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12- 13 4 0 LOS VERANOS DE CIUDADES POR JUAN ÁNGEL JURISTO des dar cabezazos contra las paredes. Cuando acabó la peli, sentí un escalofrío recorriéndome la espina vertebral de abajo arriba, como el mercurio de los termómetros, y un cosquilleo de muerte en las falanges tradicionalistas de los dedos. Entonces me fijé en Nieves y Alexander, que se besuqueaban en el sofá; estaban desnudos en plan nudista, los tíos guarros, y tenían las caras un poquitín lelas, como si se hubiesen transformado en monstruos del espacio exterior. En Torremolinos hace por las noches una temperatura de sauna que te hace sudar a kilos, y las olas del mar nunca dejan de dar la murga, ola va y ola viene, ola va y ola viene, son tan insistentes que si te descuidas te hipnotizan con su sonido. La marciana que se había apropiado de Nieves era casi igualita igualita a Nieves, pero tenía las tetas más torpedas, como si se estuviesen preparando para disparar el fuego de pecho, y un gran cañón de Colorado entre las tetas, y hablaba en un idioma de gruñidos más complicado que el código morse. De repente, noté por dentro del bañador que me crecía el detector de marcianos por lo menos tres centímetros de golpe y sin avisar. Como soy pacifista y tengo buen perder, dije: -Está bien, me rindo. Me tenéis en vuestro poder. Prometo no ofrecer resistencia. Podéis hacer conmigo lo que queráis, inclusive llevarme a vuestro planeta en la nave espacial. ero Nieves y Alexander (quiero decir, los marcianos que se habían puesto a vivir dentro de ellos) seguían frotándose y hablando en dialecto marciano, que es todavía más difícil que el inglis pitinglis. El detector de marcianos no me dejaba hacer pis; a esta enfermedad se le llama próstata, y es otro síntoma que sufren los que van a transformarse en marcianos de un momento a otro. Si seguís mi consejo los que me leéis, cuando notéis que os estáis transformando en marcianos, no os resistáis porque el proceso es irreversible, o sea, que no se le puede dar la vuelta a las mangas, y además si lo interrumpes te puedes quedar canijo para siempre. La marciana que vivía dentro de Nieves se había tumbado a la bartola en el sofá y a veces, cuando el marciano Alexander se separaba de ella, enseñaba una pelambrera P como el bigote de José María Iñigo y De la Quadra Salcedo juntos y revueltos, que le servía de peluquín en la parte de abajo de la tripa. Si los cálculos no me engañan, en esa zona peluda esconden los marcianos unas antenas con las que detectan a sus congéneres. ¿No me habéis oído? -dije. Podéis secuestrarme en vuestra nave nodriza. La tele había acabado su programación, y en la pantalla salía una nieve que zumbaba y nos iluminaba con una luz venida de la Vía Láctea. El detector de marcianos me crecía centímetro a centímetro, porque ya estaba turulato con la proximidad inminente de congéneres. El marciano que vivía dentro de Alexander se volvió medio loco y se puso a berrear en dialecto nazi, que es un lenguaje aprobado por el consejo intergaláctico. Yo sentí nostalgia de cuando pertenecía a la raza humana y me puse en remojo debajo de la ducha, rezando para que el agua matase con sus residuos radiactivos los microbios marcianos que querían colonizarme como si yo fuera el Peñón de Gibraltar y blanquearme la sangre hasta volverla del color de la horchata de la chufa. La sangre de los marcianos no tiene esos piojos microscópicos que se llaman glóbulos rojos, por eso sale con un color paliducho que da como repelús. Al sangrar, los marcianos no sienten dolor, sólo una especie de desmayo que les hace flojear las rodillas y respirar fuerte, como los protagonistas de las pelis con dos pastillas juanolas. Vista de las islas sobre las que se asienta Estocolmo GONZALO CRUZ La ciudad engañosa En Estocolmo nada es lo que parece. Se halla uno, en apariencia, en una capital de un nivel de vida altísimo, con un estado del bienestar que ha funcionado con la previsión de un reloj desde los años treinta del siglo pasado, donde todo nos habla de los beneficios de una planificación racional que hubiese hecho las delicias de nuestros ilustrados y, sin embargo, bajo esa delgada capa, surge en cualquier esquina el otro lado de la existencia, como si nos advirtiera que, hagamos lo que hagamos, no dejamos de ser lo que somos, ángel y mono saltarín, beato y demonio desasosegado, franciscano de la dádiva y avaro hasta la médula, hermano y asesino en serie... Solo que allí, en la ciudad mil veces lavada por la nieve y las auroras límpidas, el horror se nos aparece más dibujado, más perverso, sobre todo por creernos que lo habíamos derrotado. En El cuarto rojo August Strindberg, que nació en la ciudad, nos ha dejado de ella un retrato impresionante, tanto que es capaz de rivalizar en la leyenda de la misma con los rituales mil veces repetidos de los Premios Nobel, institución que resume a la perfección ese afán humanitario sueco donde, sin embargo, todo es alimentado por el tesoro de los beneficios de la dinamita, un retrato de una ciudad alimentada por una esquizofrenia sin remedio donde al idealismo un tanto ramplón se contrapone siempre la hipocresía y el afán de lucro en una sociedad donde anida la corrupción. El libro es de 1879 y argüirán con cierta razón que la sociedad sueca poco o nada tiene que ver con aquel Estocolmo, antesala del infierno que vislumbró Strindberg. Sí y no. Hay en este libro, que funda la moderna novela sueca, un retrato tan ajustado de nuestra sociedad, que bien puede decirse que lo que hizo Strindberg con su ciudad fue universalizarla de tal modo que bien podemos reconocernos en ella. Todos, parece decir, tenemos algo de aquella Estocolmo. Y no podemos negar que, ante esto, la ciudad nórdica del estado del bienestar que lleva el mismo nombre palidece un tanto. Cosas del arte y de su magia. A quella noche en Torremolinos me convertí en uno de ellos, aunque me resistí con muelas y dientes. Entonces Nieves empezó a caerme menos mal, después de todo seguía siendo más guapa que Farra Fauces, aunque estuviese marciana perdida. A veces, cuando nuestros padres- -pobres terrícolas ignorantes- -se iban por las noches a las terrazas del paseo marítimo, me enseñaba sus bocinas afónicas y el cañón del Colorado. A Alexander lo mandamos a la nave nodriza de un patada en el culo con propulsión a chorro, indicándole que no se le ocurriera regresar hasta que no informara favorablemente a nuestros superiores del consejo intergaláctico: la conquista del sistema solar iba viento en pompa a toda vela.