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14- 15 40 LOS VERANOS DE CIUDADES POR JUAN ÁNGEL JURISTO La ciudad del agua importante de mi primera relación sentimental (Adela efectivamente se fue con otro, que resultó ser él) Dice el doctor que esta redacción me ayudará. No me gusta el tono en el que me habla ni, mucho menos, que mientras yo narro experiencias y recuerdos desde el diván él esté enviando mensajes desde su móvil. A veces, cuando le tiendo la mano al terminar una sesión, busco sus ojos con mi mirada y trato de saber si sospechará que quien le envió la corona de flores fui yo, el mismo que le ha suscrito a revistas de pesca y que manda cartas al director de algunos periódicos con su firma, el que corteja a su mujer, que, curiosamente, se llama Adela. Y bajando en el ascensor me pregunto no ya si sanaré- -sé que no- -sino qué sentiré cuando consiga besar a la señora Adela. Porque eso sí que lo tengo claro: el dolor causado por la pérdida de una Adela solo se repara encontrando una mujer de igual nombre. En Nueva Orleáns la tierra es una quimera. William Faulkner, que después de Oxford, Missisippi, sólo llegó a amar a esta ciudad con esa intensidad del que quiere una vez, y gracias a Sherwood Anderson, escribió dos narraciones donde la ciudad del jazz se enseñorea de la historia, es la historia misma: Mosquitos y Pylon Pues bien, en la primeriza novela Nueva Orleáns es un yate que recorre canales imprevistos, fecundos e insalubres como la Florida en que se sumerge y en la magnífica narración posterior, la ciudad es un amasijo de calles nocturnas, infectadas por la desidia y el alcohol, que, cuando clarea, sólo puede distinguirse en su pureza desde el aire, desde uno de esos aviones que hacían cabriolas y a cuyas carreras eran aficionados hasta la exasperación los norteamericanos de los años treinta. Mosquitos es una novela donde Nueva Orleáns, o cierto sector blanco y artístico que años más tarde sería cantada en su impotencia por Tennessee Williams, navega en una suerte de imagen de su perdición en una laguna Estigia que sólo recoge tonterías un tanto inanes. Es la Nueva Orleáns donde los negros y su música, el jazz, es aún algo residual, como en los tiempos de Anderson, y que no se tiene en cuenta a la hora de definir el corazón de una ciudad sino es como metáfora del pecado. En Pylon unos años después, todo ha cambiado. Todo nos parece ya más cinematográfico, más terrible también, como si la estética del thriller se hubiese apoderado de una ciudad que hasta entonces era dorada. Nueva Orleáns como ciudad del pecado, ciudad irredimible, ciudad sureña que representa la Tierra Baldía de que hablaba Eliot y cuya luz, si es que la tiene, sólo puede divisarse desde el aire, donde adquiere toda su épica. Y la verdad es que donde muchos querrían ver una imagen un tanto frustrante de la ciudad advierten, sin embargo, que es de esta imagen de lo que ha vivido Nueva Orleáns en los tiempos modernos. Irreal hasta en AFP Nueva Orleans sus leyendas, amenazada de siempre por el agua que quiera sumergirla y de la que sólo es posible recorre su dimensión desde el aire. Mito literario que ha adquirido su pavoroso valor en las recientes inundaciones que casi acaban con ella. En el fondo, como en la novela de Faulkner, sólo el Carnaval la salva.