Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
12- 13 40 LOS VERANOS DE CIUDADES POR JUAN ÁNGEL JURISTO Martín Mormeneo adelantó una mano hacia su respaldo, que pareció reptar distraídamente hacia la cabeza de Sonia, y hundió sus dedos en el pelo de la joven. El fotógrafo pensaba que la primera caricia, delicadísima, debe empezar por el pelo. Y el suyo era abundante, oloroso, muy negro. ¿Cuándo vas a besarme? Lo hizo. Con suavidad, con lentitud, como si explorase la pulposa textura de sus labios; luego con hondura, lengua con lengua, con el rabioso frenesí de dos desconocidos que se encuentran sin aliento en un beso, con la ansiedad de dos desconocidos que se andaban buscando. Sonia se retiró para mirarlo a los ojos. Alargó uno de sus brazos hacia su cuello y aproximó el otro hasta los botones de su camisa. Martín Mormeneo temblaba. Sonia, de nuevo, tomó la iniciativa: -Vamos a ver qué más sabes hacer. Los asientos se reclinaron automáticamente. La alameda, cómplice y oscura, agrupó sus copas de fronda y se hinchó de gemidos. Había una extraña química entre las estrellas distantes y las luces del salpicadero. Le pareció un encargo extraño, pero lo aceptó. Era el primer trabajo profesional que le pedían en el barrio, que cuenta con un fotógrafo de prestigio como Javier Cruces, y creyó que no debía rechazarlo. El hombre le dijo: Me he atrevido llamar a su puerta porque Sonia, mi nieta, me dijo que usted lo haría. Lo que voy a pedirle tiene muy poco que ver con su especialidad. ¿Podría hacer un reportaje de una casa abandonada? El hombre entró y los dos bajaron al estudio del sótano. Allí, entre los focos, la colección de cámaras y la biblioteca de fotografía, le explicó que se trataba de Villa Adoración, que estaba a merced de la espesura y la suciedad. Ahora los chicos la conocen como La mansión del Americano Fue de mis abuelos, de mis padres, y ahora es mía. Esa es toda la información que precisa Concertaron un número mínimo de fotos, un plazo de entrega, el precio y algunas características de las tomas. El hombre le concedió total libertad, aunque me gustaría que fuesen tan artísticas como las que cuelgan en sus paredes le pidió. Manuel Martín Mormeneo pensó que era un encargo misterioso, casi tan turbador como Sonia, pero a él no le pagaban por hacer pre- guntas. Conocía vagamente la casa: durante sus sesiones vespertinas de footing la había visto por fuera y la había mirado siempre con cierta inquietud. El conjunto en general imponía pavor, las paredes estaban desconchadas, la maleza avanzaba dispuesta a engullir los últimos escombros. Llamaban la atención los restos de un campo de tenis que también tenía una pared de frontón y una dependencia cochambrosa que debió ser un molino. Se accedía al caserón por un camino sombrío, junto a la acequia, y por la calzada. Trabajó como solía hacerlo, con meticulosidad, estudiando cada ángulo y apoyándose en sus cuadernos de notas. Lo hizo durante varios días, con diversas cámaras y objetivos, disparando al alba, con las luces duras del mediodía, y al atardecer, cuando el cielo derrama esa iluminación amortiguada de sangre, oro neblinoso y sueño. También operó de noche, con trípodes y con focos específicos, sin otra urgencia que la de su propio miedo. Aquella naturaleza en desorden no sólo estaba viva, adquiría caracteres monstruosos. El aleteo de cualquier ave y el chicotazo del viento multiplicaban el pavor. Martín Mormeneo combinó el blanco y negro con el color, seleccionó 60 fotos de un total de 300, y al cabo de dos semanas culminó el álbum. Unos días antes se había cruzado con Javier Cruces. No sé si lograrás lo que quiere. Por lo menos otros seis fotógrafos hemos hecho antes el mismo reportaje le advirtió. Ese encuentro lo había dejado muy intrigado y en el fondo lo estimuló todavía más, hasta el punto de que repitió varias tomas nocturnas y tuvo la suerte de captar los ojos vidriosos de una lechuza. ¿Qué querría en realidad? Le entregó el reportaje con seis fotos más de las que había previsto, y le dijo que lo mirase con calma. No me diga nada. Ya me llamará Se arrepintió de no haberle dicho: Mejor, dígale a Sonia que me traiga sus impresiones. Me encantará verla Lo llamó a la mañana siguiente: Señor Mormeneo, han quedado muy bien. Es usted un buen profesional. Sus fotos me han llevado a evocar muchos recuerdos de familia. No he dormido en toda la noche Sin embargo, el fotógrafo intuyó su decepción, su falta de verdadero entusiasmo. ¿Qué ocurre? ¿Qué es lo que no le ha gustado? le preguntó. Y el otro respondió con pesadumbre: Tampoco ha sido usted capaz de retratar el fantasma Vista del centro de La Habana EFE La ciudad de las columnas El tópico folclórico lo quiere así: La Habana es como Cádiz pero con negritos. Pero pocas veces éste se ha ajustado tanto a la realidad o, por lo menos, a cierta realidad, porque la capital cubana fue espejo de la ciudad española, que recibía sus mercancías, y, a la vez, influía en una suerte de palo de ida y vuelta, dando a la ciudad española una gracejo que en aquellos años bien se confundía con extraña influencia caribeña, es decir, mestiza, es decir, casi negra. Pero con ser La Habana una ciudad cantada hasta lo extenuante, sigue siéndolo en lo mejor que ha dado, la música, su representación literaria más moderna resida quizá en Alejo Carpentier, que intentó hasta definirla. Porque cantores ha tenido muchos, e ilustres, desde Lezama Lima, que la definió como el último libro del Dante, confundiéndola con su infancia, hasta Cabrera Infante, cuyo mejor libro, Tres tristes tigres es producto de un amor generoso y fecundo hacia la ciudad y sus gentes, hacia sus sones y sus olores, o, ya más de ahora, más dramático también, Reynaldo Arenas, que la vio en exclusiva como una ciudad de fuga, de escape... e irredimible. Pero hagamos memoria con El siglo de las luces donde los zaguanes en que guardan las mercancías son réplicas exactas de los gaditanos o, más acá en el tiempo, detengámonos en la suntuosidad espléndida de las columnatas, producto ya de una ciudad mercantil, independiente y rica a base del azúcar y del tabaco y que quiere emular a los sueños de la riqueza sureña, que son todos iguales o, por lo menos, se parecen. Esta ciudad, la histórica, la que ha evolucionado con el tiempo, desde lo colonial al furibundo modernismo de su burguesía de principios de siglo, sólo llegó a ser estudiada, no solo sentida, por Carpentier, extraña mezcla afrancesada de intelectual caribeño que, por eso mismo, supo calibrar su ciudad desde un utópico racionalismo. Es otro modo de ver la ciudad, distinta a la de las jineteras y las paladares, pero no menos real porque, en cierta manera, las había previsto. Al fin y al cabo es la ciudad de las columnas, pero no en menor medida, de los prodigios. Por eso.