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ABC DOMINGO 27 8 2006 55 FIRMAS EN ABC ANTONIO PAU DE LA REAL ACADEMIA DE JURISPRUDENCIA Y LEGISLACIÓN UN ANIVERSARIO POÉTICO Una mano movió la pluma del más grande poeta español del siglo XX y surgió un poema oscuro, misterioso, desbordante. En la página en blanco empezaron a aparecer... E cumple este año el medio siglo de la concesión del premio Nobel a Juan Ramón Jiménez, y habría que conmemorar también- -por la proximidad de las fechas- -uno de los más extraños fenómenos de la literatura española: su poema Espacio. Una mano movió la pluma del más grande poeta español del siglo XX y surgió un poema oscuro, misterioso, desbordante. En la página en blanco empezaron a aparecer frases en las que el autor no había pensado, vivencias de épocas distintas que se agolparon y mezclaron, sentimientos nunca expresados, invocaciones, imprecaciones, preguntas. Una embriaguez rapsódica, una fuga incontenible, empezó a dictarme el poema Espacio, en una sola estrofa interminable explicaba- -o trataba de explicar- -Juan Ramón Jiménez en una carta posterior. No era él quien lo había escrito. Alguien había dictado. El autor era sólo testigo que esa mano que iba escribiendo en chorro interminable esos versos en trance. S Durante toda su vida, el poeta había luchado por la concisión. Desnudez, sencillez, pureza: ese era su ideario estético. Había ido alejándose de la decoración modernista- -cisnes, ninfas, lotos, malvas, oros, lilas- -hacia la trasparencia. ¡La trasparencia, Dios, la trasparencia! Una trasparencia del verso que era consecuencia de la depuración consciente de lo espontáneo, de la reelaboración infatigable de los mismos poemas, a lo largo de las décadas. En el archivo de la universidad de Puerto Rico y en el Archivo Histórico de Madrid hay cientos de poemas de Juan Ramón Jiménez, cientos de poemas inéditos- -algo insólito en un autor de su envergadura- y la razón es esa: haría falta que los investigadores tuvieran varias vidas para poder ordenar tantos poemas que son el mismo poema en distinto momento de elaboración. Pues bien: el poeta de la concisión, el poeta que a lo largo de un esforzadísimo proceso había logrado una poesía escueta, clara, inteligente- Inteligen- cia dame el nombre exacto de las cosas el poeta que había repudiado con asco la intuición, el instinto, el caos, la palabrería brillante y visionaria, de pronto, cuando es ya un ser al borde de la muerte, cuando es más espíritu que carne, alma que cuerpo, se abandona, cede, claudica, reniega y se deja escribir- -palabra tras palabra- -un poema que está hecho con todo lo que no quiso, intuición, instinto, caos, palabrería sonora y visionaria. Aunque dentro de unos pocos párrafos vamos a tratar de saber cómo es posible que eso sucediera, quiero recordar otro caso tan semejante que es casi idéntico. Rilke partió también de una poesía inicial colorista y sonora para acabar con poemas que fueran, ellos mismos, cosas- -Dinggedichte- duros, objetivos, secos. Aquí está el primer paralelismo con Juan Ramón Jiménez, que escribió: que mi palabra sea la cosa misma creada por mi alma nuevamente Otra semejanza: el poeta de Praga, después de una lucha tenaz por alcanzar la objetividad, se abandona, cuando está al borde de la muerte, a que alguien mueva su mano y le escriba Las Elegías de Duino, unos poemas oscuros, misteriosos, visionarios. Ha sido una tempestad indescriptible, un huracán en el espíritu escribe Rilke- una embriaguez rapsódica, una fuga incontenible dirá Juan Ramón Jiménez- Hay otro paralelismo entre ambos poetas: entre el arranque y la terminación de Espacio y de las Elegías pasa una década. En ambos casos sucede lo mismo: hay un soplo inicial del orácu- EUGENIO FUENTES ESCRITOR DEMASIADO RUIDO ON los ojos uno puede ver mucho al mismo tiempo. De un solo vistazo puedes contemplar el mar, el cielo, la playa y todo lo que la inunda un día de verano. Entre dos caídas de párpados, un hombre que mira a una mujer puede observar el tamaño, el color y la forma de sus ojos, pero al mismo tiempo puede ver la luz que la ilumina, el paisaje que la encuadra y a otro hombre que también la estudia con curiosidad o con deseo. El gusto permite apreciar en una sola cucharada las condimentos de un gazpacho, las especias del guiso de una cazuela o el contraste entre lo dulce y lo salado de un foie con mermelada. Con una sola caricia, el tacto distingue la temperatura de una piel, si está tersa o arrugada, seca o húmeda, si es áspera o suave. El olfato tiene ciertas dificultades para discriminar los olores de un conjunto, pero un aficionado al vino identifica los aromas que desprende un reserva delicado, y se complace con su mezcla. Sin embargo, el oído es un C sentido peculiar y rechaza que le envíen informaciones simultáneas y a raudales. Aunque puede oír al mismo tiempo sonidos diferentes, no puede escucharlos. Con el oído se produce una radical desproporción entre las reducidas dosis acústicas que logra asimilar y la inmensa cantidad de ruidos que lanza un mundo cada día más estridente. Ahora los científicos han demostrado que un niño o un joven tienen la capacidad de atender a dos frentes sonoros, que pueden comunicarse sin interferencias envueltos entre los chasquidos de un juguete electrónico o entre los diálogos de una película que emite el televisor. Pero cuando dejamos atrás la juventud también perdemos esa facultad. De mayores cada vez soportamos peor que dos personas nos hablen a la vez, y no logramos comprender lo que un tercero nos apunta cuando estamos al teléfono, y nos irrita que haya ruido cuando atendemos a algo. Quizá por eso los mejores directores de orquesta tienen cierta edad: su oído fi- nísimo logra diferenciar muchos sonidos simultáneos, pero no soporta que ningún instrumento marque un tono o un ritmo diferente a la voz del conjunto. Sin embargo, esta limitación que el paso del tiempo nos impone ofrece al menos una ventaja. Dado que únicamente podemos atender a un mensaje a la vez, si nos lanzan discursos falsarios o requieren nuestra atención para escuchar sandeces, siempre podremos seleccionar y cerrar fácilmente los oídos, aunque sólo sea para escuchar nuestra propia voz. En esta edad crítica de la mitad de la vida, cuando ya hemos dejado de creer en las sirenas, pero aún seguimos oyendo sus cantos con un escalofrío, este pequeño incremento de libertad es un pequeño consuelo contra todo lo que nos roba el tiempo. El oído es un sentido peculiar y rechaza que le envíen informaciones simultáneas y a raudales. Aunque puede oír al mismo tiempo sonidos diferentes, no puede escucharlos lo, y luego un penoso silencio. Los años intermedios son de sufriente espera. La terminación de los poemas no depende de ellos: depende de que el oráculo vuelva a hablar. Rilke vaga por toda Europa, inquieto, insatisfecho. Juan Ramón pasa de Florida a Washington, luego a Riverdale, y finalmente a Puerto Rico. Y cuando el oráculo hace su revelación, y ambos poetas han culminado su misteriosa tarea, se sienten liberados, cumplidos. Y mueren. ¿Tiene alguna explicación este fenómeno? Sólo puedo apuntar dos ideas posibles. La primera enlaza con unos versos de Juan Ramón Jiménez: Yo he acumulado mi esperanza en lengua, en nombre; a todo yo le había puesto nombre y tú has tomado el puesto de toda esta nombradía La tarea del poeta- -del escritor en general- -es poner palabra, nombre. Verbalizar la realidad, verbalizar la vida, verbalizarse a sí mismo. Quien no escribe no ha advertido, probablemente, que escribir es decidir palabra tras palabra. El narrador peruano Julio Ramón Ribeyro lo dijo muy bien en una anotación de su diario: Quién, Dios mío, quién comprenderá que cada palabra que he escrito he tenido que pensarla laboriosamente y la he puesto sin dejarme vencer casi nunca por la facilidad. Cuántas horas de una vida, a cuya seducción he sido tan sensible, he tenido que sacrificar por alinear una palabra tras otra, sin ninguna esperanza de recompensa ni de éxito, atento sólo al veredicto de mi propia conciencia, sin otro premio tal vez que la satisfacción de haber obrado bien. Así, el escribir bien es un acto profundamente moral donde estética y ética se confunden Pero hay un momento en que el poeta, que se ha esforzado a lo largo de toda su vida en ir eligiendo cada una de las palabras que forman su obra completa, no es él ya quien elige. Tú has tomado el puesto de toda esta nombradía escribe Juan Ramón. ¿Tú? ¿Quién es ese tú que asume la tarea de nombrar- -suplantando al poeta- y elige las palabras y las dicta? La segunda idea es esta: tanto en Juan Ramón como en Rilke hay una referencia geográfica cuando se refieren a su obra oracular. Juan Ramón habla de la inmensa inmensidad de la llanura de Florida. En la carta antes citada, vincula el surgimiento del poema a esa sensación de inmensidad del espacio atmosférico Rilke habla de un amplio valle de un paisaje cósmico En resumen: la lucha por la palabra a la que el poeta ha apostado su vida, ha dado un fruto tardío. Llega un momento en que el cuerpo a cuerpo se destraba, y llega la paz: entonces las palabras fluyen por sí solas, brotan sin violencia. Es el poeta quien escribe, naturalmente, no hay oráculo, es él quien escribe con la facilidad de quien ha dedicado su vida entera a elegir palabra tras palabra. Y lo hace en un paisaje que tampoco tiene trabas: una llanura, un espacio amplio, despejado, libre, que hace posible el avance de ese misterioso caudal, la firme y fluida emanación de las palabras.