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12- 13 40 LOS VERANOS DE CIUDADES POR JUAN ÁNGEL JURISTO piedras en la vejiga, además de una leve cojera, culpa de la gota. Por lo mismo, y para mejor acomodo de los andares, se apoyaba en un bastón. Ella le calibró de seguido. Era de esos que, en los momentos de vicio íntimo, se ponen la ropa interior de la esposa y se plantan la peineta de gitana y la pestaña postiza. Y no andaba descaminada. El citado caballero había subido por Carretas, embozado en su capa negra y confundiéndose con las sombras que le salían de los callejones. Miraba hacía atrás, por si de estas cosas le venían siguiendo, pues cualquiera sabe. No está de más apuntar que, cuando pasó por delante de la taberna del Manco, a punto estuvo de volverse. Sin embargo, fue un latido interno que arrancaba en su vientre y que le llegaba hasta las sienes, lo que le hizo seguir. -Permítame la capa y el sombrero. El caballero le tendió las prendas y luego sacó su cartera. La dueña miraba con ojos de ratoncillo vicioso los billetes. El precio del silencio. -Aguarde aquí un momento- -apuntó ella, señalándole el diván, en una esquina del recibidor, junto al belén navideño. El caballero sentía el hormigueo recorrer su espinazo, los latidos en las sienes cada vez más acusados, el vientre inquieto por la necesidad carnal. Cada segundo de espera venía cargado de días y remordimientos. Sin embargo una vez allí, no podía volver atrás. Consultó el reloj. Dentro de dos horas estaría en su casa, pensó, junto con su mujer y sus dos hijos, celebrando la nochebuena, como cada año. -Acompáñeme. Al final del pasillo en penumbra, la pepona señaló una puerta. El caballero le dio las gracias con un hilo de voz salivoso y venéreo. Abrió el cuarto y, en la negrura, reconoció una respiración. Luego el cuerpo desnudo, la piel sedosa del joven y el perfume exótico del tabaco oriental. El caballero dejó caer los pantalones. Sintió la mano del joven coger la suya y se dejó guiar en la oscuridad del cuarto. Las sienes iban a estallar de un momento a dos. Apreció el bocado en la nuca, la humedad de la lengua recorrer su espalda, de arriba abajo, suavizándole la vergüenza igual a una llaga que se abre a placer. Al punto llegó la embestida, el ataque que le ahogó en un llanto gustoso y el aliento cargado de perfume oriental que castigó su cuello. Mordió la almohada y relajó el vientre. Sintió la sangre rizarse. Cuando los latidos se apagaron, tanteó sus ropas. Ya en el pasillo se adecentó la camisa y se abotonó la bragueta. Su cara había recobrado el aspecto agradable que tienen las perdices a la vinagreta. La pepona le tendió el sombrero, la capa y el bastón. ¿Quiere asearse? El caballero dijo que no y se arregló el bigote con los dedos, retorciéndoselo hacia arriba, como si aquí no hubiese pasado nada. La dueña le acompañó hasta la puerta. Y embozado en su capa salió a la calle. Cogió un coche de punto y, en un periquete, llegó hasta su casa, donde le esperaban con la mesa puesta. Ya dijimos que era nochebuena, fecha señalada para él, pues era la única vez en todo el año que se reunía con su familia al completo. Su esposa, una mujer a la que la ropa interior se le había quedado amarilla de tristeza y sus dos hijos. Uno de ellos, el mayor, acababa de llegar de Alemania, donde cursaba estudios de filosofía. Se había dejado un bigote que era lo más parecido a un camino de hormigas. El otro, el más pequeño, era poeta y apenas le veía. Paraba poco por casa. -Parece que tarda- -dijo la esposa, mirando la hora. -Pues sabe que a mí me gusta la puntualidad. Si de aquí a cinco minutos no viene empezaremos sin él- -apuntó el caballero, solemne y patriarcal. El hijo mayor no dijo nada. Pasando los cinco minutos, recibió la orden de bendecir la mesa. -A ver si en Alemania no has perdido las buenas costumbres de la liturgia, hijo. -Sí, padre. Y cuando empezó con la letanía, Señor, bendice estos alimentos que vamos a tomar, llamaron al timbre. Fue a abrir Rufina, la doncella. -Ya va, ya va. El hijo pequeño apareció con aire festero. Nada más entrar al salón se fundió en un abrazo con su hermano mayor, recién llegado de Alemania. Beso a madre y cuando se le acercó a padre, entonces el caballero sintió de nuevo el perfume oriental, el tacto de los labios en su mejilla, la sangre rizada del que ha descubierto el secreto del cuarto oscuro. Después de la Guerra Fría, Berlín volvió a renacer La ciudad renacida Berlín es sus patios traseros, esos espacios donde confluyen varias casas y los niños juegan con un balón en el espacio cuadrado ya nevado mientras al lado se yergue un árbol desnudo y raquítico. Así atisbó Rossellini a la ciudad en Alemania Año Cero en una versión neorrealista que venía a complementar la expresionista de otros años, la de Fritz Lang, por ejemplo, que imáginó Metrópolis mientras soñaba entretanto con un posible Berlín. Pero dejando las nostalgias aparte, ese Berlín y sus tipos que describió como nadie Theodor Fontane, cuando la ciudad era capital de Prusia y no de Alemania y mucho menos de un Reich, dejando incluso de lado esa versión contemporánea que ha intentado Günther Grass, lo cierto es que Berlín, en su humanidad, en su expresión más real, más verdadera. más monstruosa, más piadosa, no puede venir de otra pluma que no sea la de Alfred Döblin y su Alexanderplatz En ella describió la bullicie enorme, los pasadizos y los trenes que se desplazaban por carriles aéreos, las calles que se cruzan con avenidas anchas, rectas, que parecen no tener fin, los macizos monumentos, los canales que transportan mercancías, los lagos que acogen cuerpos desnudos los días de fiesta, las verbenas donde los obreros arrastran su fatiga, pero sobre todo, la terrible humanidad de unos hombres cuya angustia mayor consiste en haber sido desprovistos de ciudadanía real por el paro forzoso. La plaza Alexander se convierte, entonces, en un espacio público donde cabe el mundo, pero también donde se es más berlinés castizo. Y tal es así que, destruida la ciudad por rusos y aliados en la última guerra, las sombras persisten: hoy día la Alexander sigue siendo una plaza popular, como en el año 28 que retrató Döblin. ¿Cabe mayor certeza en haberse apropiado del alma de una ciudad que constatar que después de su destrucción nada se ha movido en el fondo? Esta gracia sólo le es dada a unos pocos y cuando esto se produce ya no distinguimos quién debe a quién, qué otorgó Döblin a Berlín y que le dio la ciudad al escritor. Aquí lo dejamos.