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ABC SÁBADO 2 9 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA PACIENCIA Y TRABAJAR N cuanto una legislatura atraviesa su ecuador, cada comienzo de curso se desatan en la Corte las especulaciones sobre un adelanto electoral. La expectativa de unas elecciones anticipadas provoca cosquilleos de placer en la clase política, pero por lo general desemboca en un gatillazo. Conviene recordar, para los más impacientes, que la potestad de disolver las cámaras corresponde en exclusiva al presidente del Gobierno, y que una máxima elemental en política aconseja atreverse a ello sólo en el caso de que los sondeos garanticen una victoria. O sea, que en el poco probable supuesto de que Zapatero se decidiese a hacerlo- -sólo lo podría empujar el emboque de la negociación con ETA; para otros IGNACIO apuros aún le queda el reCAMACHO curso de prorrogar los Presupuestos- sería cuestión de preocuparse más todavía ante la perspectiva de un segundo mandato. La impaciencia es mala consejera. La incompetencia de este Gobierno, su rencor rupturista, su inacción y pasividad ante los problemas, su deriva suicida por el terraplén del modelo de Estado, irritan sobremanera a quienes no lo votaron, pero todavía no han decepcionado bastante a quienes sí lo hicieron. Lamentablemente, es necesario que Zapatero cometa aún más errores y haga más disparates para que muchos españoles se aperciban de que el 14- M de 2004 tomaron un decisión equivocada bajo la convulsión emocional de los atentados de Atocha. Por mucho que se adelanten los comicios, los ciudadanos no acostumbran a rectificarse tan pronto a sí mismos. Es lógico que esta perspectiva produzca pavor a tantas personas inquietas por el carácter prácticamente irreversible de algunas medidas de este Gobierno. Pero en democracia sólo vale contar los votos, y el PSOE aún cuenta con ventaja porque su discurso relativista e irresponsable, disfrazado de buenismo sonriente, sintoniza con el carácter descomprometido de muchos compatriotas proclives al autoengaño. Además, tiene el poder y una probada solvencia en el manejo de la propaganda política. En estas condiciones, el reflejo de su gestión necesita más tiempo para provocar el desencanto de la mayoría. Aunque el presidente y casi todos sus ministros trabajan con indiscutible ahínco por acortar los plazos. Pero aún falta. Y deberían de saberlo mejor que nadie los estrategas del PP, sobre todo a la hora de plantearse mociones de censura y otras iniciativas de riesgo que pueden acabar vueltas contra ellos mismos. Para ganar unas elecciones desde la oposición no basta con desgastar al Gobierno; hay que analizar con mucha objetividad el estado de ánimo de los votantes y tratar de discernir la realidad de los deseos. Incluso así suele ser requisito indispensable que el adversario en el poder se equivoque con denuedo. Este último aspecto va encarrilado. Las rentrées de temporada son momentos de muchos planes y gran efervescencia. Pero como dijo en memorable ocasión Pío Cabanillas, ahora lo más urgente es esperar. Y seguir trabajando. E CAYUCOS AL ASALTO IN entrar a discutir la inepcia del Gobierno- -ya sobradamente glosada- -en la llamada crisis de los cayucos que durante las últimas semanas ha convertido las costas de las Islas Canarias en las más concurridas de Europa desde que los aliados se lanzaran al desembarco de Normandía, quisiera reflexionar sobre otros asuntos ligados al fenómeno de la inmigración masiva. El primero atañe a la inexistente o casi nula cooperación de la llamada cínicamente Unión Europea, que en estos días vuelve a mostrar su verdadera naturaleza de gatuperio de mercaderes. Pues, más allá de que la legislación permisiva del Gobierno español pueda actuar como reclamo sobre esas masas de senegaleses que diariamente se lanzan al mar en cayuco, convendría reconocer que lo que verdaderamente impulsa a las mafias que organizan tales singladuras es la situación geográfica de España. Si, por JUAN ejemplo, mañana Dinamarca decidieMANUEL DE PRADA ra plagiar la irresponsable legislación española, no imagino a los senegaleses que desde Mauritania se lanzan a la conquista de las Islas Canarias circunnavegando el continente europeo hasta avistar la sirenita del puerto de Copenhague; tampoco a los marroquíes que cruzan el Estrecho de Gibraltar casi a nado. De modo que no nos dejemos cegar por la pasión política: las legiones del hambre eligen España porque es la puerta de Europa, antes que por cualquier otro acicate de tipo legal. Aunque también habría que especificar que si esta situación ignominiosa hubiese alcanzado su apogeo cuando gobernaba la que hoy es facción opositora, ya tendríamos a todos los intelectuales e intelectualas del Canon con el estoque desenvainado. Esos senegaleses vienen a Europa, convocados por el reclamo de su riqueza. Si, por ejemplo, a los senagaleses se les invitara a elegir entre España y Francia, muchos escogerían esta segunda opción, aunque sólo S fuera porque el conocimiento del idioma les favorece; y otro tanto podría decirse de los marroquíes. Esos vuelos de la vergüenza que el Gobierno organiza de matute para descongestionar las hospederías canarias de senagaleses, con destino infalible a regiones (perdón, autonomías) gobernadas por la facción opositora, deberían en realidad dirigirse a todos y cada uno de los países miembros de la Unión Europea. En esta ocasión, y sin que sirva de precedente, la vicepresidenta Fernández de la Vega (que ha vuelto de las vacaciones como un tizón de morena, quizá para que no se le note el cabreo) tiene razón: nos hallamos ante un problema que compete a la Unión Europea. Pero ya sabíamos que la Unión Europea era un contubernio de países ricos atrincherados en su riqueza que, de vez en cuando, acogen indulgentemente en su seno algún primo menesteroso, con la esperanza de poder subirlo al tren del dinero y seguir así incrementando su riqueza. Cuando se trata de apencar con un problema que incumbe a la Unión Europea como zoco de opulencia, ya vemos con qué desparpajo dejan los demás Estados miembros que se las espulgue el Estado que padece en sus carnes el problema. A la postre, este espectáculo de los cayucos al asalto nos enfrenta a un asunto moral de primera magnitud. ¿A quién corresponde la riqueza y el uso de los bienes? Si aceptamos- -como sostiene la doctrina social de la Iglesia- -que la riqueza tiene como fin primordial el sustento del género humano y que, por lo tanto, su destino último es universal, y que todos los hombres tienen derecho a disfrutarla equitativamente, y que existe un principio de uso común de los bienes, parece justo que esas legiones del hambre luchen por pegarle un mordisco a nuestra abundancia chorreante y derrochona. Y contra ese fenómeno imparable no valen legislaciones más o menos restrictivas, ni convertir Europa en una fortaleza en derredor de su opulencia. O globalizamos la riqueza o esto acabará estallando; y cuando digo esto no me refiero tan sólo a un Gobierno que evacua leyes ineptas.