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ABC DOMINGO 27 8 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA MINISTRA Y EL PARQUE MÓVIL C EL RECUADRO EL SEVILLA, REALIDAD NACIONAL I amigo Manuel, rojo de toda rojez, tiene carné de las dos confesiones coloradas que siente profundamente: de su Partido Socialista y de su Sevilla F. C. Sigue a su partido del alma donde quiera que esté, en la oposición o en el poder, y a su club centenario hasta el fin del mundo si hace falta, para animarle: ora a Moscú, para admirar cómo hace florecer en blanco prodigio del viejo arte de la Delantera Stuka hasta los campos de papas; ora a Eindohven, para gozarse en el rojo arrebato con la justa conquista de la copa de UEFA. Gastado tiene el kilométrico mi amigo Manuel, siguiendo a su Sevilla, que está que se sale de las fronteras. Y suponiendo que estaría con su equipo en el estadio de Luis II de Mónaco, en lo que parecía que iba a ser un matadero de sueños blancos ante un todopoderoso Barsa que pensaba proclamarse SuperTodo sin bajarse del autobús (del autobús que cogió Carod para ir a Perpiñán) llamé a MaANTONIO nuel, en nuestro caballeroso y liberal BURGOS intercambio de ideologías y sentimientos peloteros, para desearle suerte ante lo que muchos barruntaban Waterloo sevillista. Descolgó el teléfono móvil entre un ruido de gritos a compás, y me dijo: -Gracias, acabamos de llegar a Niza, y vamos camino de Mónaco. ¡Qué ambientazo sevillista hay! Y si vieras el pedazo de bandera de España que llevo, no te lo ibas a creer. Puse la televisión para ver el partido, y creí que iba a poder identificar perfectamente la bandera española de mi amigo el doblemente rojo Manuel. Antier... Estaba el estadio lleno de banderas españolas. Y ni que decir tiene que no las enarbolaban los del Barsa, ¡prontito! sino los sevillistas. La misma bandera de España que uno de los dos equipos llevaba en su equipación. Ni que decir tengo que se trataba, obviamente, del Sevi- M lla. Con lo que le gusta una pela, no hay dinero en el mundo que obligue a Juan Laporta a ponerle la bandera de España al Barsa en su camiseta. Cómo fue la fiesta de orgullo de España en Mónaco, gracias a que el Sevilla estuvo de ensueño, que la realidad del sueño rojiblanco nos llenó de alegría hasta a los que profesamos la fe del Betis... manque Lopera. Que me perdone el viejo Betis del sentimiento bético de la vida (cuando no era el cortijo de un nuevo rico sin entrañas y sin sensibilidad) pero yo sentí orgullo sevillista cuando Javi Navarro levantó la plata de la justa Supercopa de Europa. Me parecía que el portero Palop iba a fastidiar la proclamación de la dicha políticamente incorrecta cuando apareció torpeando por el corro triunfal con una bandera valenciana. Pero los sentimientos de los sueños se impusieron al momento, cuando, de pronto, una bandera de España, sí, de España, ¿pasa algo? abrazó y anudó el triunfo de la copa del Supersevilla. Orgullo y emoción. Y las gracias infinitas que hemos de dar al Sevilla. Si llega a ganar la Supercopa el Barsa, ¡prontito vemos la bandera de España anudando las bodas con la dicha en la plata triunfal! Ya se vio en París, en el Stade de France, cuando el Barsa le ganó la Copa de Europa, vulgo Champion, al Arsenal. Como no ganó el Arsenal y el utrerano Reyes no pudo salir con su bandera de España, allí no se vio otra enseña que la del Estatuto y del desprecio a nuestra nación como residuo del Estado. Pero como gracias a Dios en Montecarlo no fue así, como el Sevilla F. C. le ganó al Barsa, al Estatuto, a Maragall, a la butifarra, a la barretina y a los cafelitos de Carod en Perpiñán, pudimos ver ondear gloriosa la bandera de España en Europa. El Sevilla F. C. sí que es más que un club, y no el Barsa. Y olé. El Sevilla F. C. sí que es esa realidad nacional que Chaves, que es bético, dice confundido que es Andalucía. No, mire usted, Don Chaves: hoy por hoy, en Andalucía no hay más realidad nacional que el Sevilla F. C. Realidad nacional de España. Con su pedazo de bandera rojigualda, como mi amigo el doblemente rojo Manuel. Y a mucha honra. UANDO fue a presentar su plan secesionista en las Cortes, el lendakari Ibarretxe usó un coche oficial- -un Mercedes, quizá blindado- -para trasladarse de su hotel al Congreso, trayecto que consistía exactamente en cambiar de acera atravesando la calle. Un presidente autonómico que aspira a la independencia no puede detenerse a pie en un semáforo junto a los demás viandantes. La coartada de estos excesos suele ser siempre la seguridad del prócer, pero lo cierto es que el vehículo oficial no es en España un medio de transporte, sino algo bien distinto: un símbolo de poder. Por eso causa cierta piadosa hilaridad comparativa ese proyecto, auspiciado por la ministra NarboIGNACIO na, para que los funcionaCAMACHO rios de los tres ministerios ubicados en el complejo de la Castellana se desplacen al trabajo en vehículos compartidos. Movilidad sostenible se llama, muy adecuadamente, el plan; consiste en ir al curro de tres en tres, y hacer turnos para ver quién pone el coche. Es la ventaja de gobernar bien, de tener los deberes hechos y de haber resuelto todos los grandes problemas del Estado: que se puede uno dedicar a los detalles. No consta, sin embargo, que el proyecto contemple la reducción correlativa de los vehículos oficiales. Sería un buen modo de dar ejemplo: subsecretarios, directores generales y demás nomenclatura de la cuantiosa burocracia gubernamental compartiendo audis y chóferes para ahorrar energía y dinero. En ciertos países nórdicos suelen ir a la oficina en transporte público. En España, donde los altos cargos se consideran a sí mismos bienes de Estado, no hay baranda de medio pelo que recuerde lo que cuesta un billete de Metro. Y ministros ha habido bien recientemente, al menos dos, aficionados a volar en helicóptero entre sus despachos y sus residencias de fin de semana. O a la inversa. Luego están las autonomías, esos estados en miniatura trufados de privilegios protocolarios y multiplicados en estructuras provinciales y hasta comarcales, cada una con su delegado, sus asesores y su correspondiente parque móvil. Y los ayuntamientos con sus concejalías. Y las empresas públicas con sus organigramas directivos. Toda una flota de vehículos de alta gama, con un ejército de conductores, a cuya sostenibilidad quizá podrían dedicar la ministra y su equipo algo del tiempo que, por lo visto, les sobra en su azacaneada gestión de la sequía y otros males del medio ambiente. Pero eso no se toca. La austeridad bien entendida siempre empieza por los demás, al contrario de la caridad paulina. Así que los funcionarios, de tres en tres en el Corsa, y sus jefes arrellanados en audis de cristales tintados, hablando por el móvil- -también con cargo al presupuesto, of course- -en los atascos. Claro que siempre queda el presidente para dar ejemplo: un Falcon de la Fuerza Aérea para ir con la familia a Londres. Eso sí que es movilidad sostenible. Con el dinero de todos siempre se puede sostener cualquier cosa.