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2 9 06 TENDENCIAS Stephanie Coontz, historiadora, socióloga y profesora de estudios familiares en el Estado de Washington, cuenta en su libro Historia del matrimonio (Gedisa) cómo el amor ha conseguido conquistar el matrimonio, surgido inicialmente como un contrato o alianza entre grupos (clanes, familias y linajes) más que entre una pareja. Y curiosamente uno de los golpes más duros que ha recibido fue la revolucionaria idea de casarse por amor, que se impuso en el siglo XVIII Stephanie Coontz La idea del matrimonio feliz es muy reciente POR PILAR QUIJADA Sobrevive la boda de conveniencia Aún hay matrimonios de conveniencia política o económica en las clases altas y también entre la clase media. Pero son menos estables que en el pasado, porque incluso los miembros de la realeza tienen más altas expectativas de felicidad que en el pasado y las mujeres tienen menos voluntad de tolerar que sus maridos las engañen. Una cosa que la gente olvida, cuando se consideran de una forma romántica los matrimonios tradicionales, es que la idea de que las parejas deben ser felices es muy reciente. En el siglo XX aún se esperaba que las mujeres pasaran por alto las infidelidades de sus maridos ¿Cómo surgió la idea de escribir este libro? -Desde hace tiempo he venido estudiando la historia de la familia y los mitos que mantenemos sobre su pasado. Por ejemplo, la gente a menudo dice que el matrimonio tradicional es entre un hombre y una mujer. Pero de hecho el matrimonio preferido a lo largo de la historia ha sido entre un hombre y varias mujeres. Por eso pensé que sería interesante mostrar que ha habido muchas clases diferentes de matrimonios. Cuando profundicé en mis investigaciones, me di cuenta de que hay muchas cosas totalmente nuevas. De hecho, creo que el matrimonio ha cambiado más en los últimos 35 años que en los anteriores 3.500. Yo creo que el matrimonio se ha convertido en una relación personal mucho más fuerte que en el pasado, pero también en una institución más débil como consecuencia del mismo proceso. Las mismas cosas que lo han convertido en una relación más justa, plena e íntima que en cualquier otro momento de la historia le han hecho más frágil, haciendo que sea una opción más, lo que hace muy difícil que la gente lo acepte cuando no cubre todas sus expectativas. ¿Qué es lo que más le ha sorprendido respecto a la evolución de matrimonio? -La mayor sorpresa fue comprobar lo radical y desestabilizante que fue la idea de casarse por amor. En el pasado muchos matrimonios estaban basados en el interés. Pero me sorprendió lo hostiles que fueron la mayoría de las sociedades a la idea del matrimonio por amor y compañerismo. Se consideraba una amenaza para el orden social tanto por las clases medias y bajas como por las dominantes. El matrimonio era entonces una forma de organizar el trabajo y el derecho a la propiedad, así como una forma de confirmar el poder del hombre sobre la mujer. Cuando comenzó a extenderse entre los jóvenes la idea de elegir a su pareja libremente, por amor y respeto mutuos, los más conservadores pensaban que traería consigo la anarquía. ¿Cómo podrían los padres y la comunidad impedir que la gente joven se equi- vocara al casarse? ¿Cómo podrían impedir que las parejas infelices se divorciaran? Y lo que es peor, si el matrimonio se basaba en el amor, ¿cómo se sostendría el dominio de los maridos sobre sus esposas? Temían que el amor supusiera la muerte del matrimonio, y en parte tenían algo de razón. Pero durante 150 años el peligro que veían en el amor se controló con la escasa consideración que se tenía a los hijos ilegítimos, la ausencia de un control de la natalidad fiable y la dependencia económica y legal de las mujeres. -Según explica en su libro, todas las formas de matrimonio, incluso las que han despertado más polémica, ya existieron a lo largo de la historia. ¿Nos queda algo por inventar respecto a esta institución? ¿Cómo cree que evolucionará la relación de pareja? -Lo único realmente nuevo es el hecho de que muchas mujeres tienen hoy el derecho legal y la independencia económica para rechazar casarse si no encuentran un compañero adecuado o para dejar a su pareja cuando se sienten infelices, porque hombres y mujeres llegan al matrimonio con los mismos derechos. Los viejos hábitos y expectativas han de cambiar para que el matrimonio funcione. Hombres y mujeres necesitan ser mejores amigos que en el pasado y también han de tener habilidades de negociación que hasta ahora no eran necesarias porque el hombre tenía todo el control en el matrimonio. -Por lo que dice, a medida que la mujer va ganando protagonismo en la sociedad, el modelo de matrimonio va cambiando y en consecuencia cambia el esti- lo de familia tradicional... -Sí, porque, como dije antes, las mujeres pueden retrasar el matrimonio y controlar su fertilidad de una manera que no era posible en el pasado. Muchas mujeres están incluso mucho más comprometidas en su propia educación y en su trabajo. En todo el mundo la tasa de natalidad está cayendo y la edad a la que se contrae matrimonio está aumentando. Irónicamente, en los países donde el hombre sigue siendo más tradicional, las mujeres son mucho más reacias a casarse. Las mujeres pueden optar por tener hijos sin marido o incluso por no tener descendencia. Si queremos que la gente se case no podemos forzarlos a volver a los matrimonios tradicionales. ¿Qué papel ha desempeñado la Iglesia católica respecto a la instauración del matrimonio? -La Iglesia Católica fue muy ambivalente acerca del matrimonio en los primeros años. Durante los diez primeros siglos del cristianismo, los líderes religiosos pensaban que el celibato era preferible al matrimonio, la virginidad estaba mejor considerada que la viudedad, y ésta a su vez mejor vista que el matrimonio. El papa Gregorio el Grande opinaba que aunque el matrimonio no era técnicamente pecaminoso, no estaba libre de reproches. De hecho, hasta 1215 el matrimonio no se consideró un sacramento. La Iglesia primitiva tampoco cuidaba mucho si la gente se casaba en la iglesia o con la bendición de un sacerdote. Aunque ésa era la forma preferida y se convirtió en necesaria para que la Realeza pudiera presentar a sus hijos como legítimos, la Iglesia sostenía que si una pareja se hacía promesa de matrimonio, independientemente del lugar donde lo hicieran y si había o no testigos, estaban casados. Esto permitió que algunos jóvenes rechazaran los matrimonios concertados por sus padres alegando que ya estaban casados. Aunque la Iglesia católica era más tolerante con el matrimonio por amor que los antiguos protestantes, en ambos ritos se enfatizaba el deber de las esposas de obedecer a sus maridos y el de los jóvenes a respetar los deseos de sus padres.