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56 DOMINGO 3 9 2006 ABC Cultura y espectáculos MOSTRA DE VENECIA Una foto impagable de Buckingham Palace y una radiografía al detalle de sus habitantes Stephen Frears sorprende con The Queen la crónica de los días posteriores a la muerte de Lady Di b Otro peso pesado, el francés Alain Resnais, presentó en la Mostra de Venecia su nuevo trabajo, Private frears in public places protagonizada por Laura Morante E. RODRÍGUEZ MARCHANTE ENVIADO ESPECIAL VENECIA. La presencia de dos gallitos del cine mundial hizo que ayer comenzara la gresca en el corral de la competición. Stephen Frears y Alain Resnais llegaron con ambición y con sus últimas películas, la hiperbritánica de The Queen y la hiperfrancesa Private fears in public places Ambas rebosantes de virtudes y aciertos, pero una de ellas, The Queen recibió además el aplauso más contundente de las tres últimas ediciones de la Mostra: Stephen Frears, sencillamente, borda un fresco magnífico de la Familia Real británica y sus relaciones con el recién nacido gobierno de Tony Blair durante aquellos días que siguieron a la muerte de Diana de Gales. La imagen de este película es la de la actriz Helen Mirren caracterizada como Isabel II, y arranca la historia con tal desparpajo en la imitación de ambientes y personajes que uno piensa con cierto mosqueo: ¿no será esto una de los Morancos? El humor, desde luego, está presente a lo largo de toda esta narración del gran drama, ese humor inglés tan invisible pero tan apreciable (presente) como el humo del tabaco de la noche anterior en una sala. La reina, clavada; su madre, calcada; el Duque de Edimburgo, el mismo; el Príncipe Carlos, completamente él sin la tonsura actual; Tony Blair, un dibujo; Cherie Blair, su hermana gemela... Francamente, el responsable del casting es un genio, y el autor del guión (Peter Morgan) otro, pues se ofrece un análisis perfecto, profundo, entretenidísimo y cuidadosamente malicioso de aquellos días que hicieron tambalearse los cimientos de Buckingham Palace mientras que los miembros de la Familia Real se enrocaban en Balmoral empeñados en ignorar la enorme popularidad de Lady Di. Frears controla con maestría cada uno de los dos mundos contradictorios que enfrenta, el del humor ácido y el del drama; o el de las viejas tradiciones y los aires de modernidad; o el de la Monarquía y el laborismo (especialmente acertado está en el análisis que hace sobre este asunto mediante el agudo sentido de la ironía de Cherie Blair y de la finura de pensamiento de call me Tony fantástico chiste... o de la caza del ciervo y el periodismo agresivo que rodeó a Diana de Gales. Es una de esas películas que, mientras se ven, hay que ir corrigiendo cada cierto rato la cara de memo que se le pone a uno ante la sencillez y complejidad de lo que ve, de esos magníficos textos y esas magníficas interpretaciones de la cabeza a los pies y de fuera a dentro. El trabajo de Helen Mirren es tan sereno y cáustico que probablemente mantendrá a la altísima propietaria del personaje al menos una semana riéndose contra la intimidad de su espejo de baño. La de Alain Resnais, aunque afinada, no consiguió semejante unanimidad: como buena película francesa puede provocar, según el momento y la persona, ese golpe de estómago que anuncia el vómito. Es todo lo pedante que se puede suponer a Alain Resnais, aunque en esta ocasión al menos se humaniza hasta casi lo indecente y construye unos personajes cercanos (no es fácil conciliar la pedantería con la cercanía al público) que sufren y divierten, que muestran sus heridas pero en un tono cercano o ansioso de comedia. Cuenta los pequeños desconciertos vitales de media docena de personajes, cuyas vidas se cruzan esporadicamente en un París de interior y de opereta; la puesta en escena de Resnais es teatralmente magnífica y cinematográficamente impecable; juega lo justo con la cámara y mucho con los espectadores; deja que sus personajes respiren por la herida y que sus actores se luzcan (Laura Morante, Sabine Azéma, Isabelle Carré, Pierre Arditi, André Dussollier y Lambert Wilson) Un viejo cineasta, este Resnais, que cada vez mira más de cerca y con cariño su propio cine. Del azul oscuro al rojo chillón E. R. M. El cine español tuvo ayer su momento martini en realidad podría decirse de martini doble, pues fueron dos las películas españolas que se proyectaron: Para entrar a vivir de Jaume Balagueró, y AzulOscuroCasiNegro de Daniel Sánchez Arevalo, ambas fuera de la competición. Esta última ha hecho una buena y larga carrera comercial en la cartelera y obtuvo hace meses unas críticas magnificas; aquí, la sentida historia de marginados que narra funcionó igual de bien como en todos los lugares que se ha proyectado, el público responde al desgarro y afilado sentido del humor de los personajes, a la aparente ingenuidad de la mirada penetrante de su director y a la limpieza de sus actores, los magníficos Marta Etura, Quim Gutiérrez, Héctor Colomé, Antonio de la Torre, Raúl Arevalo, Eva Pallarés... El gran aplauso que se llevo al final de su proyección a la Prensa era un final tan logico e intenso como el de la propia película. La de Balagueró es de otro género, de otra pasta: es un capítulo dentro de una serie, o proyecto de serie, de telefilmes para quitar el sueño: thrillers angustiosos, de sangre y sustos especialmente dedicados a aquellos amantes de este tipo de cine. La película es corta, por lo que Balagueró no se entretiene y va al grano: con rapidez su histo- ria toma ya el recorrido de un carro desbocado en una montaña rusa, con unos personajes corriendo y chillando y otros detrás de ellos con todo tipo de hierro afilado. Personalmente, no me siento cercano ni al género ni a sus diversas modalidades, y me es tan difícil entrar en él, en lo que se cuenta, como en un congreso de afectos a la cienciología. Pero, en fin, Para entrar a vivir probablemente consigue con otros lo que se propone: mantener al espectador tenso y despeinado, y meterlo tambien hasta la cocina en esa casa de majaretas a la que entra una joven pareja con la intencion de alquilarla. Ya lo dice la prensa: ¡cómo está la vivienda! ¡Da miedo!