consejos que le convirtieron en el gurú más seductor del momento. A la vez fascinó al gran público con su lucidez crítica, su capacidad de análisis, su enorme fecundidad. Su exploración de los aspectos más sórdidos del alma también le otorgó una cierta seducción de monstruo de circo. Extrajo de la narrativa francesa la armonía del lenguaje, la elegancia, la sutileza, habituales desde Stendhal hasta Proust. Creó un nuevo modo, otro dis- JOAQUÍN ALBAICÍN ESCRITOR. LA EMIGRACIÓN EO en alguna parte sobre el próximo inicio del rodaje de una serie de televisión basada en El primer círculo, el excelente novelón de Solzhenytsin sobre la sharashka de Marfino. ¡Ya era hora! Toda una inyección de moral, constatar que sigue en pie esa Rusia itinerante, fiel por doquier a la sopa de remolacha, que nos dio a Peter Ustinov y, entre infinidad de bailarinas y bailarines, a Ludmilla Tcherina, protagonista del Parsifal de Mangrané y también de Atila, rey de los hunos junto a Jack Palance. Las clases privilegiadas del régimen rojo instaurado por Lenin también fueron, a su modo, emigrantes. Por ejemplo, al Gulag, cuando su gobierno decidía que ya no les necesitaba. Y recuérdese a los innumerables agregados culturales, encargados de negocios y chóferes que, cargados de bolsas de la tienda libre de impuestos, se encaminaban con sus sonrientes esposas y retoños de la mano hacia las puertas de embarque de Aeroflot en Heathrow o el Aeropuerto Internacional JFK, camino de la deportación, después de cada escándalo de espionaje. Pero la Rusia eminentemente errante- -no en vano conocida como La Emigración- -fue la blanca, es decir, la integrada por los flecos del zarismo o los exiliados compro- L Las clases privilegiadas del régimen rojo instaurado por Lenin también fueron, a su modo, emigrantes metidos con la Asamblea Constituyente de Kerensky. Aquella Rusia, la de la emigración, escribió mucha carta. Se han publicado en español, hace ya tiempo, las de Bulgakov a Stalin. Bailarines aparte, entre los rusos blancos despuntó mucho novelista. Paul Chavchavadze, por ejemplo. O Vladimir Volkoff, autor de thrillers teológicos como La reconversión o El invitado del Papa. O el general Krasnov que, en la siguiente guerra mundial, dejó su buhardilla de París para conducir su última carga de caballería contra el viejo enemigo bolchevique y fue, en 1946. ahorcado en la Lubyanka. O el mismo Roberto Pazzi, que, aunque italiano y de ahora, es escritor cien por cien cosaco y de los años veinte. Su novela El último Emperador es de las pocas que conozco íntegramente escritas en el mundus imaginalis. Comparte ese rasgo identitario con la que ahora me va poco a poco saliendo, los relatos de Eliade sobre el doctor Honigberger y el bosque de Serampor y, sobre todo, El cromosoma Calcuta de Ghosh. ¿Y la historia de la Gran Duquesa Anastasia, o de la mujer que durante sesenta y cuatro años reivindicó su identidad de clínica en clínica y de tribunal en tribunal? Sorprendentemente, no fueron rusos blancos quienes novelaron su peripecia, sino un español (Félix Ros) bajo el nom de plume de Kurt Von Norvich y el título Tres versioens de una vida. Como para imitar la empalizada con que los chekistas rodearon en Siberia el último lugar de confinamiento del Zar, Anna Anderson alzó otra alrededor de su barraca en la Selva Negra alemana, y los húsares que no fueron capaces de derribar aquella para rescatar a su Soberano tampoco saltaron esta para liberarla de sus fantasmas y brindar con vodka por su milagroso regreso de la oscura Estigia. Sólo un ex oficial, de nombre Alexis Milukoff, sostuvo con la pretendiente, creo recordar que en la década de los setenta, largas conversaciones recogidas por su grabadora con la intención de componer un día su biografía, después jamás llevada al papel. Sobre ella, me escribía hace poco el Príncipe Metfried de Wied: Presté ayuda al círculo de Anastasia porque entonces creía que era la Gran Duquesa, pero me di cuenta de lo imposible de probar la identidad de una persona perdida durante una revolución y que había tenido que ser escondida durante algún tiempo. Con su muerte, terminó mi interés No así el nuestro, Alteza, que crece a ritmo imparable, adentrados como vivimos en la recta final del Fin de los Tiempos. curso más escabroso, escrutó en una cantera desconocida. Una serie de piezas teatrales tuvieron un éxito considerable de público: Las moscas A puerta cerrada La ramera respetuosa y Las manos sucias fueron sucediéndose y contribuyeron a promoverlo a una mayor nombradía. Sin embargo, no fue tan afortunado en el cine. En 1944 firmó un contrato como guionista para la firma Pathé, lo cual le permitió abandonar sus tareas docentes y en ese oficio transcurrió los primeros tres años tras la Liberación. Escribió una decena de guiones de los cuales solamente se conocen tres, publicados ulteriormente. La suerte está echada El artefacto y Las falsas narices Ninguno llegó a ser filmado. Otros de sus guiones permanecen inéditos, depositados en la Sociedad de Autores, a disposición de la editorial Gallimard, que nunca ha obtenido permiso de Pathé para publicarlos. Se trata de un escenario sobre la Resistencia que no tiene título. Hay otros tres titulados El gran miedo Historia del negro y El aprendiz de brujo Ives Allegret filmó Los orgullosos en 1953 con el guión de Sartre y la actuación de Michelle Morgan y Gerard Phillipe, pero él se sintió tan incómodo con el resultado que mandó retirar su nombre de los créditos. Se han hecho otras adaptaciones al cine de sus piezas de teatro: Las manos sucias por Fernand Rivers, en 1950; La prostituta respetuosa por Marcel Pagliero, en 1952; A puerta cerrada por Jacqueline Audry, en 1954; Los secuestrados de Altona por Vittorio de Sica, en 1963- -con la actuación de Sofía Loren y Maximiliam Schell- Kean por Vittorio Gassman, en 1957. Sartre escribió una adaptación al cine de Las brujas de Salem de Arthur Miller, para Raymond Rouleau. La única obra que lo dejó satisfecho fue la versión para el cine que realizó Serge Rouillet de El muro en 1967. En 1958, John Huston le propuso a Sartre que le escribiera un guión sobre la vida de Sigmund Freud. Huston había dirigido para el teatro una puesta en escena de A puerta cerrada en Nueva York. Le propuso una cifra astronómica de honorarios y el contrato se concertó. Pero Huston quería hacer una intriga policiaca al estilo Hollywood, presentar a un Freud en el momento en que comienza a experimentar con la hipnosis. Sartre se leyó la biografía de Ernest Jones y algunas de las obras de Freud y presentó un largo guión que, evaluado por Huston, arrojó que daría para un filme de cinco horas de duración. Huston le devolvió el libreto con la recomendación de que lo hiciera más breve y práctico a los fines de la producción. Sartre trabajó arduamente durante varios meses y, cuando le entregó el nuevo guión a Huston, el filme duraba ocho horas. Huston entregó el libreto a dos escenaristas profesionales para reducirlo a dimensiones más realizables. Sartre se enfadó y exigió que su nombre fuese retirado de los créditos. Nunca vio el filme que Huston hizo con Mongomery Clift.