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44 Madrid LUNES 4 9 2006 ABC El día de la inauguración del Metro, el 17 de octubre de 1919, en presencia del rey Alfonso XIII Cadáveres, fantasmas, tragedias, anécdotas, curiosidades y sensaciones. ABC les propone un viaje por la historia de un transporte que lleva casi 90 años surcando las profundidades Un billete de ida al pasado TEXTO: C. ALONSO FOTOS: ABC MADRID. Catapúltense al pasado. 17 de octubre de 1919, hace casi 90 años. Las calles de Madrid circulan en blanco y negro, atravesadas por carruajes y tranvías y cubiertas de sombreros y chisteras. La Gran Vía aún no está construida, Loterías Doña Manolita no existe y la Puerta del Sol aún no conoce a Tío Pepe. Las imágenes de la Guerra Civil también están por venir. Ese día, por la tarde, exactamente a las 14,12 horas, un convoy arranca en la estación de Cuatro Caminos, a varios metros bajo tierra. Segundos antes había sido recibido por los presentes entre vivas a Madrid y a España. Una vez que la línea Cuatro CaminosSol- -de 3,48 kilómetros y 8 estaciones- -es bendecida por el obispo de Madrid, Alfonso XIII se sube al tren con destino Ríos Rosas. El primer trayecto en Metro, en dos coches de segunda- -motor y remolque- preciosos, blancos por dentro y rojos por fuera, iluminados de un modo radiante duró 40 segundos. ABC fue testigo de aquel viaje inaugural. Las bóvedas de las estaciones van cubiertas de azulejo blanco biselado y sus estribos están decorados por grandes recuadros acusados por una ancha faja de azulejos sevillanos rezaba al día siguiente la crónica de tan esperado acontecimiento. La plebe tuvo que esperar 14 días más para bajar al subsuelo. Ante la avalancha de madrileños y forasteros que deseaban surcar las profundidades de la capital, los periódicos se vieron obligados a publicar anuncios que llamaban a la calma. No se equivocaron. Las colas fueron descomunales desde las cinco de la mañana. Comenzando en la Puerta del Sol, subían por Las crónicas de la época recuerdan qué fue lo que allí se encontraron unos aterrorizados obreros: un esqueleto la calle de la Montera y llegaban hasta la iglesia de San Luis. Llovía y hacía mucho frío. Para hacer menos ardua la espera, puestos de chocolate con churros y aguardiente salpicaron el camino. No hubo que lamentar apenas incidentes. Una por una, 56.220 personas traspasaron aquel día con el corazón en un puño el suelo de Madrid y se adentraron por primera vez en el reino de los túneles y andenes que Miguel Hernández describiría pocos años después como subterránea y vasta gusanera La prensa sólo recogió un cortocircuito que se produjo durante unos minutos en uno de los viajes. El desasosiego hizo que un viajero rompiera involuntariamente un cristal, hiriéndose en una mano. vil, muchos de los trenes que surcaban los oscuros túneles lo hacían con ataúdes y cadáveres en su interior. Más silenciosos que de costumbre, los vagones se dirigían, sin necesidad de efectuar paradas, hacia los cementerios. La última estación. Este funesto capítulo de nuestra historia derivó en una serie de inquietantes leyendas que hablan de almas en pena que, aún hoy, vagan errantes por las vías. Pero ya en los años 20 existían historias negras. Una de ellas habla de una voz que oyeron unos obreros cerca de un muro en la estación de Tirso de Molina. Al acercarse, la voz se tornó en desgarradores gritos de socorro y los operarios rompieron la pared. Las crónicas de la época recuerdan qué fue lo que allí se encontraron los aterrorizados obreros: un esqueleto. Los gritos de ultratumba se oían a horas intempestivas en los alrededores. Diversos especialistas determinaron que las voces procedían de espíritus que siglos antes habían habitado una ermita cercana a la estación y cuyos restos habían sido tapados con baldosas en la construcción del Metro. Explosión de Torrijos El acontecimiento más dramático que ha vivido el transporte suburbano madrileño fue la explosión del taller de carga de proyectiles situado en el túnel bajo la calle de Torrijos- -en la actualidad del Conde de Peñalver- en la línea de Goya a Diego de León, en enero de 1938. La onda expansiva se Los vagones de la muerte Un billete de ida y vuelta en primera clase costaba 30 céntimos. Sin embargo, a demasiados les fue imposible sacar el de regreso: durante la Guerra Ci-