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24 8 06 FIRMAS RELATO Body snatchers POR JUAN MANUEL DE PRADA Reciente ganador del Premio Cavia, es escritor, articulista y colaborador habitual de ABC. Ha publicado, entre otras obras, las novelas La Tempestad (Premio Planeta 1997) y La vida invisible (Premios Primavera 2003 y Nacional de Narrativa 2004) omo mis padres me dejaban por la noche en el apartamento, aquellas vacaciones me tragué todas las pelis que echaban por la tele, incluidas las que tienen dos juanolas en la esquina, que son para mayores o menores con reparaciones. Mis padres, que tenían una jeta de campeonato que se la pisaban como si fuese una trompa, se iban con sus amigotes de Zaragoza a las terrazas del paseo marítimo, y a mí me tocaba quedarme con Nieves, que era la hija única de los zaragozanos y tenía dos años más que yo y ya se le estaban hinchando las tetas por debajo del bikini a pasos agigantados. Nieves se hacía la modosita y la pelota mogollón delante de sus padres, pero cuando nos quedábamos solos empezaba a decir palabrotas y chistes que hubiesen bastado para abrirle un consejo de C guerra y condenarla al pelotón de fusilamiento, y telefoneaba por todo el morro a un novio alemán, Alexander se llamaba, que le susurraba estrujenbajen y otras cochinadas nazis y le tocaba las tetas por encima y por debajo del bikini como si fueran bocinas, pero no sonaban porque estaban afónicas. Alexander se venía también al apartamento, y entonces empezaban los dos a cuchichear en inglis pitinglis, y no me dejaban escuchar la peli. Nieves la verdad es que era más guapa que Farra Fauces, la ángela de Charli, y casi igual de rubia, pero como se le estaban hinchando las tetas y los granos yo ni siquiera la rozaba, no fuera a explotar y salpicarme de pus. A lexander, en cambio, la rozaba a lo bestia y se la morrea- ba con saliva y con lengua, como si la quisiera asfixiar. Recuerdo que la noche que pusieron en la tele aquella peli en blanco y negro que se titulaba La invasión de los ladrones de cuerpos tuve que poner el volumen a tope para poder enterarme de lo que iba y no despistarme con sus ruiditos. La peli trataba de un médico que llegaba a un pueblo donde todos sus vecinos se portaban de una manera un poco rarita, como si fueran testigos de Jehová o forofos del Jare Krisna, pero sin raparse. El médico comenzaba a sospechar que allí había gato en chamusquina y se asociaba con su novia para investigar las huellas digitales de la enfermedad: después de mucho insistir, descubrían unas vainas del tamaño de melones en las que se criaban unos marcianos que tomaban la forma exactita de los terrícolas y los sustituían, robándoles el cuerpo con todas las vísceras incorporadas, incluidos los mocos de la nariz. Era imposible distinguir un marciano de un terrícola, salvo que te fijaras un rato seguido en sus pupilas, que a los marcianos no les lloraban porque eran todos muy machotes o se habían quedado sin colirio. El médico y su novia empezaban a destripar todas las vainas que se encontraban por el camino y a matar marcianos en período de información, cuando todavía estaban un poco fetos, aunque al ser aborto de marcianos, no de terrícolas, es un pecado de menos importancia, venial o arterial. El médico y su novia mataban fetos marcianos a tutiplén, pero cada día llegaban al pueblo nuevas remesas de vainas, camiones llenos hasta los topes que los marcianos ya transformados en terrícolas repartían a domicilio, como si fuese la cesta de Navidad. La peli terminaba con que la novia del médico se quedaba un ratito traspuesta y los marcianos se apropiaban también de su cuerpo, los muy aprovechones. El único que se salvaba era el médico protagonista, pero todo el mundo se tomaba a chirigota la historia de los marcianos y lo encerraban en un manicomio, que es un sitio donde te pue- Era imposible distinguir un marciano de un terrícola, salvo que te fijaras un rato seguido en sus pupilas, que a los marcianos no les lloraban porque eran todos muy machotes