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4 Opinión VIERNES 8 9 2006 ABC PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA LUCA DE TENA CONSEJERO DELEGADO: SANTIAGO ALONSO PANIAGUA DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Rodrigo Gutiérrez, Carlos Maribona, Fernando R. Lafuente, Juan María Gastaca, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de área: Jaime González (Opinión) Mayte Alcaraz (Nacional) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego Redactores jefes: V. A. Pérez, S. Guijarro (Continuidad) A. Collado, M. Erice (Nacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura) J. López Jaraba (Deportes) F. Álvarez (TV- Comunicación) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) Director General: José Luis Romero Adjunto al Consejero Delegado: Emilio Ybarra Aznar Económico- financiero: José María Cea Comercial: Laura Múgica Producción y sistemas: Francisco García Mendívil SELECCIÓN ESPAÑOLA DE FÚTBOL L estrepitoso fracaso de la selección española de fútbol en Irlanda del Norte confirma, en toda su crudeza, la incapacidad del equipo nacional para mantenerse al nivel de competencia propio de un país donde este deporte, además de un fenómeno social, es un negocio multimillonario y los clubes se han convertido en grandes empresas. En términos deportivos, el desastre es total- -suspenso en el Mundial de Alemania y pésimo comienzo en la clasificación de la Eurocopa- aunque tal vez sea más grave el hecho de que este equipo ha dilapidado las esperanzas e ilusiones de millones de españoles y generado una inmensa frustración. La selección nacional mueve pasiones, recibe mucho- -en medios y en afectos- -y no ofrece nada o casi nada a cambio. El equipo español no ha sabido estar a la altura de las circunstancias, ni dentro ni fuera del campo; no ha habido acto de contrición alguno, ni asunción de responsabilidades, trasladando una imagen de absurdo corporativismo que se evidencia en el desdén con que entrenador y jugadores responden con frecuencia a las críticas y en los modos y maneras que éstos exhiben, encumbrados al pedestal de una fama que a no pocos les ha convertido en ídolos consentidos, sostenidos por parte de una prensa que les ha colocado bajo su manto protector. Las comparaciones son odiosas, pero la selección española de baloncesto es la antítesis completa del combinado futbolístico. Y no sólo por resultados, expuestos siempre al azar de la competición. No se trata de comparar triunfos, sino de subrayar la distancia que media entre la pasión y la desidia; entre el deportista y la estrella mediática; entre la normalidad de unos jóvenes baloncestistas que demuestran mayor altura de miras, medida en centímetros de responsabilidad, a la hora de asumir lo que que son y lo que representan como parte de un equipo que lleva el nombre de España, y que se comportan como lo que son: jóvenes agradecidos que vibran con la ilusión desbordada de una afición a la que no ponen distancias ni tratan de burlar por la puerta de atrás. Ahí está la diferencia: la normalidad como signo de distinción. Pero la culpa no es sólo del entrenador, Luis Aragonés, ni de los jugadores, ni de una Federación incapaz y convertida en un club privado al servicio de sus particulares intereses. Habría que preguntarse, tal vez, si no somos culpables todos, medios de comunicación incluidos, por haberles elevado a los altares de la gloria social y mediática. No se trata de aprovechar el fracaso de la selección española para reprochar la conducta individual de nadie en concreto, sino de reflexionar sobre el porqué de una derrota continuada en el tiempo. Falta planificación, gestión y una mayor implicación de los clubes. Es necesario un cambio radical de un modelo caduco en el que sobran personalismos y vanidades. Y una potente cura de humildad para asumir que, en el planeta del fútbol, España no está para dar lecciones a nadie. E ESPAÑA EN LA GUERRA DEL LÍBANO SPAÑA estará en el Líbano porque es un país occidental comprometido con la seguridad de Oriente Próximo. Precisamente son nuestras responsabilidades internacionales las que nos llevan a estar presentes en escenarios geográficos de alto riesgo, como el que representa en estos momentos el Líbano. De este modo, España contribuye a que la paz y la vigencia de las frágiles instituciones democráticas libanesas puedan prosperar en medio de extraordinarias dificultades, que son las que marcan el alto el fuego logrado entre Israel y las milicias terroristas de Hizbolá. En este sentido, nuestro país no se aparta de la línea marcada en los últimos años por los sucesivos gobiernos del PSOE y del PP. Sucedió en Afganistán y en Irak, y ahora vuelve a tener lugar en el Líbano. Es cierto que la retirada de nuestra misión de paz en territorio iraquí ha restado buena parte del crédito de España en esta materia por culpa del electoralismo del presidente Rodríguez Zapatero, y también es cierto que sus gestos inamistosos hacia Israel- -ahí están, si no, sus torpes declaraciones al comienzo del conflicto en el mes de julio- -nos han situado en una posición comprometida ante un gobierno amigo, como el israelí. Sin embargo, y a pesar de lo dicho, la decisión de estar en el Líbano respaldando la vigencia de la resolución 1.701 del Consejo de Seguridad es oportuna y correcta en términos de responsabilidad internacional, aunque, como denunciaba ayer mismo Mariano Rajoy en el debate de las Cortes, es una decisión repleta de demagogia por parte del Gobierno socialista, algo, por cierto, que desgraciadamente empieza a formar parte del manual de estilo del presidente Rodríguez Zapatero. Los españoles tienen derecho a saber lo que su Gobierno les escamotea cuando habla de nuestra misión en el Líbano. Primero, porque no es verdad que nuestras tropas participen en una operación humanitaria. La resolución de Naciones Unidas no contiene un mandato claro, E ya que es fruto de un complejo consenso logrado en el seno del Consejo de Seguridad. De hecho, prevé, entre otras cosas, que el contingente desplegado apoye el restablecimiento de la plena soberanía del Gobierno libanés sobre el territorio, impidiendo por todos los medios a su alcance que continúen las hostilidades en la zona. Y segundo, porque, en medio de un contexto tan escabroso, nuestros soldados habrán de estar expuestos a todos los peligros asociados a una operación de alto riesgo y que, a día de hoy, no se sabe muy bien si concluirá, o no, con el desarme de las milicias terroristas de Hizbolá, algo que implícitamente asume también la resolución 1.701. Así las cosas, no es extraño que sean muchas las dudas que pesan sobre el futuro de nuestro despliegue militar en el Líbano, dudas que ayer el ministro Alonso no fue capaz de despejar adecuadamente durante el debate. Que esto haya sido así es responsabilidad del Gobierno y, sobre todo, del presidente Rodríguez Zapatero. España debe estar en el Líbano, pero explicando públicamente los peligros que asume nuestro Ejército al poner sus pies en un escenario repleto de tensiones subyacentes y que pueden rebrotar, en cualquier momento, con toda su cruda visceralidad. No hay que olvidar que desde 1978, fecha en la que comenzó el despliegue de Naciones Unidas en el Líbano, han fallecido 257 cascos azules desempeñando la misión que ahora las tropas españolas van a realizar. En este sentido, el recordatorio crítico de todos estos hechos por parte de Mariano Rajoy ha sido oportuno, como oportuno ha sido que impusiera finalmente su sensato liderazgo sobre quienes querían oponerse a que el Partido Popular apoyase la presencia española en el Líbano. A la demagogia del Gobierno socialista no se le puede responder con demagogia, sino con la responsabilidad de apoyar una decisión internacional que, a pesar de la interesada actitud del presidente Rodríguez Zapatero, trata de defender los intereses occidentales en Oriente Próximo. GALLARDÓN CONTRA LA FALSA CULTURA OR fortuna, la polémica se ha cortado de raíz antes de ofrecer publicidad gratuita a quienes no la merecen. El alcalde de Madrid acierta de lleno con la decisión de que Pepe Rubianes no sea contratado para actuar en el Teatro Español, si bien oficialmente se anuncia que es el actor y director teatral quien renuncia a su puesta en escena. No es, por supuesto, un caso de censura, de veto o de represalia política, como algunos pretenden en un lamentable ejercicio de sectarismo. Es cuestión de sentido común y de responsabilidad derivada de los propios actos. El ciudadano Pepe Rubianes tiene la fortuna de vivir en una sociedad democrática cuyo ordenamiento jurídico le permite expresar en público sus opiniones irrelevantes y exhibir una penosa zafiedad en su forma de hablar. Esa misma libertad conlleva el deber de asumir las consecuencias. Entre ellas, que una gran mayoría considere intolerables sus palabras referidas al pueblo español, titular de la soberanía nacional de acuerdo con la Constitución. RuizGallardón ha sido sensible a esa opinión generalizada entre los ciudadanos con independencia de las preferencias ideológicas. No se trata, claro está, de limitar la libertad de expresión, ni mucho menos de poner barreras a la creación artística. Pero una institución cultural, dependiente de una administración pública, no puede acoger a quien no ha sabido estar a la altura de la convivencia democrática. P El autor pretende ahora involucrar no sólo a García Lorca, sino también a Antonio Machado y a Miguel Hernández, y se presenta como modelo de una España de progreso No engaña a nadie. El talento, por definición, es incompatible con la ordinariez. Si alguna vez fue posible, resulta ridículo a estas alturas identificar la cultura con ciertas provocaciones gratuitas. Por este camino no conseguirá superar la fama de mediocre que le acompaña en los ambientes culturales. Ruiz- Gallardón ha sido criticado muchas veces por su supuesta complacencia ante actitudes que se dicen progresistas Esta vez debería ser elogiado por los mismos que fustigan con gusto sus posiciones, no siempre bien entendidas. El alcalde no ofrece esta vez un flanco débil a sus adversarios políticos. Sobre todo ha demostrado que está dispuesto a defender los valores constituciones sin que le tiemble el pulso ante los requiebros de un falso barniz de modernidad. Cuando nuestra sociedad tiene que afrontar tantos problemas serios, es lamentable perder el tiempo en debates artificiales: un personaje menor no merece ser llevado a la fama a impulso de escándalos gratuitos o de manifestaciones en su favor o en su contra. Adoptada con buen criterio la decisión del alcalde, Rubianes ha cubierto su cuarto de hora de gloria mediática. La cultura auténtica, por fortuna, no permite atajos.