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56 Cultura JUEVES 7 9 2006 ABC El cine no se puede explicar, hay que verlo TONI GARCÍA VENECIA. David Lynch (1946, Montana, EE. UU) recibió ayer en la Mostra Venecia el León de Oro a la carrera de manos de Marco Muller. Antes, en rueda de prensa, el director de Una historia verdadera El hombre elefante y Mulholland Drive ofreció una monosilábica rueda de prensa donde repasó algunas de las constantes de su cine, partiendo del axioma: Mi cine no se explica, se ve Esto era sólo el postre a la proyección de Inland Empire su última película, que el cineasta ha rodado en vídeo digital y sin guión. Cada día escribía la escena antes de rodarla, algo que no había hecho hasta ahora en ninguna de mis películas, aunque en realidad todos los guiones empiecen así... Primero una escena, luego otra que te sirve de puente a una tercera, y así hasta que todo encaja, que es lo que sucedió con Inland Empire cuando, en un momento dado, todo encajó Al ser cuestionado sobre si su último trabajo (de tres horas de duración) tenía algún sentido, Lynch se lo tomó con calma: Sí, para mí tiene perfecto sentido fue lo único que salió de su boca. Después un par de síes un par de noes media docena de muchas gracias y medio millón de preguntas de la pantagruélica prensa italiana, que inevitablemente recibían un sí un no o un muchas gracias por parte del director. Sólo al final afirmó: Es lo peor de las ruedas de prensa, que el cine es cine, no son palabras, no se puede explicar el cine: hay que verlo David Lynch besa a Laura Dern, protagonista de Inland Empire en presencia de otro actor del filme, Justin Teroux REUTERS Un León para David Lynch y un David Lynch para los leones El director estadounidense presentó en la Mostra Inland Empire su última película, y también una macedonia de sus peores tics b La Mostra tuvo piedad de los suyos y ofreció la entretenida El diablo viste de Prada una comedia en la que Meryl Streep ofrece un recital impagable como directora de una revista de moda E. RODRÍGUEZ MARCHANTE ENVIADO ESPECIAL VENECIA. Ayer fue un día complicado para todos, y en especial para el público del personalísimo cineasta David Lynch, quien tuvo que compaginar dos situaciones extremas: en una sesión especial la Mostra le otorgaba un León de Oro como homenaje a su carrera, pero horas antes, cuando se proyectó para la prensa su última película, Inland Empire lo que muchos hubieran hecho con Lynch es precisamente echarlo a él a los leones. En un poco la tónica de este festival: o te dan el león o te arrojan a sus fauces... Inland Empire ¿será Inland un modo un poco tontorrón de llamar al Infierno? dura tres horas y no hay ni un solo minuto de ellas en el que el espectador haga pie. Uno está todo el tiempo flotando, braceando y pataleando, como un jugador de waterpolo, mientras que Lynch se dedica a su ha- bitual repertorio de tics y vaciladas, de símbolos y rupturas espacio- temporales, de climas musicales y de truculencia hipnótica... Probablemente, todo tiene su sentido y se ajusta a unas claves que prácticamente todo el mundo desconoce, o al menos todos aquéllos que no sean de su clan o secta, y no compartan su farmacia de guardia (unos tíos en un escenario con cabezas de conejo... Personalmente, creo que David Lynch se ha pasado ya por completo al lado oscuro, como Gollum. En la estupenda Mulholland Drive costaba seguirle los pasos, pero aún se amoldaba hasta cierto punto al ritmo de sus seguidores; en ésta, ya sólo tiene lo so- brante de aquélla, y de salida se le pierde el hilo y ahí se queda uno colgando, o flotando, sin la menor idea, el menor interés, la menor intriga ni nada de nada por lo que le ocurra a una histérica Laura Dern, y los demás, como Jeremy Irons o Justin Teroux, que entran y salen a escena con la misma naturalidad que el mudo de los Marx. Afortunadamente, sólo son tres horas en compañía de esta Alicia, al otro lado del espejo y puesta de Dios sabe qué. O sea, tres horas y a otra cosa; alguien se imagina lo que ha de ser desayunar todos los días con semejante Lynch... Elegidas fuera de concurso Probablemente para compensar, el festival premió con la proyección de El demonio viste de Prada la película de moda en Estados Unidos, dirigida por David Frankel e interpretada (bueno, más que interpretada, bordada) por Meryl Streep, que encarna a la directora de la revista de moda más famosa del mundo y una tipa inmunda a la que le tiemblan las aletas de la nariz cuando ve una talla 42... Tal vez sea una película de consumo, o de hiperconsumo, pero se divierte uno en ella como un chucho en un estercolero. Y algo parecido pasaba, ya puestos, en otro de los títulos ofrecidos fuera Probablemente para compensar, el festival premió con la película El demonio viste de Prada Inland Empire dura tres horas y no hay ni un solo minuto de ellas en el que el espectador haga pie de la competición, el de Johnnie To Exiled en el que no se descerrajaran menos de cien o doscientos mil balazos, con su consiguiente efecto para la vida de los demás. Johnnie To es uno de los maestros orientales del género de tiros y más o menos reconocido por Election Esta Exiled está un peldaño por debajo en intención y en clima, pero nadie podrá decir de él que ha ahorrado ni un euro en munición. Y para completar la jornada también se proyectó otra película a concurso, una rusa titulada Euforia y de ese modo se mencionaba ya de antemano el sentimiento que provoca al ver que sólo dura setenta minutos. Euforia es por completo una poesía; una historia de amor y muerte en la tundra pero contada como declamando, mediante imágenes en verso y una evidente ansia por supurar emociones. Aunque a algunos nos pareció una solemne tontería, ya hemos apostado doble contra sencillo a que le reservan un lugar en el palmarés. Son esas películas que tocan a los que se dejan, y para eso están siempre los jurados, para dejarse tocar