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ABC MIÉRCOLES 23 8 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC BUROCRACIA Y LIBERTAD Fue exagerada la crueldad con los viejos burócratas de la ventanilla, que desde luego eran menos que los funcionarios actuales, y no soñaban con inmiscuirse en nuestras vidas con tanta extensión y calado como está sucediendo... urocracia y libertad deberían ser antitéticas: más de la una comporta menos de la otra. Pero el asunto es más complejo de lo que parece. El burócrata es censurado tanto en las ciencias como en las artes desde hace mucho tiempo. Es el hombre gris con manguito, mal pagado y peor humorado, detrás de una minúscula e incómoda ventanilla, que nos hace la vida imposible exigiéndonos trámite absurdo tras trámite absurdo, sólo para zanjar la cuestión con un deprimente: vuelva usted mañana Sin embargo, esa imagen coincide muy poco con la realidad actual. Hoy los funcionarios son con frecuencia mujeres, nada grises, que nos reciben amablemente en sitios espaciosos e iluminados. Los funcionarios no están, no estamos, en general mal pagados, y en España la reciente descentralización ha desembocado a menudo en que las autonomías remuneren a sus empleados y funcionarios mejor que el Estado central. Una de las muchas distorsiones que genera el intervencionismo es la brecha retributiva, no sólo ni principalmente en el interior de las propias Administraciones Públicas sino entre las actividades organizadas o condicionadas por la política y las que libremente emprende la sociedad civil. Así, ha habido bastantes protestas y huelgas en el sector privado- -en la docencia y la sanidad, por ejemplo- -porque los trabajadores reclamaban allí unas condiciones tan favorables como las disfrutadas por sus colegas en el sector público. B esta transformación espectacular, que le ha permitido a la política crecer hasta niveles inéditos y encima justificar sus usurpaciones alegando que sólo responden a la sacrosanta voluntad popular, la importancia de la mutación en las burocracias empalidece, o incluso se explica en tanto que suave contrapartida de la nueva coerción. os políticos también han cambiado. Es claro que siguen siendo, como siempre, compradores de votos (pagando con el dinero de los votantes) y disfrutan teniendo funcionarios a su cargo, como hemos visto en las últimas décadas en la España de las autonomías. Pero la modificación importante ha sido la mencionada dimensión total de las Administraciones Públicas, porque el pensamiento único no concibe prácticamente nada que no puedan o no deban hacer en aras de fomentar los grandes objetivos que la política tiene ahora y antes no tenía. Por ejemplo, garantizar todo tipo de derechos que demandan la violación de derechos de terceros (los llamados sociales y reclaman una expansión inaudita de la política. El burócrata gris con manguito molestaba con el papeleo, es verdad, pero más allá del papeleo nos dejaba en paz, no avanzaba considerablemente sobre nuestras vidas, libertades, posesiones, conductas e ideas. Por el contrario, el simpático Estado actual le quita a la gente directamente casi la mitad de su dinero, regula severamente lo que hace con la otra mitad, y está presente en todas partes. La política y la legislación no sólo ocupan las instancias clásicas de los bienes públicos sino que acometen la provisión de un vasto abanico de bienes y servicios, una masiva redistribución de la renta, y regulaciones de cualquier suerte conforme a criterios que ellas mismas definen, como la ecología. Igual que a Teren- L cio, nada humano les es ajeno, desde las alteraciones más profundas de la moral y las costumbres, como el matrimonio, hasta cómo tenemos que dejar de fumar y qué debemos comer para no engordar. Asimismo, en estos años hemos visto en España otra consecuencia de la hipertrofia de la política: el Estado, originalmente identificado con la nación, puede debilitarla en la medida que su intervencionismo se extiende. Resulta razonable conjeturar que el separatismo no habría obtenido un éxito tan arrollador si, por ejemplo, la educación y los medios de comunicación hubiesen sido completamente privados. Pensándolo bien, fue exagerada la crueldad con los viejos burócratas de la ventanilla, que desde luego eran menos que los funcionarios actuales, y no soñaban con inmiscuirse en nuestras vidas con tanta extensión y calado como está sucediendo, ante nuestros propios ojos, y sin que este neofascismo suscite proporcionales oleadas de protesta por parte de los millones que ven amenazados desde su propiedad y su libertad hasta sus ideas sobre toda suerte de instituciones, desde la familia hasta la nación. inalmente, cabe detectar en los últimos tiempos un movimiento en las fuerzas antiliberales que ahora pretenden ser enemigas de la burocracia. Abundan los políticos que son reacios a que disminuya el peso de las Administraciones Públicas, pero en cambio batallan valerosamente para conseguir que sean transparentes y desburocratizadas. Al otro lado del mar, un caso llamativo es el de Evo Morales. Son bien conocidos su desprecio por la libertad y sus instituciones (la propiedad privada, el mercado) y su admiración por terroristas y tiranos como el Che Guevara y Fidel Castro. Pues bien, en su discurso de investidura el nuevo presidente boliviano prometió ¡burocracia cero! Parece que en este movimiento antiburocrático no late un amor por la libertad, en cuyo caso habría que aplaudirlo, sino el intento de remover un obstáculo para el poder. En efecto, los funcionarios, aunque hipertrofiados en el último siglo, fuimos antes una institución diseñada con criterios liberales, y pensada precisamente para limitar la arbitrariedad de los gobernantes a la hora de manejar la Administración. Eso molesta al intervencionismo, igual que le molesta el entramado de la sociedad civil, todas las instituciones que escapen a su control y que medien entre los ciudadanos individuales y el poder político: no es nada casual, así, la hostilidad progresista contra la Iglesia Católica. Convendría resistir y no dejarse embaucar por quienes agitan el señuelo de reducir la burocracia cuando en realidad ansían capturar otra presa: la libertad. F igue habiendo colas y molestias en algunos casos, sin duda, pero las diligencias son relativamente más breves y sencillas que antes. Tenemos una Administración más cercana a los ciudadanos, más transparente y accesible. No pocas gestiones se realizan ahora por teléfono o por internet, con lo que el papeleo es menor o ¡ya no requiere papel! Este notable cambio de imagen de la burocracia ha sido paralelo a otro cambio del que quizá somos menos conscientes, pero que ha resultado ser mucho más fundamental: el aumento del tamaño de las Administraciones Públicas, su coste y su capacidad invasora sobre los bienes y las libertades de los ciudadanos. En efecto, así como el Estado del antipático burócrata gris con manguito era pequeño, el Estado actual de las jóvenes sonrientes y las pantallas de ordenador es un Estado enorme, y cuyo crecimiento está legitimado como nunca mediante el mejor expediente posible: la opinión pública. Los Estados democráticos, así, se presentan como meros reflejos de la voluntad de una comunidad a la que representan fielmente, no como antes, y por esa razón no puede quejarse porque, como decía Bentham, ese gran prócer utilitarista de la pirueta liberal decimonónica que terminó propiciando el intervencionismo, una sociedad no puede actuar contra sí misma. Frente a S CARLOS RODRÍGUEZ BRAUN Catedrático de la Universidad Complutense