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ABC LUNES 4 9 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA ESA OTRA ESPAÑA NVIDIO a los cronistas deportivos porque, mientras los demás hurgamos en conflictos, debates, catástrofes y hasta conspiraciones, ellos cantan, como Homero, la gloria de los héroes. El deporte es una metáfora de la capacidad humana para luchar por la superación y la excelencia; la competición es una batalla incruenta para dirimir el liderazgo de los mejores. En el peor de los casos, la derrota deportiva no deja más que el poso agridulce de una oportunidad perdida, mientras las victorias no sólo conducen a los ganadores a un olimpo de prestigio y de fama, sino que trasladan a masas enteras de seguidores al sueño de un éxito delegado. Los deportistas modernos son de algún IGNACIO modo fabricantes de feliciCAMACHO dad, en la medida en que consiguen arrancar a la mayoría de la gente de sus afanes de rutina y encarnar la ilusión de una virtud colectiva. Eso es lo que lograron ayer los jugadores españoles de baloncesto, cuyo triunfo mundial parece habernos vuelto a todos más altos, más jóvenes y menos acomplejados. Frente al fracaso reiterado del fútbol, que viene a ser el emblema de la España crispada, del eterno cabreo nacional, del tribalismo aldeano de un país enzarzado a tortas con sus demonios, los triunfos recientes en deportes como el basket, el tenis y hasta el automovilismo devuelven la autoestima de una nación modernizada y global, proyectada hacia un futuro más risueño y más abierto. Suscitan menos pasiones, pero brillan aún en una atmósfera más limpia, más despejada, sin convulsiones, enfados ni desaires. Esos chicos de talla king size, varios de los cuales juegan en Estados Unidos, no sólo representan a una generación que ha roto los tabúes de la España bajita y ensimismada, sino que enarbolan la bandera de una juventud cosmopolita y viajera que encuentra sin complejos una identidad colectiva en torno al equipo nacional. Un tipo como Pau Gasol, emblema de este equipo triunfante, sabe perfectamente que, por muy catalán que pueda sentirse, en Memphis es sólo un español, y esa raíz común lo anclaba ayer al orgullo de un éxito compartido bajo el manto sonoro del himno en una gran lección de normalidad; sin polémicas divisionistas, sin alharacas patrioteras: puro españolismo constitucional, cabal y equilibrado. A esta gente tan acostumbrada a cruzar fronteras, en la que se reflejan millones de jóvenes conciudadanos, no se le puede ir con milongas de nacionalismo excluyente ni con palinodias ajustacuentas de memoria histórica. Podrán caer en la tentación del pensamiento débil, pero carecen de obsesiones retrospectivas porque se saben dueños del futuro. Su gloria es una inyección de optimismo en un panorama nacional que hoy volverá sin respiro al discurso encarnizado de las negociaciones con ETA, del 11- M o del modelo territorial: un modelo de perdedores del que, al menos, nos ayuda a escapar esta épica deportiva tan bien narrada por los especialistas del género. Qué envidia, compañeros. E SUITE FRANCESA EO en estos días Suite francesa (Salamandra) una estupenda novela inacabada de Irène Némirovsky, la escritora judía, rusa de nacimiento y emigrada con su familia a París tras la victoria bolchevique, que acabaría siendo deportada a Auschwitz, de donde nunca regresaría. La biografía de Irène Némirovsky tiene algo de apólogo moral y fatalista. Nacida en el seno de una familia de plutócratas, acabaría conociendo la miseria de los años de la Ocupación en Francia, después de que sus cuentas fueran bloqueadas. De ascendencia judía, al igual que su marido Michel Epstein, acabaría convirtiéndose al catolicismo y bautizando a sus hijas, años antes de que el furor antisemita se extendiera como un reguero de pólvora por Europa. En sus libros, las caracterizaciones de los judíos son siempre poco benignas, incluso podría decirse que participan de aquel clima de preguerra que luego haría posible el JUAN Holocausto. Pero ni su condición de MANUEL DE PRADA exiliada del terror comunista ni su escasa benevolencia con los judíos le servirían como salvoconducto cuando, hacia mediados de 1942, se desate la vesania antisemita, que en territorio francés- -conviene especificarlo- -no fue iniciada por los ocupantes, sino por el régimen de Vichy, con el aplauso de la mayoría de los franceses. Baste recordar que la salvaje redada de judíos del verano de 1942 en París fue ejecutada por policías franceses. Las cartas que sirven de apéndice a esta novela resultan estremecedoras. En ellas, el marido de Irène Némirovsky trata a la desesperada de salvar la vida de su mujer, súbitamente desaparecida e internada en un campo de concentración, o siquiera de conocer su paradero. Todas sus pesquisas y rogativas serán, a la postre, vanas: a la escritora, que tan sólo unos pocos años antes había sido aclamada y traducida a los más diversos idiomas ¡incluido el alemán! nadie parece haberla visto, nadie puede ayudarla. En dichas L cartas- -dirigidas a la mujer de Paul Morand, al yerno del ministro Laval, incluso al embajador alemán en Francia, Otto Abetz- el marido recuerda que Irène Nemirevsky ha padecido la persecución bolchevique, que ha profesado la religión católica, que jamás ha militado en partido político alguno, que incluso ha colaborado en revistas como Gringoire que no se habían destacado precisamente por sus simpatías judías... De nada servirán estas alegaciones; Irène Némirowsky ha ingresado para siempre en la burocracia de la muerte, cuyos engranajes de irracionalidad necesitaban seguir picando carne y molturando almas. Un día malquiera, también Michel Epstein desaparecerá sin dejar ni rastro, siguiendo el mismo camino que su esposa. Pero, siendo escalofriante la peripecia de Irène Nemirovsky, quizá lo que más me ha perturbado de su libro sea el retrato demoledor que hace de los franceses, convertidos aquí en una patulea de cobardes que primero huyen despavoridos ante la proximidad del invasor y luego le rinden, genuflexos, pleitesía. Los episodios de egoísmo, venalidad, engreimiento, tibieza y claudicación que Irène Némirovsky congrega en la primera parte de su novela- -en la que se narran las jornadas que precedieron a la ignominiosa caída de Francia- -resultan una radiografía feroz de una nación corrompida por la molicie y la cobardía moral. La segunda parte de la novela, quizá más atroz aún bajo su apariencia idílica, narra la cohabitación de los franceses con las tropas alemanas, bastante menos traumática de lo que la mitología presume. Mucho me temo que ese invento de la memoria histórica antes de aterrizar en España para convertir la Guerra Civil en una historieta de buenos y malos, había instalado su sede en Francia, donde en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial se perpetró uno de los más descarados actos de adulteración histórica que se recuerden. Suite francesa la novela interrupta de Irène Némirovsky, nos ayuda a desenmascarar la oprobiosa verdad.