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ABC MARTES 29 8 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC Relatos de dos ciudades (II) LA RECONCILIACIÓN A mis amigos García Lorca y Montesinos, en homenaje a la elegancia en el perdón. Veo la maldad de esa época y de la anterior expiar sus culpas y desaparecer al fin. Ch. Dickens L futuro empezó en el congreso de Múnich de 1962, en que se reunieron para un ejercicio de concordia democrática españoles del interior y del exilio, antiguos rojos escarmentados y viejos franquistas, arrepentidos con una triste victoria (Prieto) en que se hicieron un daño a sí mismos (Azaña) infinitamente mayor que el que deseaban destruir (Prieto) Aquello terminó en la cárcel porque el general Franco se enfureció. Y con razón, desde su punto de vista: reconciliación y acuerdo eran lo contrario de victoria y enfrentamiento, la filosofía con que la dictadura mantenía prietas las filas Aunque la democracia todavía se demoró casi dos décadas, con esos mimbres de concordia se elaboró la Transición. No hubo ruptura: de la ley a la ley. Por primera vez logramos no saltar sobre la legalidad (Prieto) evitando lo que un gran historiador catalán (Vicens Vives) consideraba el maleficio de la historia contemporánea de España desde la francesada: quebrar los hábitos de obediencia y respeto a la ley. Sin duda, el presidente Suárez acertó a expresar un sentir generalizado cuando afirmó que el cambio consistía en articular jurídicamente lo que estaba en la calle: una realidad social que ya existía a esa altura en un país modernizado y transformado. Fue una transacción. Pero pierden- -o escamotean- -el pálpito de una época quienes ahora sostienen que miedo, claudicación y ocultación escoltaban el espíritu de aquel tiempo. Se hizo lo que se quería hacer: una democracia plural y, por ende, pactada. Se buscó el acuerdo como un bien democrático. Y las concesiones mutuas se interpretaron como la representación legal de una filosofía política tolerante que, renunciando al monopolio de la verdad, procuraba aceptar- -en lugar de eliminar- -al adversario. En aquel tiempo de alegría y esperanza, optimismo e ilusión, las cesiones no se tradujeron por claudicaciones. Como en el mito clásico de origen, demokratia se asoció a koinonía, la amistad cívica desde una filosofía política de concordia como declinación legal de un sistema de acuerdos para gestionar la discrepancia. E República. Más bien, la tiene como contra- modelo: la Transición legisló precisamente para impedir la vuelta de aquel clima (del pasado) que resultó tan dañino para España (Felipe González) Por otra parte, se trata de un fenómeno paralelo al acontecido en otros países de nuestro entorno anteriormente, en la medida que muchos de los sistemas políticos continentales surgidos tras la segunda contienda tuvieron como contramodelos del fracaso europeo de entreguerras a la República de Weimar y a la III República Francesa. tinaron acaso nuestros políticos transicionales en el diagnóstico de los males de la patria pasada? No mucho- -y algo sobre ello he escrito en publicaciones especializadas. Pero acertaron en que la guerra fue el parto catastrófico de filosofías monolíticas excluyentes, preñadas de intransigencia, abocadas a la eliminación de la discrepancia y orientadas a alumbrar la discordia. Como alguno de sus abuelos, tras experiencias demasiado costosas (Azaña) acertaron también en el rechazo a una versión maniquea de la contienda: matemáticas aparte (Ortega) en aquel disparate sangriento, errores y crueldades, allá se iban (Azaña) Cuando se escribe acertaron ¿quiere decirse que la descripción histórica de nuestros demócratas transicionales, fiel al mandamiento profesional del clásico alemán, respondía a cómo los acontecimientos realmente sucedieron Desde luego que no. Ni tampoco, probablemente, era esa ambición académica la pretensión de nuestros políticos fundadores. Acertaron en cuanto que compusieron una leyenda histórica compartida que servía a sus objetivos políticos presentes, consistentes en fabricar una democracia plural integradora y consensuada también. En todo caso, el resultado político de ese relato histórico compartido, compuesto durante- -y para- -la transición, a la vista está. A quienes, en lugar de juzgar, prefieran comprender aquel tiempo de construcción democrática, les convendrá también saber que, del objetivo de concordia y acuerdo, no se seguía un pacto de silencio por temor. Nunca antes ni después ha sido la historia más popular ni los historiadores más requeridos y leídos: ¡hasta mis libros se agotaron! Todas las épocas tuvieron entonces su público pero ninguna comparable a la República, Guerra y posguerra. Al punto, que, junto a la Revolución Francesa y II Guerra, el conflicto español y sus secuelas reúnen el conjunto bibliográfico ¿A más abundante del planeta. La voracidad por conocer lo que pasó que era ya incontenible aún antes de morir el dictador, no fue contenida después. Literatura de divulgación, artículos y revistas, entrevistas y debates, películas y documentales llenaron kioscos, programas de radio y de televisión. Basta repasar las publicaciones de todo género en 1981 y 1986, al cumplirse medio siglo de la proclamación de la República y de la Guerra. Lo que si hubo fue el acuerdo tácito, mucho más socializado que oficializado, de no utilizar políticamente la tragedia del pasado, evitando que un Historikerstreit degenerara en un Bürgerstreit mediático como el actual. El presidente González lo expresó mejor y con más autoridad que nadie el 1986: no se trataba de conmemorar una tragedia, si no de reflexionar responsable y críticamente para no repetirla. Nunca más, nos dijo, en palabras que parecieron la traducción literal del never again con que los ingleses del seiscientos clausuraron un tiempo de conflictos e iniciaron el régimen representativo moderno. Tampoco hubo olvido. Se decidió que cada municipio, partido, sindicato o agrupación cultural hiciera lo que mejor le pareciera con los lugares de su memoria Algunos símbolos del régimen anterior permanecieron. Pero muchísimos más fueron desapareciendo, suavemente sin consignas oficiales, ni auto de fe gubernamental. Por decisión democrática de su corporación municipal, innumerables calles recobraron su nombre anterior a la Guerra. En otros lugares- -como en la Gran Vía de Madrid- -se optó por suprimir el patronímico franquista para sustituirlo por la vulgata popular, en lugar de la republicana. En algún caso, hasta hubo su paradójico ajuste de cuentas contra la historia liberal y democrática, en un gesto que a Franco le hubiera complacido: el general Espartero, que defendió Bilbao, perdió una calle, mientras Zumalacárregui, que lo sitió pero nunca lo conquistó, ganaba otra. El callejero español, por fin, se ha ido llenando en estos años de nombres republicanos, socialistas y comunistas. Azaña, Prieto, Largo, Companys o la Pasionaria, tienen sus calles, avenidas y hasta monumentos. Actos de homenaje y recuerdo, reparaciones e indemnizaciones a las víctimas de la represión franquista se han venido realizando, con lentitud quizá pero sin pausa, con sobriedad y elegancia, evitando el clarinete del Boletín Oficial y el tamborileo de la revancha. n un escenario político en que los actores, como en los dramas de Esquilo, intentaban exorcizar la tragedia civil con la concordia democrática, no es extraño que versificaran una leyenda histórica común. Fue un relato poco caritativo con el pasado sobre el que cayó una dura pena como argamasa de un presente nuevo que se quería reconciliado y consensuado. Amnistía histórica nos cuentan ahora. Para nada. Precisamente, lo contrario: condena de la historia contemporánea de España que dejó una imagen nada envidiable de crisis permanente (Felipe González) Hubieran coincidido con Prieto en que la guerra era imputable a una generación estúpida porque tuvo por fondo la ruina de España; y con Azaña en que el sistema imperante en la retaguardia republicana no era la democracia ni la dictadura militar y eclesiástica de los rebeldes, un engendro vividero. No debe, pues, sorprendernos que mucho de la arquitectura política transicional esté dibujada con trazos que buscaban corregir supuestos errores del pasado. Así pues- -y contrariamente a lo que hoy se sostiene- -nuestra democracia actual no tiene como modelo originario la II E A unque como profesional comprenda su dilema, como ciudadano me encuentro entre los que lamentan que los americanos no hicieran con el general Franco en 1944 lo mismo que hoy otros les acusan de haber hecho con Sadam Husein; a saber: librarnos de él. Ello no obstante, si hemos abonado un precio cuantioso con la prolongación de la dictadura, no veo por qué no hemos de cobrar al menos los réditos del tiempo, que todo lo cauteriza y todo lo perdona. ¿Qué se reclama ahora de la Transición? ¿Qué sobre haber esperado más de tres décadas el final de la satrapía pagáramos además el peaje de un cambio revolucionario? En la Europa liberada por el Ejército americano nombres y monumentos fascistas o petainistas fueron, efectivamente, remplazados en horas a punta de bayoneta. Las mismas que asesinaron a miles de colaboracionistas sin juicio previo. En España, nos liberamos a nosotros mismos, demasiado tarde quizá pero, al menos, en concordia y por acuerdo. Por eso el método fue, literalmente hablando, más civilizado; esto es, más democrático. JOSÉ VARELA ORTEGA Catedrático de Historia Contemporánea