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4 Opinión LUNES 28 8 2006 ABC PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA LUCA DE TENA CONSEJERO DELEGADO: SANTIAGO ALONSO PANIAGUA DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Rodrigo Gutiérrez, Carlos Maribona, Fernando R. Lafuente, Juan María Gastaca, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de área: Jaime González (Opinión) Mayte Alcaraz (Nacional) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego Redactores jefes: V. A. Pérez, S. Guijarro (Continuidad) A. Collado, M. Erice (Nacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura) J. López Jaraba (Deportes) F. Álvarez (TV- Comunicación) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) Director General: José Luis Romero Adjunto al Consejero Delegado: Emilio Ybarra Aznar Económico- financiero: José María Cea Comercial: Laura Múgica Producción y sistemas: Francisco García Mendívil CRISIS EN EL SOCIALISMO FRANCÉS A crisis del socialismo francés es el ejemplo perfecto de que los problemas que no se resuelven a tiempo engendran tarde o temprano males, mucho más graves, que pueden devenir en incurables. La candidatura de Ségolène Royal, aupada por la espuma de las corrientes sociales, es el reflejo de ese germen que devora las estructuras tradicionales del partido, y que no son capaces de sintonizar, ni aún de lejos, con lo que piensan las bases sociales a las que supuestamente deberían liderar. Pero Royal es una dirigente política esencialmente vacía de ideología, un claro producto de markéting que promete a todos lo que cada cual quiere escuchar, sin más objetivo que obtener un voto más y sin que le preocupe demasiado que ofrezca soluciones contradictorias para un mismo problema. No parece probable que sea la persona que necesita Francia para acometer las reformas que precisa desde hace treinta años. Hasta sus propios correligionarios socialistas de la vieja guardia están inquietos por el perfil de la candidatura de la compañera sentimental del secretario general del partido. De alguna manera, el socialismo de Francois Mitterrand es el principal responsable de los problemas sociopolíticos franceses, y parece algo natural que la expresión política de esa crisis afecte especialmente al PSF. Los dos septenatos mitterrandianos sentaron las bases para la decadencia de Francia, y el conservador Jacques Chirac, con su celebre ninismo (ni socialismo, ni liberalismo; ni derecha, ni izquierda; ni fu, ni fa) no sólo no ha sabido sacar al país de la crisis en la que ha encallado, sino que tampoco ha podido evitar que la enfermedad se contagiase al conjunto de Europa. El fracaso en Francia del referéndum sobre la Constitución europea, en el que las divergencias fratricidas entre los socialistas fueron fatalmente determinantes, mantiene bloqueada la agenda institucional de la UE y es necesario que de las elecciones del año próximo salga un nuevo presidente con capacidad de liderazgo que reconduzca el proceso de reforma europea. En todo caso, no hay ninguna razón para alegrarse de la confusión en la que anda sumido el socialismo francés. En un sistema electoral como el suyo, eso no hace más que dar alas a la extrema derecha del Frente Nacional, que podría volver a estar presente en la segunda vuelta, como ya sucedió en 2002, provocando de nuevo una combinación de sensaciones traumáticas que la sociedad gala no necesita en absoluto. Eso lo sabe bien el socialista Lionel Jospin, que venció a Chirac en las legislativas, pero que fue derrotado por Le Pen en la primera vuelta de las presidenciales y que había abandonado la política despechado después de aquella humillación. Mal tienen que andar las cosas para que Jospin haya decidido volver para pararle los pies a Ségolène Royal. L PRUEBA DE FUEGO PARA UN GOBIERNO DESBORDADO punto de empezar un curso político que conjuga citas electorales, la negociación con ETA, un desplieguesin precedentes de militares españoles enconflictos bélicos y una situación rayana con la emergencia nacional a cuenta de inmigración clandestina, el verano nos deja noticias preocupantes acerca de la solvencia del Gobierno para arrostrar tan exigente prueba. De poco le va a valer el patrón seguido hasta ahora: la política concebida como estrategia partidista y de distribución de cuotas de poder. Por contra, el Ejecutivo del PSOE apenas ha puesto interés en la gestión adecuada de los problemas que importan realmente a los ciudadanos, encargada con frecuencia a ministros de bajo perfil político y escasa capacidad organizativa. Paraver la musculación con la que el Gobierno se enfrenta a tan inquietante panorama resulta ilustrativo detenerse en lo que ha ocurrido en julio y agosto, meses marcados por el espectáculo lamentable del Prat, por la llegada incesante de cayucos a Canarias y por el drama forestal vivido en Galicia. En todos estos casos, el Ejecutivo ha buscado un chivo expiatorio, ya sea la herencia del PP, la falta de apoyo de la UE o incluso la existencia de conspiraciones, siempre invocadas pero nunca probadas. Cuando falla el poder público, los grandes perjudicados son los ciudadanos, que no están dispuestos a permitir que los ministros oculten su impericia bajo cortinas de humo como la retirada de la estatua de Franco en Zaragoza, o bien echando balones fuera, hacia Europa, las administraciones autonómicas e incluso la oposición. Si en pleno estío Zapatero y su equipo son incapaces de instalar a los ciudadanos en la tranquilidad, lo que ocurra a partir de ahora es tan imprevisible como preocupante. El denso curso político que hoy comienza tiene su primer jalón en las elecciones al Parlamento de Cataluña, donde los errores de bulto y los fracasos macizos (la infamia de Perpiñán, el desastre del Carmelo, la denuncia de corrupción institucional sin pruebas, los peajes partidarios que deben pagar los funcionarios y, como colofón, la calamitosa reforma del Estatuto) han motivado la prematura salida de Pasqual Maragall de la escena política, que paga la cuenta que pasa al cobro el haberse aliado con un partido independentista, con ramala- A zos de radicalismo, y el que Zapatero pactase con su principal rival político (CiU) para salvar los muebles en la reforma del Estatuto. El día que Mas acudió a la Moncloa, Maragall supo que tendría que vaciar los cajones de su despacho. Deja Maragall el Palacio de la Generalitat, pero promete hacerlo con polvora dirigida a Zapatero y Montilla. Como informa hoy ABC, el presidente de la Generalitat hará más radical y nacionalista su discurso en la próxima Diada, lo que constituye una herencia envenenada para su sustituto, a quien el presidente saliente también ha exigido que el PSC tenga grupo político propio en el Congreso. El discurso del adiós de Maragall puede contribuir a confundir definitivamente al electorado socialista y a lesionar las posibilidades de Montilla. Paralelamente, Zapatero habrá de buscar un socio estable en el Congreso, donde el PSOE tiene una mayoría precaria a pesar de la pastueña complacencia de los grupos minoritarios. Sólo el PP es oposición. Con la refriega de la campaña catalana de por medio, a los socialistas no les será fácil encontrar un socio medianamenteestable que lesgarantice la aprobación de los Presupuestos para 2007, ley estrella de cada año y que es imprescindible que salga adelante. Las piezas que Zapatero necesita están todas en Cataluña. Estas incertidumbres coinciden- -según lo expresado por el propio Gobierno- -con el crucial comienzo oficial del famoso proceso sin que cesen las amenazas de la banda, sin que la vocinglera altanería de la ilegal Batasuna deje de manifestarse por las calles vascas, ni sin que la extorsión a empresarios o el terror callejero hayan desaparecido. Los enviados del Gobierno se sentarán en la mesa sin que los etarras hayan hecho un solo gesto que aliente a pensar que no están donde siempre han estado, el siniestro lugar donde se han cometido casi mil asesinatos. Peor aún, los españoles han asistido a un rosario de declaraciones y comunicados en los que cada uno de los tentáculos de ETA ha dejado claro que sin precio político de por medio no hay nada de qué hablar. Otoño, pues, de alto voltaje, de esos que requieren un notable peso político, un sentido de Estado y una vocación por el interés general de los españoles que no se vislumbran en Zapatero ni en un Gobierno desbordado. VIOLENCIA QUE NO SE DETIENE D ESPUÉS de muchos años de maltratos y agresiones, F. L. M. cumplió su amenaza y mató a tiros en Osuna a su ex mujer y a su hija, embarazada de pocos meses. De nada les sirvió una orden judicial de alejamiento que el homicida burlaba continuamente y que no pudo evitar un desenlace temido desde hacía tiempo en la localidad sevillana. Con este doble crimen, las víctimas de la violencia doméstica superan en España el medio centenar en lo que va de 2006, cifra que a finales de año y al ritmo registrado hasta agosto podría establecer un nuevo máximo histórico en las tristes estadísticas de un mal que se ha hecho crónico en nuestra sociedad. De poco les ha servido a estas cincuenta mujeres la entrada en vigor, hace poco más de un año, de la Ley Integral Contra la Violencia de Género, paquete de medidas que no ha logrado detener, ni tan siquiera reducir, este tipo de violencia. El Ejecutivo socialista, que hizo de esta ley una bandera para poner en evidencia el presunto desdén del Gobierno del PP ante esta lacra, apostó desde el comienzo de la Legislatu- ra por la política de gestos, quizá rentable de cara a la galería de su electorado, pero que se ha revelado muy insuficiente para hacer frente a un problema de la naturaleza y las dimensiones de la violencia doméstica, donde quizás intervengan aspectos educativos y socialógicos cuya resolución requiere, desgracidamente, más tiempo. Las cifras, incontestables, revelan las carencias de una gestión diseñada para llenar de palabras y buenos deseos el espacio, a menudo reducido, que separa a los agresores y las víctimas de un fenómeno que, lejos de remitir, sigue conmocionando a la sociedad. No basta con la puesta en funcionamiento de observatorios y la aprobación de partidas presupuestarias incapaces de financiar la vigilancia necesaria para detener estos asesinatos, y aún menos resulta oportuno buscar responsables políticos a los que culpar de una sangría cuyos autores, bajos las siglas que los identifican, tienen nombres y apellidos. Son ellos, los criminales, a los que hay que perseguir, vigilar y mantener alejados de sus víctimas. De cerca y con los medios que sean necesarios.