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ABC JUEVES 7 9 2006 61 FIRMAS EN ABC MIGUEL TORRES PERIODISTA CÁNDIDO LA DIFÍCIL LUCHA Con la muerte de Cándido se apaga toda una forma de hacer periodismo de alto voltaje literario que tuvo, en la vieja Redacción de ABC, uno de sus grandes santuarios... rús de aquel santuario, quien sugirió a Carlos el pseudónimo volteriano, que cuatro años más tarde, y a la muerte de César González Ruano, pasaría a firmar la Penúltima hora Hay periodistas con fuerte vocación y cultura poética que enriquecen el artículo periodístico con aciertos líricos deslumbrantes que iluminan el efímero comentario diario. Lo hizo González Ruano, y Eugenio Montes, y Agustín de Foxá, y Jaime Campmany, y lo hacen Manolo Alcántara, y Francisco Umbral, y Raúl del Pozo entre otros. Cándido llevó la filosofía a sus columnas. Alguien me dijo un día que Carlos Luis Álvarez era el ruiseñor que anidó en la peluca de Hegel. Era una definición barroca, acertada en lo que tenía de positiva. Los destellos líricos de otros columnistas eran en Cándido reflexiones profundas en pos de la Idea como principio universal y único. C ON la discreción que siempre se movió en la vida, Carlos Luis Álvarez nos dejó calladamente cuando empezaba a despuntar el quince de agosto, la fecha emblemática de la gran escapada vacacional, la apoteosis de la diáspora estival. Una muerte coherente con quien tanto navegó contra corriente. En un mundo de fugitivos- -dice T. S. Eliot- -quien marcha contra la corriente parece que huye En la lejanía de esa diáspora, cuando conocí la noticia, sentí una fuerte punzada de dolor y una oleada de nostalgia. Con la muerte de Cándido se apaga toda una forma de hacer periodismo de alto voltaje literario que tuvo, en la vieja Redacción de ABC, uno de sus grandes santuarios. Carlos Luis Álvarez se encontró en aquellos años cincuenta, cuando aterriza en el periódico, con la pasión literaria de un director, Luis Calvo, que le obliga a dar de sí lo mejor, porque Calvo lo toleraba todo menos el tópico. Aquella decantación llevaría, en 1962, al nacimiento de Cándido, cuando el joven periodista sustituyó a Lorenzo López Sancho en la columna de Madrid al día. Y fue el propio López Sancho, otro de los grandes gu- OCTAVIO AGUILERA DOCTOR EN CIENCIAS DE LA INFORMACIÓN HARTZENSBUCH, EL MADRILEÑO- ALEMÁN RA un tanto misterioso, estudioso, puntual, con capa azul y paraguas si el tiempo estaba inseguro, aseado, pobremente vestido, poco comunicativo así describe un compañero suyo de trabajo en las Cortes a Juan Eugenio Hartzenbusch, de cuyo nacimiento, acaecido en Madrid, se cumple el segundo centenario este 9 de septiembre. Se jactaba de ser de la capital, menospreciando lo pueblerino, tanto como también de considerarse alemán. Como es sabido, el autor de la más famosa versión de Los amantes de Teruel (Tirso de Molina, por ejemplo, escribió una anterior) fue hijo de padre alemán y madre andaluza, la cual murió cuando Juan Eugenio contaba sólo dos años de edad. Su padre, Santiago Hartzenbusch, había emigrado a los 19 años a España, siguiendo los pasos de un hermano, del que aprendería el oficio de ebanista, que luego impuso a Juan Eugenio, una vez que éste rehusara ingresar en el seminario. No entraré en la peripecia vital ni en excesivos detalles biográficos del escritor, suficientemente conocido, pero sí daré unos ligeros esbozos para recalcar que se trata de un caso de admirable tenacidad y muy provechoso autodidactismo. Alternando con el E Madrid le tiene dedicada una calle en el barrio de Chamberí trabajo en la carpintería de su padre, estudió francés, latín y griego ayudado por un anciano jesuita, y filosofía en San Isidro el Real. Aprendió luego taquigrafía, lo que le valió para obtener un puesto en las Cortes y dedicarse también al periodismo. Más tarde llegó a ser oficial primero de la Biblioteca Nacional (donde pudo disfrutar de un manantial de libros y manuscritos para sus investigaciones sobre teatro) académico de la Española, director de la Escuela Normal de Instrucción Pública, y, finalmente, director de la mencionada Biblioteca Nacional. A esta edad, ya avanzada, según leo en la documentada edición de Los amantes de Teruel de Carmen Iranzo, Emilio Castelar le retrata como enjuto, de pequeña estatura, rubicundo, con pelo blanco, miope, alerta, nervioso, de costumbres sencillas, afable, humilde y sensible, de pensamiento alto y voluntad enérgica Pienso que, con el retrato del principio, podemos hacernos una perfecta idea de la perso- nalidad de este dramaturgo del Romanticismo, que se dedicó asimismo a traducir a escritores extranjeros y a cuidar de ediciones de clásicos españoles, pero que ha quedado en la historia sobre todo por su citado drama Los amantes de Teruel, sobre la popular leyenda y del que él mismo hizo tres versiones (Hartzenbusch corregía continuamente y no se preocupaba de dejar constancia de fechas y preferencias) La más conocida es la de 1858, que consta de cuatro actos en verso (el primero transcurre en Valencia y los otros tres en Teruel) He ahí los últimos versos, de los 1901 de que consta, que dice la protagonista antes de expirar y al lanzarse con los brazos tendidos hacia el cadáver de su amante: Mi bien, perdona mi despecho fatal. Yo te adoraba. Tuya fui, tuya soy; en pos del tuyo mi enamorado espíritu se lanza. Esta fue la obra de mayor aceptación popular de Hartzenbusch, por encima de otros dramas históricos y románticos: El amo criado, Las hijas de Gracián Ramírez (basada en la leyenda de Nuestra Señora de Atocha) Doña Mencía, La jura de Santa Gadea, Alfonso el Casto, El mal apóstol y el buen ladrón... Su obra póstuma fue Heliodora o el amor enamorado, zarzuela mitológica con música de Emilio Arrieta, de tales exigencias escénicas y tantas complicaciones que resultaba imposible de interpretar. Hartzenbusch murió en Madrid el 2 de agosto de 1880, después de haber rechazado el cargo de senador, satisfecho ya con su vida de estudio. La capital que le vio nacer y morir le tiene dedicada una calle en el muy castizo barrio de Chamberí. Como buscador de lo absoluto sufría cuando escribía. Siempre lo recordaré en la Redacción de ABC con las manos cruzadas sujetándose el rostro, sobre la máquina de escribir, el paquete de chester al lado, destilando lentamente sus columnas. Le gustaba la brevedad y afirmaba que una columna debería comenzar siempre lo más cerca posible del final. Todos los escritores de periódicos tienen, como los corredores, su distancia, y la distancia ideal de Cándido era la equivalente a los cien metros, en los que era casi imbatible. En el artículo largo el filósofo se comía al periodista y el trabajo era más propio de la revista de lectura más pausada. Carlos Luis Álvarez vivió con coherencia sus contradicciones, que le llevaron a entrar y salir de ABC en no menos de tres ocasiones. Y en este periódico hizo su mejor periodismo. El liberalismo literario y político de la Casa le permitieron mantener en sus columnas posiciones contrarias a la línea editorial, algunas fuertemente anticapitalistas o favorables a los llamados movimientos de liberación. Cuando los tiempos del cambio le llevaron en 1982 a una colaboración con el socialismo recién instalado en el poder la luna de miel fue breve y se saldó con un libro, La sangre de la rosa una dolorosa reflexión sobre un sueño roto, una crónica del desencanto. Entre las contradicciones profesionales que tuvo que sufrir, por simples razones de supervivencia, figuran los trabajos anónimos, editoriales de encargo para medios oficiales, discursos para ministros que despreciaba y biografías de mártires inventados para el libro de un fraile oportunista que regía el Valle de los Caídos. La vida como contradicción atormentó a Carlos con dudas filosóficas y políticas, sobre las que aplicaba el escalpelo de una mente lúcida asistida por una cultura vastísima. Las contradicciones más íntimas, las del corazón, le hicieron sufrir profundamente, y hacer sufrir a otros, hasta el punto de sobrevivirle en una guerra de esquelas. Como filósofo de vocación sabía que el hombre ha de ser coherente con sus ideas, al igual que el hombre religioso ha de serlo con sus creencias. Pero en política eso no cuenta, y el político debe ser coherente ante los hechos, con lo que cae inevitablemente en contradicciones con su programa. Para el periodismo político, que era el que ejercía Cándido, rigen las mismas normas. Ya no hay pensamiento político, sino la dura e imprevisible realidad a la que hacer frente. Y esas contradicciones afectan también a la vida sentimental y doméstica. Carlos Luis Álvarez gustaba citar a Robert Musil y los caminos azarosos de la historia, que son también los del comportamiento humano. La trayectoria vital del hombre se parece al caminar de las nubes, hasta que finalmente llega a un sitio que ni siquiera conoce y que no era su objetivo