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ABC SÁBADO 26 8 2006 49 FIRMAS EN ABC como director de la Editora Regional de Extremadura en 1995- -en el Instituto de E. S. Norba Caesarina de Cáceres, y del investigador sobre las ideas modernas desde finales del siglo XVIII, sobre el liberalismo o sobre personalidades tan singulares como el bisabuelo de Antonio y Manuel Machado, José Álvarez Guerra. Por esto, la imagen hoy de Fernando T. Pérez, sobre el año de su muerte, puede ser- -más para quienes no le conocieron personalmente- -la que nos brinde la lectura de la obra que dejó. Del lado del ciudadano opinante, del gustoso colaborador de periódico- -como lo fue su padre- -elijo hoy un delicioso artículo con el elogio del Servicio de Correos y cierto vituperio de las nuevas empresas de mensajería que publicó en 1993 en el diario Hoy de Extremadura y que luego en ese mismo año reeditó su querido Romano García en la Revista de Extremadura, con el sugerente título de Carta blanca sobre una leyenda negra Del lado del investigador, sus trabajos sobre La introducción del darwinismo en la Extremadura decimonónica (1987) o la Genealogía extremeña de Antonio Machado (1989) en colaboración con Diego Núñez, que sería luego director de su tesis doctoral sobre El pensamiento de José Álvarez Guerra, leída en la Universidad Autónoma de Madrid en marzo de 1999 ante un tribunal presidido por Alberto Gil Novales; tesis que verá la luz próximamente bajo el sello editorial que él prestigió. O sus Tres filósofos en el cajón, en la colección La Centena en 1991, sobre José Álvarez Guerra, José Segundo Flórez y Ventura Reyes Prósper, tres de esos extremeños heterodoxos, intempestivos y malfamados que poblaban un cajetín que Fernando tenía destinado a recuperar a algunos de los anatemizados por Menéndez Pelayo, desde Arias Montano al cura Mora. O su trabajo más divulgativo sobre Juan Álvarez Guerra, diputado en el Trienio Liberal, ministro en el gabinete de Toreno, y autor de ensayos agronómicos. Por último, el lado de editor, que es el más público de este hombre a quien se debe lo mejor de la preservación e investigación sobre aquellos libros encontrados en Extremadura, entre ellos una edición desconocida del Lazarillo, que componen la llamada Biblioteca de Barcarrota. Había dado muestras por escrito de lo que arriba he llamado elección afectiva en artículos o contribuciones a congresos y jornadas- -algunas desde la óptica de la enseñanza, su dedicación siempre- pero su trabajo capital ha sido la escritura de ese panorama del libro extremeño desde el siglo XVIII al primer tercio del XX, en el magnífico catálogo de la exposición Extremadura en sus páginas. Del papel a la web que pudo verse en el último cuatrimestre en las capitales extremeñas. Página nueva para Fernando T. Pérez. En la que leer una muestra de lo que él escribió- -fue mucho más, inmensamente más lo que ayudó para que otros escribieran y viesen publicado lo escrito- sobre positivistas, krausistas, liberales, animosos arbitristas, editores y libreros, en una prosa que casi a cada línea parecía dar muestras de esa vocación de pulcritud y precisión azorinianas heredada de un padre maestro y escritor. Página nueva para Fernando. MIGUEL ÁNGEL LAMA ESCRITOR PÁGINA NUEVA PARA FERNANDO T. PÉREZ La imagen hoy de Fernando T. Pérez, sobre el año de su muerte, puede ser- -más para quienes no le conocieron personalmente- -la que nos brinde la lectura de la obra que dejó... ÁGINA nueva para Fernando T. Pérez. Viernes, 26 de agosto (2005) He anotado en mi cuaderno dirección y número de teléfono de quien me acompaña y con quien he hablado de libros antiguos. Hoja recta. Al poco de irse, me da la noticia por teléfono un amigo, José Antonio Zambrano. Los libros antiguos como conversación, la presunción de la muerte y la voz dura y honda del poeta amigo, todo a la vez, transforman todo, y una atmósfera de extraña crasitud todo lo inunda. He querido anotar en mi cuaderno la noticia de su muerte. ¿Bajo la última anotación? No. En página nueva. Página nueva para Fernando Pérez. Hoja vuelta. Fueron estas líneas un apunte que escondía un montón de evocaciones, P y que sigue ocultando algunos recuerdos por el pudor que da cuando se hace el elogio ajeno y uno casi sólo habla de sí mismo. Fernando Pérez fue profesor, estudioso y editor. Este último lado de su vida, que para mí fue siempre la consecuencia de una amistad a la vez que una elección afectiva por el mundo del libro, ha ocupado lo más visible de su retrato, en activo con el reconocimiento merecido, y post mortem, en los justificados testimonios que han venido publicándose desde que nos dejara. Sin embargo, el buen editor al cargo de un servicio público se había formado ya con los mimbres del ciudadano solidario, sensible y progresista, del profesor de Filosofía en diversos centros de enseñanza y últimamente- -hasta su nombramiento HERMENEGILDO ALTOZANO ESCRITOR DESDE MEDIO ORIENTE YER recibí correo del cineasta israelí Enrique Rottenberg, desde Tel Aviv. Escribe para decirme- -para decirnos- -que lo que pasa ahora en Medio Oriente es lo que, de un modo general, pasa en Medio Oriente: Estos son los huracanes nuestros- -escribe- Nunca sabes cuándo empiezan a formarse, ni por dónde pasarán Se trata de uno de esos correos electrónicos enviados a un grupo que se forma en torno a la sola voluntad del remitente, aunque en éste resulta posible adivinar un nexo más allá del de Rottenberg con cada cual. Al repasar la lista de destinatarios puedo reconocer algunos nombres que han tenido que ver con encuentros en La Habana o en Tierra Santa y alcanzo, también, a desvelar identidades escondidas tras una combinación cifrada de letras y números. Mientras leo la crónica de Enrique, me recuerdo de cuando regresé de Co- A lombia a La Habana con las manos vacías y de la manera en que Enrique, Gilberto y Lourdes Argibay dispusieron las cosas- -el consuelo en forma de no se pueden recalentar los spaghetti -para que cicatrizaran las heridas bogotanas en una terraza de Miramar. No importa qué reales fueran esas heridas. Lo que importa es que alguien hubo que las envolvió en el vendaje de la conversación larga. Sigo leyendo: Lo que tienes claro es que cuando el humo de esta guerra se esfume, quedará todavía, a este lado de la frontera, un país herido Remuevo la memoria. Otra noche en Jaffa. Una ciudad herida. Con el recuerdo de otros conflictos- -del mismo conflicto- -en las grietas de los muros, en las calles angostas. Con la memoria de lo que escribiera Rafael Dezcallar, a quien encontrara años antes en La Habana. Esa noche de Jaffa estuvimos alrededor de una mesa. El mar enfrente. Le- jos de La Habana, pero La Habana como música. La Habana como fondo. Y el paseo marítimo, breve y recortado, con los minaretes sobre el telón oscuro de la noche palestina, vuelto en la conversación y en la nostalgia, en el aroma de los mirtos, la curva del Malecón habanero. Faltaba Enrique, pero estaban su mujer, Ellah, Prats, el pianista, los Eitan y los Meisler. Y allí nos quedamos, en la terraza mínima, hasta que a la judía de Trípoli se le agotó el catálo- Esa noche de Jaffa estuvimos alrededor de una mesa. El mar enfrente. Lejos de La Habana, pero La Habana como música. La Habana como fondo. Y el paseo marítimo, breve y recortado, con los minaretes sobre el telón oscuro de la noche palestina go de verduras y pescados. Hasta que se nos terminaron las horas de vigilia. Hasta que caducaron, casi, las palabras o las ganas de hablar. Al día siguiente, Prats, Josif y yo salimos muy de mañana hacia Jerusalén. A contemplar Haram- al- Sharif- -el Monte del Templo- -desde el Monte de los Olivos. A asomarnos al otro lado del muro y mirar el muro mismo. A caminar por la Vía Dolorosa. A visitar el Santo Sepulcro. A regresar al barrio armenio desde el barrio musulmán. A sentir las hojas de la Biblia en los poros del alma. Continúo con la lectura: Del otro lado de la frontera habrá patriotas que bailarán de alegría sobre un país destrozado Las palabras de Enrique resuenan como si permaneciéramos en Judea: Quedará todavía a este lado de la frontera, un país herido, pero seguiremos teniendo una cultura amplia y en nuestros restaurantes se comerá tan rico como en Madrid Esta noche no voy a estar en Jaffa, ni en la casa de Carmela Benachala, ni en la terraza de Miramar. Pero voy a pensar en Enrique Rottenberg, en Ellah, en los Meisler, en los Eitan y en todos los amigos que habitan el país herido. Y voy a escribir a Enrique para decirle que he recibido su correo y que le he oído decir, desde su refugio de Tel Aviv, que nadie gana en Medio Oriente; sólo hay quien pierde menos