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12- 13 40 LOS VERANOS DE CIUDADES POR JUAN ÁNGEL JURISTO movió ficha. Se limitó a escucharle con prisas y a decirle que tuviese paciencia y poco más. Fue un mes más tarde cuando la pobre Elvira, a la que peloteaban de un lado a otro en ventanillas y juzgados, decidió prescindir de ella y venir a hablar conmigo. Ya me conoce, señoría, mi nombre, por si no lo recuerda, es Busto, Alfredo Busto, y he sido quince años policía de la judicial antes de meterme a defender pleitos. e puede usted imaginar que a estas alturas no es fácil impresionarme, y sin embargo cuando Elvira vino al despacho a pedirme casi de rodillas que defendiera a su hijo me dio mucha pena, era la imagen de la desdicha, señoría. Pero sobre todo me impactó su ingenua fe en que la justicia- -con la ayuda de Dios- -lo aclararía todo pronto y Benito volvería sano y salvo a casa. Sólo las gentes sencillas del pueblo, usted lo sabe, señoría, tienen esa confianza, y no quisiera que viera usted desdén en mis palabras, sino solo un comentario salido de la experiencia, de haber visto mucho y pasado muchas noches en comisaría o detrás de delincuentes de toda calaña, desde los poderosos que te miran con chulería, como si fueses un sirviente inoportuno y molesto, a los miserables de poca monta, que en su mayoría más debieran ser carne de psiquiátrico que de otra cosa. Pero a estas alturas, señoría, sabemos que el mundo es como es y en lo fundamental no tiene remedio, todo lo más algunos parches para ir tirando. Al final, somos como nos han hecho porque alguna mano invisible lo ha decidido así. Esa mano que mece la cuna de nuestro sino y destroza los sueños hasta calcinarlos, y yo creo que no vale la pena darle más vueltas. Pero volviendo al caso de Elvira, lo primero que hice fue pedir que a Benito lo trasladaran desde el pabellón de comunes de la cárcel de Soto del Real a otro menos duro en el que se agrupaban estafadores y chanchulleros de guante blanco, gente en general poco violenta. Luego conseguí un certificado de buen comportamiento en el trabajo; algo que no me costó mucho, porque en el taller le apreciaban. Después pedí peritaje a un psicólogo forense que tomó declaración a la tal Jacinta, a quien por fin pude conocer. Era una mujer cuarentona, bajita y feota, y nada más verla dije para mis adentros que de deficiente nada. Y eso, señoría, lo confirma, como podrá ver, el certificado del forense: no es que Jacinta S fuera de muchas luces, pero distinguía perfectamente el bien del mal, y sus parvas entendederas, me atrevería a decir, guardaban más alcances de lo que parecía. Jacinta confesó estar enamorada de Benito desde hacía muchos años, y admitió que sabía que tenía novia, pero eso a ella no le importaba porque estaba segura de que podía quererlas a las dos. Me dijo también que, por supuesto, sabía que el muchacho estaba solo en casa la tarde que llamó a su puerta, y lo que pretendía era conquistarlo. Lo dijo sin cortarse ni un pelo. Si quieres a Benito, le dije ¿cómo puedes quedarte tan tranquila sabiendo que está en la cárcel? No tienes ni idea de lo malo que es estar entre rejas. ¿Y sabe lo que me contestó? Pues que mientras Benito estuviera en el talego se acordaría más de ella, de Jacinta, y quién sabe si algún día... ardaron varios meses en ponerlo en libertad por falta de pruebas; era la palabra de Jacinta contra la del denunciado, y nadie podrá saber nunca qué pasó el día de autos. Pero Benito ya no parecía el mismo, y cuando la madre lo volvió a ver, la tarde en que lo soltaron, en seguida entendió todo el daño irremediable que le habían hecho, aunque ella no le preguntó nada para no hacerle recordar, ni le pidió ninguna explicación. Pero le bastó mirarle a los ojos, hundidos, vacíos, con el dolor de lo insalvable escondido detrás de las pupilas, para captar que habían destrozado a su hijo, y lo único que se le ocurrió fue darle un abrazo, besarlo y aspirar fuerte, como si quisiera absorber toda la desgracia que había entrado en su casa y acabado con la felicidad de su familia. Elvira acompañó al hijo hasta su habitación; los dos caminando por el estrecho pasillo como sonámbulos; y el hijo, me contó, se le quebró por el camino, doblado como un niño sin fuerza, susurrando mama, mama hasta que ella le quitó los zapatos y la ropa y lo metió lentamente en la cama, sin querer saber ni reprocharle nada. Luego, Elvira salió del dormitorio de puntillas para no despertarlo y se dirigió a la cocina; abrió uno de los cajones y sacó lo que buscaba. Una corriente roja debió cruzar por sus ojos. Anduvo unos metros hasta la casa vecina donde vivía Jacinta con el hermano y la cuñada. Dentro sonaba música. Le pareció que alguien estaba cantando y escuchó voces alegres. Entonces empuñó el cuchillo con decisión y tocó el timbre. T El famoso Golden Gate, símbolo de San Francisco AP La ciudad cinematográfica Pese a su juventud es una de las ciudades más literarias del mundo. Hasta su cárcel compite con los Plomi venecianos o la Santé francesa, formen ustedes mismos su orden de preferencia. Y cuando digo literario me refiero a algo que trasciende lo narrativo o lo épico, incluso lo lírico, y que engloba otros modos y géneros. Aquí, San Francisco se lleva la palma desde el terremoto que la asoló y renovó: es la ciudad más filmada del mundo. Y con tantos ambientes y tan dispares que el público, a veces, ya no la distingue de Los Ángeles, su monstruosa y fea competidora. Tan vérsatil es, que cuando los norteamericanos quisieron competir con sus culebrones, crearon un Falcon Crest vinatero pegado a una San Francisco muy alejada de la ciudad del orgullo gay y más cercana a la Roma de los Claudios. Pero San Francisco da para todo y, en este sentido, es tan generosa que parece le cuadran todas las épocas, desde la ciudad prostibularia de la fiebre del oro, con sus garitos de juego y sus chinos, una Shanghai americana, hasta la de los thrillers más coloristas, pasando por esa ciudad vacía, inquietante, imaginada por Hitchcock, donde un James Stewart seguía a una impasible Kim Novak por las calles onduladas desde donde se domina una de las vistas más hermosas de una bahía. Entonces, ¿por qué Raymond Chandler? Justo por su indeterminación y, a la vez, suprema paradoja, por su concentración. En sus libros, y en las adaptaciones cinematográficas de ellos, el paisaje imaginado puede ser San Francisco, Los Ángeles o La Jolla. Da Igual. Chandler era de Chicago, y Los Ángeles debía de parecerle una mera acumulación, lo que de hecho es. De ahí San Francisco como única ciudad californiana identificable. De ahí que por ella pase todo. Incluso lo que no sucede en sus calles. San Francisco como el sueño posible de California. En realidad siempre fue así. Hasta cuando el nuevo género narrativo creció en un campamento improvisado llamado Hollywood. San Francisco ha crecido también con el cine, pero esto es Literatura, como querían los queridos beatnicks que cantaron a su manera pomposa y ya anticuada, a la ciudad.