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22 8 06 FIRMAS RELATO Por falta de pruebas POR FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ Autor de, entre otras obras, Carne de trueque Escritores espías o El rey del Maestrazgo obtuvo el premio Grandes Viajeros en 2001 con Tras los pasos de Drácula y, en dos ocasiones, el Rodolfo Walsh de la Semana Negra de Gijón L a propia madre fue la que vino a contarme que su hijo llevaba ya tres meses en la cárcel; y es que a veces la vida puede pudrirse en un momento, y la mala suerte no menguar por mucha salud, juventud o arrojo que se tenga. ¿Quién puede blindarnos contra el destino? Entre lágrimas me dijo su nombre: Elvira Santos, y el del acusado, Benito Ruz, hijo también de Ramón, un jubilado que desde que le cayó la noticia está sumido en una depresión de caballo. Gente muy sencilla, muy hecha a sufrir. El matrimonio estaba en La Manga del Mar Menor, en uno de esos viajes del Inserso, tomando tranquilamente el sol y ajenos a lo que pasaba, porque casi siempre la tragedia crece a nuestras espaldas. Cuando regresaron se encontraron la casa vacía, un hogar modesto de ladrillo y teja en una barriada de las afueras de Madrid. La habitación del hijo estaba en desorden: la cama deshecha, el armario revuelto y ropa tirada por el suelo, y eso les alarmó. Llamaron al taller de mecánica y electricidad donde trabajaba. El jefe, Peláez, les dijo que su hijo ese día y el anterior no había aparecido, y era muy raro porque Benito, a sus treinta y seis años, era un tío responsable, muy serio, muy cumplidor, y si tenía que faltar no le habría costado nada llamar por teléfono. Los padres hablaron también con Sole, que era la novia de Benito y andaba muy nerviosa porque esa semana nada sabía de él. Ya estaban dispuestos a ir a la comisaría cuando los malos presagios se cumplieron. Benito dio señales de vida; les telefoneó para decirles que estaba detenido en la cárcel, y la madre se quedó sin habla mientras el hijo le iba explicando que todo había empezado al día siguiente de que ellos viajaran a La Manga. Estaba solo en casa y a punto de comer, y la vecina de al lado, Jacinta, llamó a la puerta. Jacinta y su hijo, me dijo Elvira, se conocían desde niños y habían jugado juntos en la calle. Ella vivía con su hermano y la cuñada casi puerta con puerta; tenía cuarenta y un años y un cerebro de mosquito, es verdad, aunque en absoluto tarada, cualquiera que la haya conocido puede decírselo. Y Benito juró a su madre que durante el rato que Jacinta estuvo dentro de la casa no pasó nada, aunque ella parece que se le insinuó, pero estoy seguro de que él no intentó forzarla o cosa parecida. E l mundo es inexplicable y turbio y cualquier circunstancia puede dar al traste con la frágil barandilla en la que nos apoyamos para verlo. El asunto es que cuando Jacinta salió de la casa de Benito aparecieron en la calle el hermano y la cuñada, que le miraron mal, y Benito no supo más hasta que al día siguiente, cuando estaba comiendo, se presentaron dos policías para llevárselo en un coche al juzgado. Allí Benito se enteró de que habían presentado denuncia contra él por intento de abuso sexual a una disminuida mental, y en los calabozos del juzgado lo tuvieron tres días incomunicado, sin dejarle hacer ninguna llamada telefónica. Pasado ese tiempo lo metieron en la cárcel y pudo hablar con una abogada de oficio que desde el principio no Allí Benito se enteró de que habían presentado denuncia contra él por intento de abuso sexual a una disminuida mental, y en los calabozos del juzgado lo tuvieron tres días incomunicado