Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
29 8 06 FIRMAS RELATO Callejero marítimo POR ANTONIO FONTANA Antonio Fontana es periodista y autor de las novelas De hombre a hombre y El perdón de los pecados mí lo que me gustaría es empezar diciendo: Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla Pero como no nací en Sevilla, pues nada. Nací, eso sí, cerca: en Málaga. Y de Málaga voy a hablarles. Del Perchel. De mi calle, la calle Cuarteles. ¿Preparados? El patio del antiguo cuartel de aviación, con sus papelotes y sus desperdicios, era uno de los refugios de los gatos del barrio. Otro de sus escondrijos era la casucha que se levantaba junto al número 45- -hoy 41- Lo de que se levantaba es una exageración, claro, pues de aquella casa de una sola planta- -el número 43, supongo- -lo más que quedaba en pie era algún muro que por su parte interior conservaba el papel de las paredes: rosas celestes y rosas encarnadas en cuyas espinas los nuevos inquilinos enredaban sus uñas y se las afilaban. Cuántas veces espiamos mis hermanos y yo las ruinas de aquella casa sin tejado. Las ruinas de aquella casa... y al Lenguas, un mendigo que estableció allí sus dominios y en invierno dormía a la lumbre de los gatos y de una botella de vino, que de alguna forma hay que templar el cuerpo si uno duerme al raso, y en Málaga, las noches de frío, hace frío hasta en la calle; mientras que en verano el Lenguas se recostaba bajo los tallos de las rosas celestes y encarnadas del papel de las paredes, que en Málaga, las noches de calor, hace el mismo calor dentro que fuera de las casas, pero contando estrellas y pétalos de flores el sueño parece que se concilia antes. Y un día al amanecer, como canta Pasión Vega, llegaron el progreso y la demolición, aplastando a su paso las rosas celestes, las rosas encarnadas y algún que otro gato, si el minino no estuvo avispado o A el Lenguas no consiguió sacarlo a tiempo. Cuando la polvareda de las obras se disipó, pudimos ver que en el solar del número 43 se levantaba- -ahora sí: se levantaba- -un edificio de doce, de trece, de catorce o quince pisos; un edificio mucho más alto que el nuestro. El número 43 de Cuarteles no fue el primero en caer; tampoco el último. Y hoy del viejo barrio poco sobrevive: el asilo de ancianos, la iglesia del Carmen, unos cuantos nombres de calles- -Plaza de Toros Vieja, Salitre, Pasillo del Matadero- -y un montón de fantasmas. Hablando de fantasmas, la fábrica de aceite y jabón Minerva sentaba sus reales en el número 7 de la calle Mendívil, enfrente de donde estuvieron- -ya no- -los América Multicines. Era gigantesca la Minerva. Albergaba tantas dependencias que mis abuelos paternos residieron allí. Aunque eso fue antes de que, por ciento setenta y cinco pesetas al mes, alquilaran un piso en la calle Alcazabilla. En la Minerva nacerían mi tía Luli, que recibió en el bautismo los nombres de Luisa Francisca Antonia; mi tío Pepe, cuyo nombre completo es José Salvador Ma- Pero déjenme que les presente a mis abuelos, Ugo Riccardo Vittorio Fontana Migliorini y Angela Luigina Maria Goria Zavattaro En los días previos debió de armarse la marimorena. ¡La hija de un cocinero casándose con el hijo de don Achille, el jefe de Correos de Génova!