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ABC VIERNES 1 9 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LA BOFETADA DEL SIGLO No surtió efecto ni su empeño ni su incansable actividad en el western: siempre fue y probablemente será Johnny Farrel, aquel don nadie que cae azarosamente en el casino de un hampón cuya esposa se llama Gilda, y tiene dos cascadas, una de color rojo en su cabellera y otra en la palma de su mano desenguantada... A muerte hace unas horas de Glenn Ford ha caído como eso que los franceses suelen llamar un déjà vu algo que ocurre ahora pero lleva impreso un rastro, una huella apenas perceptible de algo que había ocurrido ya antes. Lo que se conoce como esto ya lo he vivido yo Juraría, incluso, que hace mucho tiempo escribí una de esas necrológicas entre sirenas de urgencia a propósito de su muerte: la bofetada, Gilda, el vaquero con cara de tipo honrado... Esa sensación de bucle temporal adquiere su sentido prosaico al recordar que, en efecto, Glenn Ford estuvo hace algo más de una década prácticamente debajo de su epitafio, en uno de esos comas profundos que aconsejaban ese ejercicio tan poco estimulante de tenerlo muerto periodísticamente, es decir, necrológicamente hecho. Es una modalidad de periodismo ágil y lúcido, aunque le acaba dejando a uno andares en círculo y espolones amarillentos. alió de aquel mal amago Glenn Ford y se ha muerto ahora de verdad, y con noventa años, que es una edad en la que ya resulta complicado amagar de nuevo a la muerte. Su legado cinematográfico es el que era entonces, pues no aprovechó sabiamente la prórroga para ampliar su filmografía; sí, en cambio, para establecer un forcejeo con la sensatez que se saldó con alguna que otra locura de faldas Glenn Ford siempre tuvo el motor de su apellido. Hablar de Glenn Ford en el cine es hablar del cine de Charles Vidor, del cine de Fritz Lang, del de Anthony Man, de Vincente Minnelli, de Delmer Davis, de George Marshall... aunque uno siempre lo ve con esmoquin la imagen que se empeñó en dejar en el cine fue la de un vaquero. No surtió efecto ni su empeño ni su incansable actividad en el western: siempre fue y probablemente será Johnny Farrel, aquel don nadie que cae azarosamente en el casino de un hampón cuya esposa se llama Gilda, y tiene dos cascadas, una de color rojo en su cabellera y otra en la palma de su mano desenguantada. Y no es del todo justo que así le suceda si se tiene en cuenta que hablamos del hombre que interpretó a ese policía honrado e infeliz de Los sobornados ese sargento Bannion incapaz de llevar el consuelo a Gloria Grahame, damnificada a la hora del café hirviendo por la mano villana del malvado Lee Marvin; o aquel Dave el Dandy de Un gángster para un milagro que le compra manzanas a Bette Davis; o aquel otro de Deseos humanos otra obra maestra de Fritz Lang, en donde ejerce uno de los papeles que más se le pegó al cuerpo: el de mosca atrapada en la majestuosa tela de araña de una mujer fatal... L S Este hecho aparentemente sin importancia le proporcionó, lógicamente, un enorme conocimiento sobre telas de araña, aunque no sobre mujeres fatales, pues su vida- vida, es decir la que no hemos visto desde la butaca, estuvo empedrada de todo eso que visto desde fuera se suele llamar fracasos. Varios matrimonios pero pocas familias (tuvo una hija) Un pequeño vistazo a la vida de su mejor contrincante, Rita Hayworth, le podría haber aleccionado en ese otro sentido. Si Glenn Ford nunca se pudo quitar de encima el personaje de Johnny Farrel, ella, Rita Hayworth, nunca pudo dejar de quitarse ese guante, el guante que le arrojó al mundo y que acabó prematuramente con ella. Se dijo, probablemente sin que fuera cierto, que a Glenn Ford le volaron dos dientes de los bofetones que le dio Gilda hasta la toma buena; tal vez no sea cierto, pero la garra y desgarro de Rita Hayworth siempre han estado fuera de toda duda, y quedaron grabados trágicamente para la historia con aquella frase que desmembraba su propio mito: Los hombres se acuestan con Gilda, pero se despiertan conmigo ¿Qué es la bofetada de Glenn Ford comparado con ese latigazo? media tarde a casa del actor, pero cuando llegó ya estaba muerto... No se informa de las causas del fallecimiento, pero no se descarta que fuera muerte natural... ¡No se descarta que fuera natural! Lo que no es natural es esta manera de decir las cosas: lo más probable es que en el Departamento de Policía de Beverly Hills se vea demasiado cine y luego no haya modo de que no aparezca reflejado en sus informes. Desde luego, con la edad y la salud de Glenn Ford, este ribete de cine negro no deja de ser una anécdota, pero esa misma nota policial referida por ejemplo a su personaje de Johnny Farrel pondría a trabajar al instante a todos los detectives y reporteros de la ciudad. lenn Ford ya es historia, como lo es también Rita Hayworth, que coincidieron en la encrucijada del éxito gracias a esos azares del cine: una triste historia de perdedores, un par de canciones mareantes y un fugaz bofetón. Tanta fuerza tuvo aquello, que ni siquiera fue capaz de borrarlo la siguiente intentona de película con ambos, también dirigida por Charles Vidor y titulada Los amores de Carmen una versión acharolada de la novela de Merimeé en la que, puesto que Glenn Ford interpretaba al incauto don José, una racial Rita Hayworth volvía a medirle los mofletes, pero en esta ocasión entre el refulgir colorado del technicolor. Bofetadas éstas de Carmen que, al contrario que las de Gilda, se las ha tragado el tiempo mientras miraba distraído hacia otro lado. Supongo que ahora no es mal momento para decir que Glenn Ford, uno de los grandes del cine americano, ni era Glenn Ford ni era estadounidense; se llamaba Gwyllyn Samuel Newton y era canadiense de Quebec. Nada de esto fue un engaño, como tampoco lo fue el que tras su apariencia de hombre blando se escondiera un tipo duro, o lo suficientemente duro como para interpretar algunos de los personajes que hizo, pero, sobre todo, para sobrevivir noventa años en Hollywood, un lugar que sabe cómo hincarle el diente a las estrellas. Probablemente su caducidad se deba a los retales de su filosofía como actor, que alguna vez resumió en que él era incapaz de interpretar personajes que no se le parecieran o se ajustaran a su manera de ser, y bromeaba con la posibilidad de interpretar alguna vez algo de Shakespeare. De ser eso cierto, podríamos poner en su epitafio algo así como: aquí yace un experto en telas de araña y cuya mayor gloria es haber dado la bofetada del siglo. G Q ueda claro, pues, que Glenn Ford se dedicó al western pero lo agarró por la pechera el cine negro; en realidad, le pegaba más con su físico: una cara demasiado limpia y triste para el western. De hecho, un halo de cine negro recorre incluso los detalles de su muerte, que ayer, leídos en las notas de agencias que llegaban, traían reflejos de rara intriga: la Policía de Beverly Hills fue llamada a E. RODRÍGUEZ MARCHANTE Crítico de cine