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ABC VIERNES 1 9 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA GILDA Y LOS MALOS TRATOS Cuchi, ¡la Caballería y de teniente Glenn Ford! (Carlos Cano) L YA LO DIJO MARK TWAIN O LVÍDENSE del petróleo. El recurso más precioso de Oriente Próximo fluye por el río Jordán o reside en los acuíferos que se extienden por Israel y los territorios palestinos ocupados. Lo advertían la semana pasada algunos de los expertos reunidos en Estocolmo durante la Semana Mundial del Agua. Distraídos como estamos desenterrando fantasmas del pasado, o partiéndonos la cara en querellas que en países serios se dan por saldadas en el primer minuto de juego, en España las conclusiones de ese magno foro anual del agua han pasado casi inadvertidas. Como si tuviéramos el problema resuelto. Como si el tremendo desequilibrio en el reparto de un recurso tan precioso no amenazara, en España tanto o más que en otras partes del mundo, otros equilibrios obtenidos en las últimas décadas gracias a delicadas operaciones políticas hoy en entredicho. Dos de cada cinco habitantes del plaEDUARDO neta residen en cuencas de ríos o de laSAN MARTÍN gos que abarcan una o más fronteras internacionales. En Oriente Próximo, por citar la región del mundo en la que el control de los recursos hídricos está ya en el origen de los muchos conflictos que la asolan, el 90 por ciento del agua utilizable discurre por fronteras internacionales. En la pasada guerra del Líbano se produjo una acción bélica muy significativa que apenas llamó la atención de los medios: la destrucción por los bombardeos israelíes de los canales de irrigación que llevan el agua desde el famoso río Litani a las tierras de cultivo de la costa y del valle de la Bekáa. Con toda seguridad, no se trató de un daño colateral causado accidentalmente por la aviación hebrea. Puede que en una región que vive en un estado bélico cuasi permanente desde hace un siglo, un conflicto más no produzca mayores escalofríos. Pero el riesgo de futuras guerras del agua es tan global como la economía que está provocando su escasez. La falta de agua en países de tan elevadísimo consumo como China y la India está provocando la acometida de obras hidrológicas de tal magnitud que pueden alterar la distribución de re- cursos en la zona más poblada del planeta y donde muchos expertos sitúan los futuros motores de la economía mundial. La seguridad hídrica es tan importante para el progreso humano como la seguridad energética, con una gran particularidad: a diferencia del petróleo, el agua no tiene sustitutos conocidos concluían los expertos mencionados. Nuestra mirada de televidente acomodado asocia la escasez del agua con las imágenes de cuerpos desnutridos y acribillados por las moscas en el Sahel. No por mucho tiempo más. Las campanas de alarma suenan también en nuestro húmedo y confortable continente, en el que la gestión del agua, incluso en los países más desarrollados, es un auténtico desastre. En un país como Italia, hasta 3.000 litros diarios- -sí, tres mil- -hacen falta para cultivar lo necesario con que alimentar a una sola persona. Es decir, un litro al día por cada caloría que se consume. En España, una agricultura con fecha de caducidad acapara hasta el 75 por ciento del consumo total del agua. En países como Alemania, Francia o Bélgica, una tercera parte de los recursos hídricos se gasta en la refrigeración de plantas nucleares u otras instalaciones de producción de energía. Y si dispusiéramos de un recurso inagotable, pues todavía. No son ésas las predicciones. En España llevamos dos años de sequía. Pero lo que antes era una fase dentro de un ciclo de precipitaciones de una duración relativamente soportable puede convertirse en un fenómeno más usual, si no crónico. También en la Europa húmeda. Según un centro de investigación meteorológica del Reino Unido, dentro de cuarenta años, veranos como el que ha padecido el continente este año (entre 2 y 4 grados más de temperatura y hasta un 50 por ciento menos de lluvia) serán moneda corriente. El whisky está para beberlo; el agua, para luchar por ella Lo escribió un día Mark Twain y lo han recordado estos días los profesores Kevin Watkins, del Programa de Desarrollo de la ONU, y Anders Berntell, dos de los expertos reunidos en la capital sueca. Un siglo después, aseguran ambos, la greguería del escritor norteamericano, elaborada tal vez con otras intenciones, está dejando de ser una ingeniosa ocurrencia. A célebre bofetada que Glenn Ford le pegó en Gilda a Rita Hayworth, pasando de inmediato al olimpo de los mitos del cine, hubiese provocado al día de hoy una agria polémica por evidente apología de los malos tratos. En la época, sin embargo, el escándalo se detuvo en la soberbia insinuación corporal con que la bella se quitaba un guante en medio de un voltaje erótico capaz de convertir en ursulina a Sharon Stone con las piernas descruzadas. Aquel histórico guantazo, encajado con llorosa humillación por la víctima, era en efecIGNACIO to un posesivo acto de doCAMACHO minación que hoy quedaría plenamente inserto en la Ley de Violencia de Género y provocaría la ira del feminismo militante. Todavía más brutal era la saña con que, en Los sobornados el mafioso Lee Marvin volcaba una cafetera hirviendo en el rostro pecaminoso y seductor de su amante Gloria Graham, cuya tentadora belleza tambaleaba las convicciones del propio Glenn Ford, un honesto policía agitado por eldeseo y la venganza. Vistadesde la perspectiva actual, cualquier película de los años 40 constituye un catálogo de transgresiones: se fuma a caño libre, se pega a las mujeres liberadas y se enaltece un código moral basado en el heroísmo masculino. Empero, el muy calibrado y políticamente correcto cine contemporáneo tiene pendiente la asignatura de superar la fascinación de clásicos como las dos citadas, Casablanca o Perdición Con razón sostenía el cínico de Andrè Gide que con buenas costumbres no se hace buena literatura. El viejo, entrañable Glenn Ford, pasó a la memoria sentimental del pueblo como intérprete de amables comedias y valiente oficial de casacas azules pero su verdadera dimensión de actor la determinaron papeles de gran confusión ética. No sólo por el bofetón a Gilda; el sargento Bannion de Los sobornados era un personaje de turbia complejidad, en una obra de enorme violencia opresiva en la que la maestría elíptica y expresionista de Fritz Lang encontraba en el rostro de Ford el tono justo de oscuridad moral que requería su medida truculencia. Muertos también Richard Widmark, Gregory Peck, Robert Mitchum y Bogart, ese arquetipo de héroes enteros pero sin certezas, de magnetismo más intelectual que físico, pasa de modo definitivo a la arqueología cultural del siglo XX. Estamos en un tiempo de simplezas, neopuritanismos e ideologías bidimensionales, y el cine en boga sustituye la ambigüedad de la exploración moral por la contundencia técnica de los efectos especiales. Ahora las estrellas son gente como Brad Pitt o George Clooney, tipos guapos encaramados en la divinidad de un poder mediático que a veces les lleva a perder directamente la chaveta. Como ese desquiciado Tom Cruise, capaz de exhibir la caca de su hijita en un museo. Por la mitad de eso le dejaba a cualquiera Glenn Ford los dedos marcados en la cara.