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60 MIÉRCOLES 6 9 2006 ABC FIRMAS EN ABC PEDRO TORRES CURIEL ESCRITOR TRES DE LOS MUY POCOS Homero, Shakespeare y Cervantes constituyen una trinidad literaria de difícil discusión... OMO al escritor húngaro Stephen Vizinczey el título de uno de sus ensayos, aquel en el que mejor bucea en las aguas siempre profundas de la literatura y la personalidad de Stendhal. Si él confesaba allí su adoración por quien ya desde el inicio consideraba uno de los muy pocos como si las exclusividades de la excelencia artística no debieran ser confundidas en ningún caso con la bondad ni tan siquiera la exquisitez de una obra, era sin duda porque todo escritor busca su particular tradición, ese puente que lo une a aquellos autores que considera sus maestros, donde bebió y aún bebe las aguas tal vez engañosamente eternas del manantial que la lectura nos ofrece. A quienes somos lectores por vocación, esa búsqueda de la tradición particular a menudo también nos arrastra, deseosos de hallar el espejo de tinta que refleje una imagen de nosotros mismos que se perfiló en libros diversos y forjó en buena medida nuestro espíritu. Pero el mito de la ciencia y su destilada objetividad exige, cómo no, disfrazar nuestras predilecciones con las máscaras de un rigor universalischos debemos tanto, y antes de nuestro ingreso en la universidad, a Virgilio y a Homero, a éste en su griego arcaico. Releyendo la Ilíada se percibe lo que yo no sé llamar de otra manera que el viento de la Historia, esa sensación de viaje vertiginoso hacia el pasado en el que también se hacen audibles los rumores y el estrépito del tiempo, rescatados por un ciego cuando parecían destinados a perderse. Para toda nuestra tradición cultural, Homero es el padre Homero, una luz lejanísima que nos llega desde dos mil ochocientos años, más allá de la cual casi todo se nos vuelve sombra. Esa luz ilumina un espacio en el que el hombre aún convivía con los poderes superiores de la divinidad y la naturaleza, pero ilustra también con desnuda elocuencia acerca de nuestra propia y cruel condición. No deja de ser significativo que el primer monumento literario de nuestra civilización sea, entre otras cosas, una crónica sangrienta de la ferocidad humana: la guerra. ¡Qué aviso para incautos! Shakespeare- -ya alguien lo ha dicho- -es el forjador de nuestro espíritu, el inventor de lo humano. Las palabras de Hamlet, del rey Lear, de Macbeth o de Ricardo III, no sólo nos identifican como seres amasados con la misma materia de que están hechos los sueños sino que constituyen el verdadero escenario en que se representa el único argumento de la obra: el conflic- T ta. Hay que combinar, pues, pasiones personales con criterios que pretendemos admitidos por todos. En el mejor de los casos, esperamos cuando menos que se produzcan cristalizaciones en que converjan ambos espacios, el íntimo y personal con el legado y ligado a una tradición universal. Tal vez sea este mi caso, pero yo creo que Homero, Shakespeare y Cervantes constituyen una trinidad literaria de difícil discusión, y hasta me atrevo a decir algo más: que no admiten, con un criterio parejo al que a ellos encumbra, demasiadas compañías. Muy probablemente Dante Aligheri, el artífice de la Divina Comedia, sería una de ellas, pero qué duda cabe que nadie puede argüir seriamente que alguno de los otros tres no merece su lugar en la cumbre. Homero es la luz del origen, cuestión tan evidente que, como ocurre con demasiada frecuencia, corre el serio peligro de olvidarse; ahí están si no nuestros muy modernos planes de enseñanza para corroborarlo. Quienes estudiamos el bachillerato según el plan del 56 traducíamos diariamente, en aquel Preuniversitario al que mu- RICARDO MENA CUEVAS ABOGADO UN MISTERIO DESCIFRADO A vida es una paradoja, como la forma que tiene Mefistófeles de presentarse a Fausto en aquella buhardilla gótica repleta de libros; y es que la paradoja comparte con la vida una cosa y una sola cosa nada más: es todo un misterio. Como por ejemplo, la paradoja de que uno conecta para desconectar. En el caso de que uno narre una historia utilizando paradojas y enigmas, y luego concluya con un mensaje moral, entonces habrá utilizado la parábola, estilo de enseñanza preferido de Jesucristo, pues Él sólo abría la boca para hablar con parábolas, narrando cosas misteriosas que habían estado ocultas desde la creación del mundo (Mt. 13, 35) aunque, en privado, Jesús se lo descifraba todo a sus discípulos (Mc. 4, 34) Todo esto viene al caso porque me he encontrado con un artículo en donde el señor Alfonso Méndiz Noguero, profesor titular de Publicidad de la Universidad de Málaga, co- L menta que en su estudio de cuatrocientos anuncios publicitarios emitidos en las televisiones españolas, el valor más empleado es la comodidad, el confort y la facilidad de uso; en segundo lugar, se sitúa el placer y el disfrute El señor Méndiz comenta sorprendido que esta situación contrasta con la ausencia de un valor tan importante en nuestra cultura como es el afán de saber Pero aquí no hay paradojas, ni misterios ni parábolas morales, porque son anuncios y su finalidad no es enseñar, sino vender- -y para vendedor, nadie mejor que Mefistófeles. Yo comparto la opinión del señor Jesús Lara Domenech (La Explanada, n 26) de que la televisión debería ser de calidad puesto que ya existen televisiones de calidad especializadas- -eso sí, privadas; a la televisión pública no podemos exigirle milagros ni paradojas, de la misma manera que no le exigimos a un conductor de autobús- -educada- mente, pues está prohibido hablarle- -que se pare un momento en casa de nuestra novia para llevarla ante el altar. No, a la televisión pública hay que tomarla como es, un espectáculo de entretenimiento para mayorías- -o dejarla. Y si uno la toma tal cual es, como tregua momentánea, como la mayoría hace, entonces esa tregua y ese descanso merecen la cerveza fría, los frutos secos y el mando a distancia ¡sí, uno se merece todo eso y más, señores! Porque entonces, tumbado el guerrero en su trono, con su copa de cerveza, el sol cayendo, el cielo oscureciendo y las estrellas saludando sus nublados ojos yertos, entonces será cuando él brinde por todos nosotros alzando su copa y bebiendo su apolíneo líquido amarillento, su alma ascendiendo a los cielos. ¡Porque habrá luchado como un héroe, señores; porque no se habrá rendido, sólo descansa tras una larga jornada de trabajo y tormento! Confieso que entonces se habrá comportado como un héroe y ya estará preparado para reír cuando le muestren cómo los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento Porque la televisión es así: uno conecta para desconectar. to del hombre consigo mismo. Suele éste tomar la forma de un diálogo ininterrumpido con la propia conciencia, donde son fáciles de percibir los ecos de una modernidad que aflora en el Renacimiento. El discurso de los personajes de Shakespeare da carácter al retrato de esos seres escindidos, contradictorios, que se saben víctimas de su pasión, pero a la que de ninguna manera desean renunciar. El dramaturgo inglés muestra al hombre tal como él ya lo había sorprendido, públicamente desnudo, en sus relaciones con el poder, la avaricia, el amor o la envidia, pero, sobre todo, consigo mismo, una vez examinados los efectos anteriores. El teatro es la red que atrapará la conciencia de este rey concluye Hamlet antes de la representación que del crimen de su propio padre brindará a quien ha sido su autor, su tío Claudio, en el castillo de Elsinore. Pero esta afirmación se hace extensiva a todo espectador de su teatro. Y sus obras atrapan nuestra conciencia como si de ellas emanara la lección sobre la que se proyecta nuestra alma. ¿Y Cervantes? ¿Cuál es esa aportación que lo sitúa en la cumbre, codo con codo junto a los otros gigantes? Cervantes, sobre todo en El Quijote, nos hace partícipes de una singular revelación, probablemente descubierta a la luz de su propia y desventurada biografía: la fragilidad de lo real. Puede que eso que llamamos realidad no sea más que una construcción de la conciencia, un juego delicadísimo de equilibrios sostenido por millones de miradas y a punto siempre de precipitarse hacia el vacío. Esta aproximación cervantina al análisis de lo real tal vez arrastre a muchos hacia el escepticismo o, peor aún, hacia esa forma suprema de aniquilación que precisamente trata de precipitar el derrumbe de lo existente, dada su escasa entidad, y que llamamos modernamente nihilismo. Pero todo ello es ajeno a la visión de Cervantes, pues la fragilidad del mundo a todos nos concierne. Su descubrimiento está ligado al convencimiento de que la realidad representada no pertenece a ninguno en exclusividad, sino que se sostiene en su precaria mutación perpetua gracias a que todos la construimos, de modo que nadie puede sentirse llamado a reducirla en los estrechos límites de su personal percepción. El respeto a la mirada ajena y el distanciamiento irónico son las recetas que convienen al prudente. El resto se llama violencia, imposición. Luz del origen, inventor de lo humano, perceptor privilegiado de la fragilidad de lo real, ¿qué lugar ocupan estos genios en la formación de nuestros jóvenes? ¿Qué oportunidad han obtenido del sistema educativo, a lo largo de más de una docena de años, para aproximarse a ellos, que pensaron el mundo con el talento único de quienes son capaces de fundarlo? La ceguera de nuestros pedagogos nada tiene de la clarividencia de Tiresias. Por ello se atreven a ofendernos con inventos absurdos y engorrosos; por ejemplo, esa rancia asignatura doctrinaria que nos amenaza: Educación para la ciudadanía.