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ABC MARTES 22 8 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA AGUA VA ÓLO el 8 por ciento del agua que se consume o se derrochaen Españacorresponde al sector doméstico. La agricultura absorbe, nunca mejor dicho, casi un 80 por cien del total, mal repartido, porque mientras en algunas zonas se saca oro de un metro cúbico en otras se riega a caño libre o a tablón quitado. En la red urbana se pierde en fugas de distribución una quinta parte del suministro. Y cada año, el Ebro vierte al mar una cantidad de hectómetros cúbicos doce veces superior a la prevista en el abortado trasvase. Pues bien: ante la progresiva disminución de la capacidad embalsada y la preocupante contumacia del ciclo seco, el Gobierno y las autonomías pretenden convencernos de que la solución reside en lavarse los dientes con el grifo cerrado y colocar un IGNACIO ladrillo en la cisterna. AnCAMACHO te cada problema estructural, el Estado traslada la culpa a los ciudadanos. Falta agua porque nos duchamos amenudo y hacemos demasiadas coladas. Hay accidentes de tráfico porque corremos mucho y conducimos mal. El colapso sanitario obedece al viejo hábito de los enfermos de acudir al médico al primer síntoma. La responsabilidad de los males colectivos se deriva hacia el comportamiento de la gente; no faltan embalses ni obras hidráulicas, no cuenta el mal estado de las carreteras ni el insuficiente número de autovías, no importa la alta ratio de pacientes por cada médico. La culpa es nuestra, y se nos conmina a través de costosas campañas publicitarias a lavarnos menos, a conducir más despacio, a abandonar la hipocondría. En el caso del agua, ciertamente escasa, el desplazamiento de responsabilidades alcanza cotas casi fraudulentas, dada la escasa relevancia del consumo doméstico. Los trasvases han sido abolidos a favor de unas desaladoras prometidascon harto optimismo para el año que viene. No se construyen pantanos porque son obras de proceso largo cuya prioridad decae a la primera temporada de lluvias. La urbanización residencial y turística crece sin coordinarse con la planificación hidráulica, pese a la proliferación de ministerios, consejerías, oficinas y organismos autónomos. El riego agrícola carece de control y paga precios ridículamente inferiores al coste real, en régimen de subvención encubierta. El problema hídrico sufre en España una gestión calamitosa, agravada por la presión neurótica de un ecologismo de secano, incapaz de entender que el agua es en la actualidad el principal elemento de desarrollo en un país como éste. En este panorama desestructurado e ineficaz, agravado por la persistencia de un severísimo ciclo de sequía, la respuesta más sólida de la Administración consiste en solicitar a los consumidores urbanos un esfuerzo autorrestrictivo. No cuela porque, aunque nadie puede objetar la necesidad de un gasto moderado, la gente sabe que la culpa de la escasez no es suya. Y que no es por sus humildes desagües, sino por los regadíos descontrolados y los ríos sin regular por donde se escapa al mar un torrente diario de riqueza desaprovechada. S TOLERANCIA CERO O CREDIBILIDAD NULA L Estado le ponen cerco las mafias que controlan el tráfico de cayucos que llegan abrumadoramente a las costas canarias. No es que estemos en fase de revisión de las leyes de inmigración como ocurre en casi toda Europa con carácter restrictivo respecto a políticas previas más laxas: lo que tenemos en España es el desbordamiento del imperio de la ley por los sin papeles, la alteración de los fundamentos de soberanía que rigen el derecho a la frontera. Estamos en el umbral de un semicaos, de un efecto llamada que crece en proporción geométrica y de una psicosis de inseguridad que se traslada desde el archipiélago Canario al conjunto de la sociedad española. Se tiene la sensación de que el gobierno socialista no ha hecho nada o que, si ha hecho algo, lo hizo mal. Al desembocar abruptamente en situaciones de este tipo los precedentes suelen ser la ambigüedad, la componenda aliviadora de los buenos VALENTÍ sentimientos, el maquillaje de bonPUIG dad a ultranza antes que el deber de ejercer la autoridad. Esos antecedentes llevan a la percepción incluso exagerada de un caos, pero es que no pueden conducir a otra cosa. Ya con recursos de nueva tecnología, las mafias coordinan y teledirigen los cayucos a modo de una avalancha de gentes desprotegidas y necesitadas, niños incluidos, que merecen de nuestra asistencia humanitaria por una parte y por otra requieren por ley de una inmediata repatriación porque llegan sin papeles a una tierra que de forma soberana decide cuantos inmigrantes acepta y cómo. El Gobierno británico, por ejemplo, se propone no dar acceso automático al mercado laboral a trabajadores de Rumania o Bulgaria que en dos años ingresan en la Unión Europea. Un debate parecido sigue su curso en los Estados Unidos. En Francia, Sarkozy toma medidas reguladoras más estrictas. Al tratar de que, racionalmente, el inmigrante cubra los sectores laborales A que nuestras poblaciones hoy no ocupan, se habla en general del point system canadiense. Según este sistema, el candidato suma puntos según sean los requisitos en demanda. Lo que se pretende en general es aplicar con efectividad y rigor la capacidad de elegir quién llega y a qué trabajo ha de dedicarse. En España, la cuestión de ahora mismo no es sobre cuántos ni cómo, sino qué vamos a hacer con los que cruzan nuestras fronteras de mar o tierra y, sin documentación alguna, se sirven de una incapacidad del sistema de regulación para proceder a repatriarles de inmediato. Frente a las mafias y a los países desde donde parten los cayucos la autoridad de España tiene una credibilidad nula porque no ha sabido atenerse a la norma de la tolerancia cero: tolerancia cero contra las mafias, actitud de fuerza ante los países emisores que luego practican formas más bien rudimentarias de chantaje económico. Quien contemporice con estas avalanchas a la espera retórica de una futura coordinación europea de las leyes de inmigración o es que vive en las nubes o es que busca la emergencia de una extrema derecha en España. Eso se verá pronto, muy pronto. El flujo masivo de inmigrantes ilegales y el descontrol de las fronteras de cualquier Estado soberano son realidades de tanta gravedad que paradójicamente se hace menos perceptible cuando llegamos de las vacaciones más bien acostumbrados al baño maría emocional del zapaterismo. La inmigración ilegal y de tanta arremetida tendrá un coste político pero ahora lo prioritario es mucho más elemental, tan elemental como ganarle el pulso a las mafias que trafican con la miseria subsahariana y llenan los cayucos de gentes sin documentación, hasta las costas canarias. Gobernar consiste a veces en hacer algo impopular para lograr un objetivo del bien común. La tolerancia cero ante las mafias de la inmigración ilegal sería un criterio básico, tal vez de figura drástica y transitoriamente impopular para el zapaterismo, pero de índole única para la credibilidad de España. vpuig abc. es