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4- 5 40 LOS VERANOS DE Günter Grass Reprobado por Merkel La polémica se extiende: Angela Merkel dedicó duras palabras al escritor, que ya es objeto de críticas y burlas en todo el ámbito cultural alemán POR RAMIRO VILLAPADIERNA CORRESPONSAL EN BERLÍN ÓPERA Juan Diego Flórez conquista Santander COSME MARINA La gala lírica de Juan Diego Flórez en el Festival Internacional de Santander se preveía como uno de los acontecimientos de esta edición, generando gran expectación refrendada en el lleno total de la inmensa Sala Argenta del Palacio de Festivales de Cantabria. El tenor peruano vino dispuesto a triunfar, aunque no lo tuvo fácil. Sobre todo por la bisoñez de un Michele Mariotti plano e ineficaz al frente de una Orquesta Nacional de Ucrania, a la que se le sacó mucho partido en su estancia cántabra. Quizá demasiado. Puede que sea la explicación de los problemas de las trompas o de los metales desde la primera obra orquestal, una deslucida obertura de Il turco in Italia La orquesta no levantó vuelo en toda la noche y salvó la cara, al menos, con acompañamientos al cantante correctos, sin desajustes. En la primera parte, como no podía ser de otra manera, Rossini fue el protagonista. El intérprete es, hoy por hoy, uno de los mejores traductores del compositor de Pesaro. Flórez exhibe ese canto refinado, apoyado en el texto, pletórico de recursos expresivos, dotándolo de una flexibilidad vocal que brilla plenamente en las agilidades inmaculadas. Se ahorró el tenor algún sobreagudo en la primera parte, como ajustando, midiendo fuerzas, porque el recorrido fue intenso, sin concesiones. Sobre todo porque Flórez, en vez de lanzarse al éxito garantizado que aporta la interpretación de obras conocidas, apostó por arias infrecuentes, especialmente en la segunda parte. Tras el descanso, el repertorio viró hacia otros dos pesos pesados, Donizetti y Bellini, compositores sobre los que Flórez está trabajando a fondo. Notable fue su interpretación de All udir del padre afflitto de Bianca e Fernando exhibiendo un legato cantabile exquisito, puro de fondo y forma. En el tramo final, dos Donizetti, un discreto Di mia patria o bel soggiorno de Marino Faliero y un exultante Dunque in van mi lusingai de Alina, regina di Golconda ambas páginas de cierta impronta rossiniana, dúctiles en su desarrollo. Minutos y minutos de aplausos, bravos y encendidas ovaciones, fueron correspondidos con dos propinas por el cantante. Rossini y Donizetti volvieron a ser el argumento, llevando al público al delirio en Ah! mes amis! de La fille du régiment L a controversia sobre el gran moralista alemán del último medio siglo sigue desazonando a una Alemania que descubre que ni Brecht ni Grass eran santos, aunque pontificaran. Si aceptamos que todo artista es un tirano, ¿por qué querer imaginarlo a la vez grande y santo? pregunta el Tagesspiegel. Pasión por adorar peanas aun lejos de los altares, que a Grass se lo ha admirado mucho por la peana que no era. Pocos libros como El gato y el ratón o El tambor narran tan bien los intersticios del crimen, la simultaneidad de culpa y grandeza y la compleja corruptibilidad humana. Grass apuntaba ya entonces una confesión que, completa, todos hubieran entendido; tal vez el éxito le cerró la boca. Grass se volvió didáctico y huero, salió a hacer campaña. Esto gustó a muchos, pero es por lo que hoy pena entre la indignación: El azote de hipócritas era también un hipócrita escribe el Berliner Zeitung. La propia canciller terció ayer en una polémica que sobrecoge a Alemania por lo que tiene de revelación tan tardía mientras Grass siempre fue rápido en tomar postura sobre otros temas Durante décadas, el premio Nobel vapuleó inmisericorde a personalidades por asuntos históricos, por su relación con el pasado nazi o incluso a los promotores de la reunificación a la que él se opuso, como recuerda Merkel: Desearía que hubiésemos sido informados sobre su biografía desde el principio y en toda su dimensión Escritores como Irving, Rushdie, Giordano o Michnik han opi- Imagen del Nobel, que ha abierto la caja de los truenos de su pasado AFP nado comprensivamente. Ayer el ex presidente von Weiszäcker consideraba que la vida dedicada por Grass a la reconciliación polacogermana sería un gran haber en la balanza de su responsabilidad. Pero desde Polonia, Marcin Bosacki escribe sobre el daño a la confianza: Los polacos confirman su prejuicio: lo sabíamos, no hay ningún alemán bueno Sólo tenía 17 años, defiende el escritor austríaco de izquierda Robert Menasse, aunque sea ésta la edad que los Verdes piden para votar y fuese la que tenía Sophie Scholl y su hermano cuando resistieron y fueron ejecutados en Múnich. Aunque su conciudadano Walesa quiere renunciar al título de hijo predilecto de Gdañsk si Grass no lo hace antes, el alcalde de la antigua Dantzig hace su encuesta y espera que pase el asunto: un 72 no desea despojarlo. Nos hemos vuelto indulgentes... Salvo que ingrese Vd en las SS, y a lo mejor le toca devolver un premio que le dieron, aquí, o se come Vd a un niño, o no pasa nada decía el popular showman de la noche, Harald Lo más grave, por el momento, lo ha dicho en Welt am Sonntag el marido de la líder terrorista Ulrike Meinhof y compañero de clase de Grass en Gdañsk, Klaus Rainer Röhl, alegando que éste habría dejado en realidad la escuela para ir a las SS justo después de un oscuro episodio de abuso en grupo de una adolescente polaca del vecino Liceo Gudrun, caso que el propio Grass sortea someramente en su libro. Pelando la cebolla las memorias en que a lo largo de 50 páginas Grass menciona por primera vez su estancia en las Waffen- SS, es ya líder de ventas, según Focus. Aunque es poco plausible que Grass necesitase de trucos publicitarios, el Berliner Zeitung sospecha un contubernio entre editorial, autor y el FAZ que publicó la entrevista: Grass calló durante años, el Frankfurter lo calló durante meses Las miserias pueden ser comprensibles, pero ¿más las de Grass que las de Karajan o Waldheim? Esto tiene a la vecina Austria y sus intelectuales enfrentados. El historiador Peter Gay, un judío nacido en la preguerra alemana, concluye que el caso Grass útilmente recuerda, 61 años después, que este país ha tenido mucho de qué avergonzarse