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ABC MARTES 5 9 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC YA SOMOS METROSEXUALES Nos hacía falta vivir un episodio de calibre después de tanto tiempo tiznados con el betún de la derrota. Y sobre todo en estos días, en que el fútbol ha dejado su reinado de puro aburrimiento y ya no se juega a ras de hierba... n nuestro refranero se insiste mucho en la idea de que tamaño y calidad nunca han ido de la mano. Quién no ha oído alguna vez aquel refrán de largo, largo, maldito lo que valgo. O ese otro que parece sacado de un salmo y que precisa que no todo lo grande es bueno, mas todo lo bueno es grande. Palabrería producto de la tierra, o de la tirria; ojeriza del que tiene que ponerse de puntillas para ver lo que pasa. Es curioso lo que puede dar de sí la vista en un país donde hemos sido bajitos hasta ayer mismo, justo cuando nuestra selección de baloncesto ganó con todas las de la ley en un deporte que parecía hecho a la medida de otros, un juego en el que nunca íbamos a dar la talla. Hagamos historia. Cuando el baloncesto llegó a nuestro país, hace poco menos de un siglo, éramos raquíticos y desnutridos, una legión famélica en la que si destacabas era tan sólo por haber pillado sífilis u otros incordios venéreos. Cuando el fraile escolapio don Eusebio Millán, estando de misionero en Cuba, descubrió el citado deporte imaginó que algún día seríamos como aquellos americanos que lo jugaban y tal vez, por ese camino, volverían las colonias a su sitio. Y más atrás aún, cuando los gloriosos tiempos de los tercios de Flandes, en los que el acero toledano se rizaba en cada borbotón de nuestra sangre. Casi ná. E viosos a los maridos, no sea que con un movimiento de pies vayan a levantarle la mujer a uno. Ni que decir tiene que la genética de nuestros jugadores perturba a las hembras. Y no digamos a los maridos. De huesos fuertes como el chopo y altos como pértigas, parece mentira que nuestros jugadores de baloncesto hayan salido de esta tierra tan castigada, donde no hace tanto las suecas venían a ligar con extranjeros. Poco o nada queda ya del macho ibérico y juntamantecas que iba detrás de las extranjeras con biquini. Ahora son ellas, las extranjeras sin biquini, las que nos abren sus brazos y sus muslos. Bueno, en realidad se los abren a Gasol y a Rudy, pero como nos representan, pues eso. Bien mirado, el fútbol en España nunca estuvo tan cerca del palé, ese juego de mesa que inventó un español para hacernos sentir peces gordos a la hora de la merienda. Ya era hora de que lo sustituyéramos, y qué mejor que mejor que con un juego que parece hecho a nuestra nueva medida. El mismo juego que un día se trajo de la isla de Cuba el misionero Eusebio Millán, un escolapio con sentido visionario de la historia. ¿De qué historia? De la misma de siempre, la que nos señala como hombres que nunca dimos la talla. T H C on la tenacidad de un picapedrero, el padre Eusebio emprendió tan ardua empresa en un colegio de Barcelona, donde el fútbol era el deporte que reinaba en los tiempos de recreo. No lo tuvo fácil y lo primero que hizo fue esconder todos los balones, creando un cisma en el centro que nada tuvo que envidiar al de Lutero. Al final hubo negociaciones entre don Eusebio y el alumnado, dejando unos días de la semana para jugar al fútbol y los otros al nuevo deporte. Y así empezó el baloncesto en España, de forma anémica, a imagen y semejanza de nosotros mismos. Tal y como éramos hasta hace poco menos de un siglo. Para qué engañarnos, si después del raquitismo vino más inanición y luego con la cosa de la leche en polvo crecimos un poquito más para pasar a convertirnos en machos ibéricos, la panza de botijo y el metro y medio de altura, con perdón por señalar. Sin embargo, los tiempos adelantan una barbaridad y ya somos metrosexuales. Y si no que se lo digan a Garbajosa, o a Pau Gasol o a ese otro que se hace llamar Big Mac. Chavalotes altos y guapos de esos que ponen ner- acía falta el baño carnal, el lujurioso perfume de la victoria, siempre más afrodisíaco que el olor a pies que nos ha acompañado a lo largo de nuestra más reciente historia. Nos hacía falta vivir un episodio de calibre después de tanto tiempo tiznados con el betún de la derrota. Y sobre todo en estos días, en que el fútbol ha dejado su reinado de puro aburrimiento y ya no se juega a ras de hierba y ahora se juega en los despachos. Todo el santo día con trajín de peces gordos, contemplando desde las alturas qué es lo que más provecho reporta, o bien meter el dinero en el banco o, por lo pronto, emplearlo en el banquillo. Y con esos jugadores que ganan más de lo que valen y ya no meten goles y caminan cabizbajos, mirándose las puntas de las botas enrojecidas de pura vergüenza. oda España es una juerga continua. La nación, el reino y demás puñetas sintácticas ya no pueden utilizarse como arma arrojadiza para tachar de reaccionarios a los que celebramos que hemos crecido unos palmos. Poco o nada puede hacerse ya por bajarles la fiebre a las calles, y menos aún a los bares. En los barrios, en las plazas, en los locales de alterne, en los quioscos y en las mercerías de toda España se vive y se celebra. En tal caso, a los de la tirria sólo les queda el pataleo. Ya no hay que avergonzarse por gritar de alegría hasta romper vasos y cristales, ya no nos pueden acusar de ser afines a la una, a la grande y a la libre, conceptos arcaicos que algunos revuelven como si se tratase de su propio excremento. Pero nos estamos yendo de bareta. Iba diciendo que por fin somos metrosexuales, y es ahora que podemos decir que la experiencia heredada del refranero ibérico se ha venido a pique, por no decir otra cosa. Ya somos altos y guapos, a ver si nos dura y no volvemos a épocas que mejor ni hablar, no vaya a ser que ocurra como en la película del Cid Campeador, que resucitó a lomos de su caballo para darles el jaque mate a los moros. Y que después del Cid aparezcan los Reyes Católicos, Carlos V, Felipe II, la Armada Invencible y sabe Dios qué y que nuestro país vuelva a ser un cortijo indivisible bajo la sombra vigilante de la Guardia Civil. Y tengamos que recuperar del refranero, como única expresión de cultura popular, largo, largo, maldito lo que valgo. O ese otro que precisa que no todo lo grande es bueno, mas todo lo bueno es grande Y cada vez que nos eliminen de un encuentro, ya sea de baloncesto, fútbol o palé, que para el caso es lo mismo, hagamos otra vez nuestra esa frase tan aparente que un lejano día soltó Felipe II para justificar la derrota: No podemos luchar contra los elementos MONTERO GLEZ Novelista