Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC LUNES 28 8 2006 41 FIRMAS EN ABC vos- se quiebra de súbito con la llegada del nieto, insuflador de alegría y renovadas ganas de vivir. René Valdesaz lo plasmó muy bien en un poema cuyos primeros versos transcribo: Cuando se hace más lenta la pisada y se despierta la melancolía por los años de ayer, y se vacía de ilusión iniciar cada jornada, una luz atraviesa la negrura de la desesperanza y la atonía, y (oh, paradoja) enciende la alegría el llanto de una nueva criatura Porque el llanto diminuto y terrible, a un tiempo dulce y presagiador, de ese ser que, indefenso, se abre al mundo, trae con él no sólo la felicidad de los padres, sino la emoción de los abuelos, que saben- -dadas las circunstancias familiares- -que buena parte de sus avatares primeros va a corresponderles. Claro que hay abuelos con otros criterios al respecto, que yo respeto. Son aquellos que sostienen que ya lucharon mucho para sacar adelante a sus hijos, y consideran que son éstos los que han de sacar adelante a los suyos; abuelos de fin de semana que una vez cada siete días reciben en su casa a hijos y nietos, comen juntos, dan a estos últimos- -si crecidos- -unas monedas, y hasta el sábado o el domingo próximos no volverán a verlos. Yo debo confesar que pertenezco al otro grupo: al de la puerta del colegio y el contacto diario. Sigo compartiendo con mis tres nietos- -ahora de diez y doce años- -las horas que puedo, les ayudo en sus tareas, veo con ellos las competiciones deportivas televisadas- -fútbol, tenis, motociclismo... -y alguna vez juego a las cartas, con las que siempre me superan. Tres nietos, digo, pero son ya cinco (casi seis, porque viene otro, también varón, de camino) una de mis hijas ha dado a luz mellizos, sumándose a la tradición familiar, que hay bisabuelas multípares, y mellizas fueron- -son- -mis dos primeras hijas. Tres meses tienen estas dos criaturas que pasan el verano conmigo. Mi mujer y yo estamos reviviendo otra vez lo que vivimos medio siglo atrás: los biberones, las nanas inventadas, el comprobar cómo esos cuerpecillos van fortaleciéndose... Y las conversaciones. En más de una ocasión he escrito, incluso en estas mismas páginas, que no soy abuelo enajenado, de los que dedican a sus nietos poemitas- -no siempre- -desafortunados. Hablo con objetividad de mis (sus) experiencias. Y con esas conversaciones que menciono, disfruto. Ellos, pese a no sumar aún cien días, tienen su vocabulario: abu, ajo, enge, bu, gae, gua... Y con él hilvanan una letanía muy coordinada, en tanto manifiestan abiertamente su contento. Una amiga- -abuela también- -que estuvo unas horas con nosotros, mostró su extrañeza: No dejáis que los niños lloren Por supuesto que no le dije. Y les habláis constantemente Así es No me sorprende, por tanto, que pese a la edad que tienen, os respondan A mí, tampoco le dije. Y le sonreí, seráfico y abuelecido. CARLOS MURCIANO ESCRITOR ABUELOS El desánimo que provoca la forzada inactividad, se quiebra de súbito con la llegada del nieto, insuflador de alegría y... C UANDO concluía su trascendental discurso en la vigilia del V Encuentro Mundial de las Familias celebrado en Valencia, Benedicto XVI cambió un punto el tono de su voz, y tornándola más cálida, dijo: Deseo referirme ahora a los abuelos, tan importantes en las familias. Ellos pueden ser- -y son tantas veces- -los garantes del afecto y la ternura que todo ser humano necesita dar y recibir. Ellos dan a los pequeños la perspectiva del tiempo, son la memoria y riqueza de las familias Pero, además de esa ternura y esa perspectiva temporal, los abuelos- -y me atrevo a ampliar las hermosas palabras papales- -representan con frecuencia el papel de nucleadores de esas familias, para las que son, en la práctica, ayuda esencial, cuando no insustituible, del devenir diario de los suyos. Desde que la mujer se incorporó de manera decidida al mundo laboral, la atención y el cuidado de los hijos, sobre todo de los de menor edad, pasó en buena medida a manos de los abuelos. Recoger a los críos del colegio, darles de comer y devolverlos de nuevo a las aulas, tarea suya es muchas veces, y para comprobarlo basta acercarse en esas horasclave a los centros correspondientes. Pero hay otra tarea menos visible, que se cumple de puertas adentro: la de los pequeñines que no tienen edad escolar, y quedan a su cargo, con la responsabilidad y la dedicación que ello implica. En la gran mayoría de los casos, los abuelos cumplen esta misión con gozo. Jubilados, dejados atrás sus muchos años de laborar en campo ajeno, recuperan su ayer y reinician la crianza de unas criaturas en las que ven reflejadas a sus hijos, a los que en su día, en especial los hombres, no pudieron entregarse como hubieran deseado. Y hay casos en los que la apatía, el desánimo que provoca la forzada inactividad- -resuelta a veces incluso en procesos depresi- XAVIER LÉON- DUFOUR S. J. EL HOMBRE DEL MÁS Y MAYOR RANCISCO Xavier tiene una potente imaginación, una ambición inmensa, un resorte siempre en tensión. Está apuntando siempre más lejos; su vida de peregrino es un continuo anhelo de nuevos horizontes y de una gloria mayor de Su Señor. No se trata de una inquietud morbosa, sino de un fuego divino interior que necesita expresarse, que busca comunicarse a todos. Tiene un corazón ardiente y tierno, sensible a cada persona, a cada necesidad. Ama con pasión y delicadeza a toda la Iglesia, a sus hermanos jesuitas. Pero acepta separarse de ellos, con total disponibilidad a la misión lejana a que le llama el Señor. Defiende a los humildes o marginados con indignación de profeta, y a la vez él, Nuncio Pontificio, se hace pobre, se dedica a la catequesis callejera con los niños y cuida con ternura a los enfermos en los hospitales. No se pierde en sueños e idealismos. Es un realista. Brillante maestro universitario, aconseja: Este es el principal estudio que ayuda para aprovechar a las almas, leer en libros vivos, que enseñan cosas que en libros muertos no hallaréis ni os ayudarán tanto, cuanto os ayudará saber bien estas cosas por hombres vivos que andan en el mismo trato (Instrucciones a Gaspar Barceo (1549) Vive en un tiempo en el que se cono- F cen nuevos mundos, continentes inexplorados, que le hacen sentir la urgencia de la tarea misionera. La miseria espiritual del prójimo estimula su celo, y el amor de Cristo le empuja con la misma fuerza. No es un conquistador interesado, como tantos de su tiempo, sino un misionero que ofrece gratuitamente una Buena Noticia a los demás. Le urge esa tarea, pero es a la vez un contemplativo entregado a la acción y en la acción misma. La vida espiritual de Xavier no consiste, por tanto, en asegurar por encima de todo la ejecución de un determinado número de prácticas; es más bien un esfuerzo por hacerse conforme a la vida misma de Dios, a la medida de Jesucristo, dejarse moldear por Él. Pero, a la vez, lucha para que la acción no le domine y se apropie algo que no es suyo, actuando por su cuenta en sustitución de Dios. Por eso siente con frecuencia la necesidad interior no saciada de volver a encontrar al Señor, no sólo en la acción, sino en el silencio absoluto y en la oración de las manos inactivas. Otras veces se le impone el Señor con tanta evidencia que no se reconoce a sí mismo y su actividad parece ser una epifanía de Dios. Se mueve siempre en el ámbito de Dios: ¡Dios solo! El apóstol no es nada, no hace nada. Dios es todo. Dios es el autor de todo bien. El Apóstol reconoce su nada. Pero también su fortaleza sólo en el Señor. Por eso no teme entregarse a cualquier signo de la voluntad del Señor, por difícil y peligrosa que sea. Sintiéndose inútil para la obra de Dios, sólo en Él confía. Así arranca de raíz la confianza en sí mismo, en sus propias fuerza sólo humanas, que destruiría la obra de Dios. No hay repliegue acomplejado y pusilánime en sí mismo, sino audacia y entrega gozosa: Os acordáis, hermano mío Simón, de aquella noche que pasamos juntos en el hospital de Roma y que yo me desperté con mis repetidos gritos: ¡Más, más! Sabed ahora que fue por verme en grandes trabajos y peligros por el servicio de Dios Nuestro Señor; sin embargo su gracia me sostenía y me animaba de tal manera que yo no podía menos de pedir más. Yo creo que llega la hora en que se ha de realizar lo que me fue mostrado de antemano Su afán misionero, que le hace recorrer 100.000 km. en doce años, con constantes peligros de muerte y dificultades de todo tipo, no es un desasosiego ansioso de novedades y aventuras, sino obediencia al Señor que le llama a la salvación del mundo: Después que Dios Nuestro Señor quiso darme a sentir, La vida espiritual de Xavier es más bien un esfuerzo por hacerse conforme a la vida misma de Dios dentro en mi alma, ser Él servido que fuera al Japón, para en aquellas partes servirlo, paréceme que, si lo dejara de hacer, fuera peor de lo que son los infieles del Japón Mucho trabajó el enemigo para impedirme esta ida; no sé de qué recela de que vayamos nosotros al Japón (cartas 73,3 y 60,4) Creo que este año de 1552 iré allá donde está el rey de la China, porque es tierra donde se puede acrecentar mucho la ley de Nuestro Señor; y, si ahí la recibiesen, sería grande ayuda para que en Japón desconfiaran de las sectas en que creen (29 de enero de 1552) Si Francisco Xavier inicia la mundialización, la bautiza y, con otros conquistadores, abre las puertas de un Oriente cerrado en sí mismo, aún quiere más: Ruegue a Dios Nuestro Señor que me dé gracia de abrir camino a otros, ya que yo no hago nada (carta 98,9) ¡Qué distancia de aquel brillante universitario que hacía certificar su condición de noble para obtener prebendas, que rehuía a Ignacio para huir de Dios, a este Xavier al que todas las vastas e innumerables islas de los tres mares del otro hemisferio le parecían demasiado estrechas para su misión! Todo es en él corazón, entrega, ardor; nada de desconfianza, pusilanimidad, cobardía. Fue necesario que nuestro Xavier entrase en esos países donde le faltaba todo, exceptuados los asaltos de la muerte en todo momento, y que pusiese su alma en disposición de no temer nada... Que el mundo le tratase bien o mal no tenía importancia para él, no se ocupaba sino de cosas grandes que estaban por encima de las fuerzas ordinarias (Polanco)