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12- 13 4 0 LOS VERANOS DE CIUDADES POR JUAN ÁNGEL JURISTO Puedo ser una pantera. Graciosos abstenerse. Sevilla, Buzón 7058. Chica 24, monísima, endeudada y sola. Busco señor maduro que pague mis deudas y lo que surja. Mataos abstenerse. Sevilla, Buzón 7059. Socorrista 27, cachas. Conocería señora espléndida que quiera adoptarnos a mí y a un caniche. Sevilla, Buzón 6263. Empresario 42, solitario y casi calvo, se relacionaría con señorita de carácter fuerte que dé sentido a mi vida. Sevilla, Buzón 6362. El tren in móvil Los trenes de antaño eran ideales para leer novelas de complicada relojería, para filmar películas de intrigas trepidantes o para contemplar con melancolía los ojos de una chica esquiva. Los trenes modernos, en cambio, cada día tienen algo más de quiosco de churros. En los viejos ferrocarriles uno podía fantasear con la silenciosa vida de los pasajeros. Ahora sólo podemos fantasear con que todavía queden con vida unos cuantos pasajeros silenciosos. Abordé puntual el AVE de las ocho y aún no había sacado mi libro de la maleta cuando tronó una voz tres asientos más adelante: Hola, ya estoy camino a Madrid... A seguir comprando empresas, coño... Hombre, es que nosotros nunca vendemos, sólo compramos, ¿sabes lo que te digo? Mil millones, una ganga No me había recuperado de la sorpresa (tanta pasta viajando en clase turista) cuando un pitido sonó a mi espalda: ¿Sí? Cosita, te dije que no me llamaras a esta hora... ¡Cómo que por qué! ¿Y si me coges despidiéndome de ella? No, ella no sospecha nada... Sí, ella cree que tengo una reunión de directorio... Claro que quiero estar contigo... No, Cosita, a ella nunca le digo Cosita Es curioso cómo los viejos teléfonos públicos estaban dentro de cabinas para poder hablar en privado, y cómo los nuevos teléfonos privados son portátiles para poder hablar en público. Delante de mí una señora llamó a la chacha para decirle cómo tenía que guisar las lentejas y luego le pidió que cepillara muy bien los calzoncillos de sus hijos, porque el detergente no quitaba del todo la mugre ¿por culpa de las lentejas? Me fui hacia el coche cafetería mientras un individuo cejijunto le aseguraba a quien estuviera al otro lado de la línea que, después de las próximas elecciones municipales, ya les tocaba pactar con ellos. Sobre la barra había más móviles que tazas y- -entre otras cosas- -me enteré de los fichajes secretos de un equipo de fútbol, del nombre del próximo ganador de un jugoso premio literario y de cómo un periodista de anteojitos redondos parecía tener cogidos por no sé dónde a no se cuántos políticos. Cuando volví a mi asiento el concejal ya reclamaba una consejería, la señora le decía a la chacha que la ropa interior de su marido era la más guarra de España, el voraz empresario estaba a punto de comprar El Corte Inglés y una voz melosa le suplicaba a Cosita que le hiciera cositas, mushas coshitas Gracias a los telefonillos uno se entera de todo viajando en tren: el marido que encontró el móvil de su esposa cuando copiaba los números de los anuncios de Relax; la mujer que descubrió que su esposo tenía un móvil el día que concertó una cita por los anuncios de Relax; el móvil que sonó en un velatorio y que nadie se atrevió a contestar por no abrir el ataúd; el velatorio que acabó en estampida cuando el muerto contestó al móvil que sonaba dentro del ataúd. Hemos llegado a Madrid y sin que nadie me vea lo vuelvo a conectar. En mi buzón de voz hay un mensaje: ¿Por qué apagas el móvil? ¿Tienes algo que ocultar? Vista de Edimburgo GONZALO CRUZ La ciudad del tesoro Esta Atenas del Norte alberga tesoros escondidos. Y, tratándose de Escocia, esos tesoros no tienen que transmutarse necesariamente en oro. ¿Qué son, en definitiva, los poemas de Robert Burns sino un tesoro escondido en la reivindicación fantasmal de una tierra? ¿Qué es, con más razón aún si cabe, la obra de Stevenson sino una manera de mirar y un carácter que sólo es capaz de forjarse en esas lomas donde se yerguen castillos nada encantados? Escocia parece una entelequia, pero, por donde nos movamos, en cualquier parte del mundo, nos topamos con algo que lleva la impronta de algo que, a falta de otra definición, llamamos carácter escocés. Da gusto tamaña simplificación, salvo que es real. De ahí Robert Louis Stevenson y sus paseos por orbes bien distintos, por una Francia con sus pueblos llenos de colonias de artistas donde el escritor llegó a ser feliz a lomos de una mula, por unos Estados Unidos en busca de un amor que fue algo más que una pasión y donde pasó por vagabundo y, finalmente, convirtiéndose en un contador de historias en las islas más vírgenes que quedaban en la tierra. ¿Hay algo que parezca más escocés, diríamos incluso, de Edimburgo? Sabido es que esta tierra es forjadora de mitos poéticos intensos y luminosos, pero también capaz de formar fanatismos extremados, como los de las innúmeras sectas protestantes que han florecido por allá en consonancia con los brezales. Stevenson fue una víctima de ese modo terrible de enfrentarse con la propia conciencia de uno que sólo es capaz de modelar el puritanismo. De ahí su huida constante, su modo de fuga, pero también la imposibilidad de llevarla a cabo, pues uno nunca escapa a su carácter. Edimburgo es una bellísima ciudad con un castillo en una loma que hace las delicias de los románticos tardíos, pero eso es porque no han visto sus sótanos. Stevenson siempre los tuvo presentes y, por eso, siempre la ciudad le acompañó por el mundo. Por eso nos la encontramos en lugares tan peregrinos como en una isla donde se esconde un tesoro o a bordo de un barco recorriendo los archipiélagos del Pacífico. Ahí se encuentra Edimburgo, con sus luces y sus sombras: la otra ciudad, la del magnífico festival de teatro, es ya otro decorado, más amable, pero no por ello menos fantástico. Las tres caperucitas y el lobo Mientras los gritos del leñador rasgaban el silencio del bosque, Caperucita escuchó la caricia de sus palabras como una canción de cuna: No te preocupes mi niña, que yo no dejaré que te coma Caperucita se abrazó a su cuerpo caliente como si fuera un enorme peluche y con todas sus fuerzas deseó que todo tuviera un final feliz. De pronto la puerta de la cabaña reventó en mil pedazos y entró aullando como una bestia, con el camisón todo ensangrentado. ¡Escóndete en el armario, Caperucita! Desde su escondite Caperucita oyó los gruñidos, las dentelladas y los crujidos de los huesos cuando se rompen. ¡Pobre Caperucita! Primero mamá, después el leñador, ahora el lobo... ¡Mierda de abuela!