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8- 9 S 6 LOS SÁBADOS DE Una joya recuperada El interior del castillo de Villandry encierra todavía algunas joyas de las que Joaquín Carvallo reunió. El resto se repartió en sucesivas herencias. La cocina guarda el aire renacentista con que Le Breton la diseñó en el siglo XVI; el comedor se adorna con una fuente que refrescaba el ambiente durante el verano y relajaba tensiones con sus aguas rumorosas. En las paredes todavía pueden verse una Vanidad y un San Francisco de Asís ambos de Valdés Leal; Las Tentaciones de San Antonio de Lucas Giordano; obras de la escuela de Goya y Zurbarán y otras de artistas flamencos. Lo más sorprendente es descubir cuatro techumbres del siglo XIII del desaparecido castillo de los duques de Maqueda (Torrijos, Toledo) De estilo mudéjar con estrellas, azafates, almendrillas, candilejos y sinos recubiertos con pan de oro, se vendieron sin remilgos. La pieza que estaba en el Salón de la Media Naranja pudo recuperarse y se exhibe en Madrid, en el Museo Arqueológico Nacional; la correspondiente al Salón del Liceo se muestra en el Memorial Museum de San Francisco; la tercera, en el Victoria Albert Museum de Londres. Faltaba la del salón de la Martina. Joaquín Carvallo la compró sin conocer su procedencia. Ahora, los habitantes de Torrijos saben dónde está y pueden ir a verla. Para saber más: www. chateauvillandry. com Maison de la France: 807 117 181 www. franceguide. com Parterres del Jardín del Amor. La geometría también preside el alineamiento de las coles dry un viejo castillo por el que pagó a su dueño, un farmacéutico, en 1906, ciento veinte mil francos. Aquella casa fuerte que levantó en el siglo XVI Jean Le Breton, secretario de Francisco I, cuando estaba dirigiendo la construcción del castillo de Chambord, era la misma que sirvió al rico indiano François Chesnais para arruinarse hasta tener que cortar los doscientos cincuenta naranjos de su finca para calentarse en el duro invierno ribereño; la misma en que se alojó el príncipe Jerónimo, hermano menor de Napoleón, como si fuera suya; la misma que acogió a otros ilustres cortesanos desde el Renacimiento a la Revolución. La misma que han ocupado hasta hoy los descendientes de los Carvallo Coleman. Inspiración clásica Puede que la ciencia perdiera un personaje, pero a cambio se ganó a una persona que dedicó su vida a hacer de su casa una obra de arte, y del terreno que la envuelve, el mejor huerto jardín de Francia. Con el tesón que le había caracterizado en su época académica, estudió El sueño de Polifilo de Francesco Colonna, obra con 196 grabados que había sido fuente de inspiración para los jardines florentinos de los Médici, la abadía de Chelles tal como aparecía en el Monasticon Gallicanum los jar- dines de Bury que trazó Robertet y el jardín que Mercogliano dejó en el cercano castillo de Blois. Luego, añadió unas gotas de su sabiduría extremeña y las mezcló con el exquisito gusto francés. El resultado fue sorprendente: Es la naturaleza puesta en orden decía a menudo. O sea, tratar las coles, las acelgas, las calabazas, el perejil o el espárrago como si fueran flores delicadas y situarlas en un orden geométrico y tonal que realzara su estética. A través de las almenas que culminan el torreón, el Jardín del Amor aparece con sus cuatro cuarteles que representan el amor tierno, cuajado de corazones dibujados con boj y flores de suaves colores rosados; el amor apasionado, una danza airosa de pétalos con colores entremezclados; el amor trágico, cuchillos y puñales en rojo sangre; y el amor adúltero, abanicos y cuernos en amarillo que significan el amor burlado. Algo más allá, tres macizos encierran las cruces de Malta, la de Languedoc y la vasca. No es difícil distinguir las flores estacionales que conforman cada ornamento, porque se trata de plantas sencillas, pensamientos, petunias, begonias, tulipanes o dalias. Pero si se mira hacia el oeste, todo cambia. Las nueve parcelas que forman dibujos geométricos diversos, cruces, cuadrados, pequeños laberintos simétricos, tienen también el verdor de los jardines y el juego colorista de las flores, aunque algo las hace diferentes. Acelgas y perifollo De cerca, el misterio se desvanece y da paso a la admiración. Son coles y acelgas de colorido y textura sorprendentes alineadas en formaciones perfectas y, junto a ellas, aparecen la lombarda, la berenjena, la calabaza, el perejil, el pimiento, el tomate, y sobre ellas, el hinojo, la melisa, el perifollo, la camomila, la absenta, el tomillo, la salvia, y el estómago se arma un lío tremendo, y la pituitaria se descoloca, y el cerebro alucina porque no sabe si la cosa va de preparar una riquísima ensalada o de sentarse a contemplar aquello como alguien se sentaría ante los girasoles de Van Gogh. Desarmado, al visitante no le Lombarda, berenjena, tomate, perejil... El cerebro alucina y no sabe si la cosa va de preparar una ensalada o de contemplar aquello como los girasoles de Van Gogh Cada año se siembran cincuenta mil verduras comestibles y cuarenta mil plantas florales, separadas- -o unidas- -por parterres y pasillos de gravilla del Loira queda más remedio que recibir un torrente de datos y cifras descomunales sin fuerza para pedir clemencia, aunque cada vez lo escuche más alejado: cada año se plantan en Villandry ciento diez mil plantones, de los que cincuenta mil son verduras comestibles; en el Jardín del Amor suele haber cuarenta mil plantas florales; las líneas cultivadas están separadas por pasillos de ochenta centímetros de ancho cubiertos con gravilla procedente del río Loira que sirven para realizar las tareas agrícolas y ornamentales. Tonterías. Detalles nimios que sólo alimentan a los amantes de la estadística. Lo importante es que llega el atardecer y el sol se acuesta por el oeste (como suele) sobre la iglesia románica de Saint Étienne. Iluminado por la magia que crea la luz en el ocaso, el jardín adquiere entonces su momento de máximo esplendor. Sentado en un banco a la esquina de un parterre, ya no se siente confusión alguna entre el reclamo del estómago y la llamada de la pituitaria. Cualquier sensación que no pertenezca a la armonía se desvanece como una nube leve se deshilacha al menor soplo del viento. Es, no cabe duda, esa naturaleza puesta en orden con que soñaba el extremeño Joaquín Carvallo. Un orden acorde y afinado que parece rozar la perfección.