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ABC LUNES 4 9 2006 61 FIRMAS EN ABC CARLOS MURCIANO ESCRITOR DE LA ALONDRA instalada en su hamaca de música con su ebria garganta derramando oro líquido N su breve sección veraniega ¿Conoces la vida? Mónica Fernández- Aceytuno escribía semanas atrás en estas páginas un texto titulado El vuelo del canto que me voy a permitir transcribir íntegro. Decía así La alondra, que es un pájaro que en tierra no dice nada, domina el vuelo del canto. Gorjea mientras asciende en vertical y ya en las alturas comienza a dar, sin dejar de cantar, vueltas en el aire, para después subir y bajar, dibujando olas y trinos al mismo tiempo, dejando caer las notas de su canción sobre las tierras pedregosas. Tras cinco minutos de piruetas cantadas, desciende en caída libre y, antes de estrellarse contra el suelo, se detiene en el aire, se posa lentamente y se ca- E lla. Al tiempo que lo leía me parecía estar oyendo resonar en mis oídos la preciosa romanza para violín y orquesta The lark ascending La ascensión de la alondra que compusiera en su día Ralph Vaughan Williams, con esa delicadeza tan propia de la música inglesa de su época, que pudo liderar Elgar, pero que, en su caso, tenía el toque magistral de Ravel y aún de Max Bruch, si asumidos por él de manera personalísima. Vaughan Williams escribió su romanza en 1914, inspirándose en el poema del mismo nombre de George Meredith (quien tan profundamente caló en la naturaleza) entre su segunda London y su tercera Pastoral sinfonías, aunque la revisó en 1920 y la dedi- có a la violinista Marie Hall, que la estrenó en Londres en junio de 1921, dirigida por Adrian Boult. Esas olas y trinos que, convertidos en notas, deja caer la alondra volandera sobre las pedregosas tierras, tiemblan en el violín de Pinchas Zukerman, que acompañado por la English Chamber Orchestra con Barenboim a la cabeza, conforman mi versión preferida. Llaman los ingleses a la alondra lark o skylark (alondra del cielo) pero los franceses la llaman alondra de los campos alouette para ser preciso) Y ambos nombres le van bien, porque en el cielo reina cuando se cierna con su canto, y en la tierra se confunde y mimetiza con su entorno, que es pardo su plumaje, y su pequeña cresta no da para hacerla visible. Percy Bysshe Shelley, escribió un hermoso, extenso poema para ella, To a skylark más de cien versos, en los que le da, de entrada RUSSELL P. SEBOLD ENSAYISTA TRES INVITACIONES CULTURALES ASAN muchas semanas sin que un solo libro nuevo llegue al domicilio de un profesor jubilado, y cuando llegan, muchas veces es porque ese lector los ha encargado. Así, en tal existencia, que es actualmente la del suprascrito, resultaba extraordinaria la llegada en sólo ocho días de tres enjundiosos volúmenes mandados por editores, revistas y autores. Vamos, era una fiesta bibliográfica, tanto más cuanto que en el presente caso eran publicaciones que se destacaban entre todas las aparecidas en aquellos meses por su producción, su novedad y su enfoque. Venían componiéndose en todos los países poemas sobre las técnicas del poeta, o sea artes poéticas, mas un día en el decenio de 1770 Tomás de Iriarte se dio cuenta de que no existía en ningún idioma un poema que se ocupara de todos los aspectos del arte hermana de la música. La música (1779) de Iriarte, se convirtió en un bestseller de la noche a la mañana, traduciéndose a los idiomas principales de Europa. En La música el poeta discurre sobre lo técnico de este arte, sobre sus géneros, sobre su aptitud para expresar la sensibilidad humana, sobre su valor como entretenimiento en todas sus formas, etc. La primera edición española fue a la vez un singular logro del arte de la imprenta por la alta calidad de su impresión, de su papel y de sus preciosos grabados. Se han hecho ediciones facsimilares de P esta joya. Mas todas las ediciones han sido superadas por la ejecutada en la Imprenta Artesanal del Ayuntamiento de Madrid (273 páginas) que es la primera de las tres invitaciones aludidas. Impresa con técnicas tradicionales en papel de hilo, la artística encuadernación azul de esta edición se complementa con decoraciones azules a lo largo del texto, se reproducen los grabados de la edición príncipe, y el texto se acompaña por estudios iluminadores de distinguidos especialistas, cual el poeta y catedrático Guillermo Carnero. El segundo libro llegado en semana tan gloriosa es Pensamiento literario del siglo XVIII español. Antología comentada de José Checa Beltrán, del C. S. I. C. (341 páginas) Estas selecciones son ilustraciones indispensables para el pleno disfrute de la importante obra histórica Razones del buen gusto (Poética española del neoclasicismo) del mismo autor y la misma editorial (C. S. I. C. El lector actual no siempre tiene a mano las aportaciones teóricas de los más conocidos críticos dieciochescos, como Feijoo, Luzán, los Moratines, Jovellanos, Arteaga y Quintana. Mas Checa no sólo pone éstas a nuestra disposición, sino que nos brinda a la par el conocimiento de las ideas literarias de Oyanguren, Montiano, Velázquez, Nasarre, Burriel, Philoaletheias, Juan Andrés, Estala, Díez González, etc. Aun en España la consulta de gran número de estos textos no era posible sino en la sala de raros de la Biblioteca Nacional. Las Bibliografías de teoría literaria dieciochesca y de crítica actual invitan a todavía más posibilidades. El tercero de los volúmenes que simultanearon su llegada a mi puerta, era de enfoque más amplio, tanto por su tema como por su autoría. Me refiero a The Cambridge History of Spanish Literature La historia Cambridge de la literatura española (863 páginas) pulcramente editada por David T. Gies, y escrita por cuarenta y siete acreditados especialistas de nacionalidad española, inglesa y norteamericana. Entre los más conocidos figuran los españoles Juan Cano Ballesta, Guillermo Carnero y José- Carlos Mainer, los ingleses Julian Weiss, Victor Dixon y Richard Cardwell, y los norteamericanos Nelson Orringer, Dru Dougherty y el propio Gies. El estudio histórico se completa con una bibliografía, un índice alfabético y breves biografías de los cuarenta y siete colaboradores. Se ha traducido al castellano con notable éxito la muy elogiada historia Cambridge del teatro decimonónico español, escrita por Gies, y sin duda la presente historia de la literatura tendrá su versión española igualmente exitosa. La única semana que para mí superó a aquella en punto a estrenos bibliográficos fue hace varios decenios cuando pedí a Espasa Calpe que me pagaran los derechos de autor en libros. Sobre mí llovieron entonces paquetes grandes, medianos y pequeños; apenas terminaron de llegar esos paquetes en tres semanas. Pero no es verosímil que vuelva a pedir que las editoriales me compensen con productos de su arte, pues los más curiosos escritos en varios idiomas desbordan todas las viejas estanterías de esta casa, y son menos numerosos ya los días con que puedo contar para la lectura. la bienvenida, llamándola espíritu jubiloso y le niega su condición No fuiste nunca un pájaro, tú, que desde los cielos o cerca de la linde, el corazón derramas en profusos acentos, con arte no pensado Insistirá el poeta en el misterio del pájaro- no sabemos quién eres dirá- -y la conminará, dudoso, con ternura: Dinos, ave o espíritu, tus dulces pensamientos No es extraño que, cautivado por la belleza del poema, años después Thomas Hardy hilvanara los veinticuatro versos de La alondra de Shelley Shelley s lark como recuerdo y homenaje al poeta, pero aún más a la avecilla que le arrancó, en alas de la rima el finísimo borbollón de sus versos (manejo las versiones de Marià Manent, espléndidas como suyas) Algo yace en el campo, en algún sitio, que se confió a la tierra ciega y olvidadiza, algo que dio a un poeta su voz de profecía; un poco de invisible y abandonado polvo Hardy pedirá luego a las hadas que indaguen y encuentren ese puñadito de polvo de alondra, y lo guarden en una arqueta de oro y plata y gemas, como nunca otro cantor del aire tuvo. Es curioso que si buscamos en un diccionario inglés la palabra lark leemos: alondra, calandria y en uno francés, alouette leemos de igual modo: alondra, calandria Pero la alondra (Alauda arvensis) no es por supuesto la calandria (Melanocorypha calandra) aunque ésta sea también una alaudida- -la mayor- -y tenga con aquella rasgos comunes, incluso el de su elevarse a la altura con un canto parecido al de la alondra, pero más fuerte y, con frecuencia, imitativo. En su Catalogue d oiseaux Oliver Messiaen incluye a L Alouette Lulu (Lullula arborea) en inglés The Wood lark o alondra del bosque (en la partitura, Messiaen anota: La voix de la terre- -rosignols oppose à la voix du ciel- -lulu y, más significativamente, en relación con lo que apunto, a L Alouette calandrelle (Calandrella brachydactyla) en inglés The short- toed lark la alondra de dedo corto. A partir de 1941, cuando tenía treinta y tres años, Messiaen inició muy seriamente su formación ornitológica y al final de su vida- -murió en 1992- -era ya un ornitólogo eminente, capaz de distinguir el canto de centenares de pájaros de todo el mundo, dotado como estaba- -en palabras de Harry Halbreich- -de un oído prodigioso y una memoria excepcional Pero el piano de Messiaen- -Anatol Ligorski lo interpreta de manera impecable- -no es el violín de Vaughan Williams, ni 1914 es, en el devenir de la música europea, ese 1958 en que el francés remató los siete libros de su catálogo. En su soneto Alondra de verdad que daría título a todo un libro, Gerardo Diego ve a la avecilla allá en lo alto, instalada en su hamaca de música con su ebria garganta derramando oro líquido Shelley, en cambio, decía que su voz dulce y aguda era fina como las flechas de la esfera de plata Oro y plata en la garganta diminuta de esta criatura afortunada- -como aquella otra de Juan Ramón, que nada dice en la tierra, y tanto- ¡y cómo! -en mitad de lo azul.