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ABC JUEVES 7 9 2006 Cultura 59 El director cinematográfico Uwe Boll cumplió anteanoche su venganza y ganó en combate de boxeo a uno de sus más encarnizados críticos. Juan Manuel de Prada fue testigo de excepción de esta singular velada pugilística El combate del milenio Por JUAN MANUEL DE PRADA ESTEPONA (MÁLAGA) La noche había alcanzado un espesor calentorro y jocundo cuando los contendientes subieron al cuadrilátero. Previamente, en el Palacio de Exposiciones y Congresos de Estepona, se había presentado Penúltima sangre una novela gráfica que firmamos al alimón el dibujante Alfonso Azpiri y yo mismo, planteada como un divertimento que juega con las convenciones del género vampírico, pero que sobre todo trata de ser una sátira del puritanismo de la salud y la histeria antitabaquista que aflige a las sociedades contemporáneas. Plagada de referencias literarias y cinéfilas- -del Dolce Stil Nuovo a la Carmilla de Sheridan Le Fanu, pasando por las distopías de ciencia- ficción, el spaghetti- western, las ensaladas de tiros tarantinianas o la estética cyberpunk de Matrix Penúltima sangre se ofrece como un delirio pulp que Alfonso Azpiri ha sabido interpretar a la perfección, con unas ilustraciones de arrolladora sensualidad. El volumen, presentado en edición bilingüe- -castellano e inglés- se completa con un prólogo de Luis Alberto de Cuenca, gran degustador de delicatessen fantaterroríficas, y una gloriosa portada de Luis Royo. Tras la presentación de Penúltima sangre y para ir calentando motores, se proyectó, en riguroso estreno mundial, Night of the Living Dead 3 D dirigida por Jeff Broadstreet, una revisión, tan devota como irreverente, del clásico de George A. Romero. Pertrechados con sus gafitas de lentes bicolores, los asistentes disfrutaron del espectáculo entre escalofriante y lisérgico que procuraban los zombis de la pantalla, empeñados en alargar el brazo para hacerles cosquillas en el canalillo a las espectadoras de la primera fila. Cuando todavía duraba la borrachera de la tercera dimensión, se encendieron los reflectores y sonaron los primeros acordes de la banda sonora de Rocky anunciando el combate entre Uwe Boll, el denostado director de cine que la noche anterior nos había dejado epatados con su trepidante BloodRayne y Carlos Palencia, el melenudo webmaster de Cinecutre. com, detractor acérrimo del cineasta alemán. Confesaré que, cumpliendo un sueño infantil, oficié de maestro de ceremonias del combate; para la ocasión, me calcé la máscara de Santo, el Enmascarado de Plata, aquel luchador mejicano que, allá por los años cincuenta, completó una serie de películas desharrapadas y desternillantes que figuran entre las predilectas de los adeptos al cine bizarre entre quienes naturalmente me cuento, y a mucha honra. Alguna señora, escandalizada, se preguntaba: ¿Pero ese es Prada, con lo seriecito que parecía? Actuaban como jueces Luis Alberto de Cuenca, quien después de la Uwe Boll y su contrincante, Carlos Palencia, en pleno combate experiencia ha prometido escribir algún poema de asunto pugilístico o dadaísta, siguiendo el magisterio de Arthur Cravan, y el mítico actor y director Paul Naschy, quien antes de aullar a la luz de la luna en la piel del licántropo Waldemar Daninsky hiciera sus pinitos como boxeador en el circo Price. Arbitró el combate el director de la Semana de Cine Fantástico de Estepona, el inefable Julio Peces, embutido en una camisa blanca que le marcaba hasta el ombligo y con una pajarita que le ahorcaba la respiración, al estilo del mejor croupier de Las Vegas. Según se había acordado, el combate se dirimiría en tres asaltos, anunciados por una señorita que enseñaba algo más de lo que el recato aconseja, haciendo las delicias del público más calenturiento (quiero decir, de todo el público) Los púgiles saltaron al cuadrilátero, aclamados por una multitud que no salía de su apoteosis. Carlos Palencia, paliducho y luciendo una muy enternecedora barriguita cervecera, se revolvía como un tigre de Bengala escocido por la sarna. Uwe Boll, más rocoso y curtido en el gimnasio, apretaba la mandíbula y esbozaba muecas intimidatorias, como de sargento chusquero de la Werhmacht a quien han encomendado la instrucción de un hatajo de reclutas blandengues con destino a Stalingrado. Ambos se lanzaron las preceptivas y recíprocas pullas, en un ambiente crecientemente gargajoso. El primer asalto fue apenas de tanteo; los púgiles brincaban sobre la lona como sobrinos desahuciados de Nureyev. De vez en cuando, Uwe The Killer Boll lanzaba a su contrincante alguna galleta sin azúcar, apta para diabéticos; y Carlos Million Dollar Jevy Palencia improvisaba una defensa un poco ratonil, mientras su juego de piernas empezaba a mostrar los primeros síntomas del canguelo. El segundo asalto fue el más encarnizado y marrullero: Uwe Boll trataba de hacer algún alarde de estilista, pero el fajador Palencia se arrojaba a sus brazos, como un osezno borracho de hidromiel, o se ANDRÉS LANZA Juan Manuel de Prada, con la A. LANZA máscara del luchador mexicano El Santo refugiaba en el rincón, temeroso de que en alguna de sus arremetidas el alemán le rubricase el rostro con un uppercut. En alguna de sus atolondradas fintas, Palencia tropezó y se dio de bruces en la lona; circunstancia que el árbitro aprovechó para interponerse entre los púgiles, marcando ombligo, en un arrebato de gallardía suicida. El tercer round no pudo completarse: los ganchos al hígado de Uwe Boll empezaban a tener el ímpetu de una división Panzer en plena guerra relámpago y Palencia parecía menos dispuesto a ofrecer resistencia que el ejército francés en junio de 1940. El combate se resolvió, a menos de un minuto para el final del tercer asalto, por abandono de Palencia; y Uwe Boll pudo alzar los brazos, exultante, proclamando su derecho a seguir haciendo películas y a seguir repartiendo leña entre los detractores más encarnizados de su cine, tan genial y psicotrónico, tan obnubilante y anfetamínico. Pocos se atreverán, tras comprobar la contundencia persuasiva de sus puños, a seguir motejando a Uwe Boll como el heredero de Ed Wood A partir de hoy más bien le erigirán un altar en la catedral del culto cinéfilo, justo a la derecha de Orson Welles. Estepona ha entronizado a Uwe Boll como el primer artista del milenio que dirime las diferencias con sus críticos en un ring. ¿Cundirá el ejemplo? Los críticos, como los eunucos, son unos señores que saben cómo se hace pero no pueden hacerlo. Suficiente desgracia tienen ellos.