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12- 13 40 LOS VERANOS DE CIUDADES POR JUAN ÁNGEL JURISTO ¿Y sacó mucho? pregunto por preguntar. -Mucho más de lo que pensaban. El caso es que cuando pasaba junto a Muñalén, ya estaba llegando a la Feria, se dio cuenta de que era verdad: la cabra era muy vieja y estaba flaca como el huso de una solterona. ¡Si le hincabas el diente, lo rompías, eso seguro! Pues pasaba por Muñalén y empezó a pensar que así no la vendía. Pero en Muñalén hay una fuente y el diablo está armándolas en todas partes. No sé cómo se le ocurrió, pero se le ocurrió: cogió la cabra por el morro y la embocó en el caño de la fuente. Y la cabra empezó a beber y a beber, y a hinchar y a hinchar: igual le hizo beber quince litros. Cuando llegó a Navelgas, estaba gorda como un ternero culón- -y Ramón aplaude, y se ríe y me sirve un poco más de vino. Continúa: -Era un niño de 12 años y se fiaron de él. Pidió tres duros, una barbaridad, y se los dieron. Les dio la mano, cogió la cuerda, y volvió corriendo a Paniceiros. Dicen que la cabra la habían comprado para un convite que querían ofrecerle al médico. La mataron esa misma noche: cuando le metieron el cuchillo en la barriga: ¡menuda mojadura pillaron los matarifes! Sonrío y pienso en la cabra. Pienso en las manos de mi abuelo. Andrés dice: -Eran tiempos muy duros- -y una sombra se le pone en la mirada, como si todas las privaciones pasadas volvieran reclamando un pedazo de pan, un vaso de vino, un lugar en la ausencia. Hacia 1960 Andrés se fue con la Rubia, la hermana gemela de mi abuela, para Alemania. Trabajó como un burro en la construcción. Sus hijos tuvieron hijos que sólo hablaban en alemán y a ver cómo les explicaba él, que tanto le gusta hablar, que cada mañana amanece con nuevos verbos irregulares que aprender, viejos miedos atragantados. Hoy estamos aquí, en su casa en Caeras, y se ríe sacudiendo sobre sus hombros las inclemencias de la edad. Ya casi no puede andar, por la artritis, pero su mirada atraviesa el tiempo y ve la feria de Maricalva en 1960. -Las cosas- -dice- -no siempre salían bien. Andábamos mal en casa y habíamos puesto en aquel novillo todas nuestras esperanzas. Mira lo que te digo: si lo llego a vender, no me marcho a Alemania ni habría tenido nietos que hablasen en alemán. Qué cosas. Pero teníamos un novillo fuerte como un toro, que te corneaba por nada, un peligro. Era una buena pieza. Quería venderlo por 500 pesetas pero sólo me daban 380. Yo que sé. Dije que no. Era de noche y tenía que volver con él, cuesta arriba, al pueblo. ¡Tira tú de un bicho como aquel diez kilómetros! No podía pagar el camión, así que me vine andando con él. Cuando salía de Navelgas, a la altura del Ventorro, me di cuenta que había que hacer algo. Subirlo por estas cuestas era imposible. Así que paramos en el Ventorro y compré una botella de coñac. ¿Y te la bebiste? -pregunto. -La mitad yo y la otra mitad el novillo. ¡Parecía Fangio aquel animal subiendo por las Vueltas del Gato! Apuro el vino que me han servido y pienso- -mientras Andrés se ríe con una risa campesina que viene de la prosa de Rabelais- -en una casa abandonada. Una familia, con la ropa buena de los domingos, carga lo poco que tiene en una camioneta. Se van a Oviedo y, desde allí, a Alemania. nos meses antes de caer enfermo, mi abuelo compró un caballo. En casa no se necesitaba para nada: había tractor y ¿quién quiere a estas alturas un caballo para ir al verde? Pero mi abuelo fue a Navelgas, y volvió cabalgando la bestia. Se metió por los caminos del Picu la Escura, totalmente yermos ya que nadie los andaba desde hacía años. El caballo, calzado de la pata delantera y con una estrella en la frente, se llamaba Tiburcio. Mi abuelo, con 75 años, pensó que no salía de aquellos caminos. Fue la última vez que estuvo en Navelgas. Cuando le comenzó a doler el pecho, se acordaba de aquel día en el que había comprado a Tiburcio y sentía en los pulmones el arañazo de los tojos. Seguramente pensó en lo que significaba perderse en los caminos del mundo, aunque estuviesen yermos, y lo que consolaba encontrar, a mano derecha o a mano izquierda, un ramal que seguir. Finalmente, se fue. Tiburcio se quedó en la cuadra. A mí me mandaban sacarlo de vez en cuando al camino. Lo ataba con una cuerda larga y me iba acostumbrado a soñar días menos tristes en el lomo azul de la brisa. Vista parcial de la densamente poblada ciudad de Tokio REUTERS La ciudad sin historia En Oriente las ciudades parecen no tener alma que las defina porque les falta el sentimiento de la historia, no del tiempo. Tokio, por ejemplo, es viejísima, pero carece del sentido de lo sagrado y del ritual, que parece haberse quedado en Kioto. Todo en Japón tiene su lugar, claro, como entre nosotros, salvo que no se nos ocurriría colocar como imagen de un país el perfil de una montaña. Ahí está la diferencia. Occidente hace gala de sus ciudades y se reconoce en ellas, por eso es tan difícil encontrar al escritor oriental que haya captado el espíritu de una ciudad tal y como nosotros lo entendemos. Por fortuna tenemos a Mishima, o la idea que nos forjamos de su obra desde nuestra óptica, pero en realidad pocos escritores japoneses han ahondado tanto en nuestra cultura como él. En El mar de la fertilidad ciclo de cuatro novelas que culmina con La corrupción de un ángel Mishima culmina su obra como narrador y, de paso, nos ofrece algo parecido a lo que nosotros buscamos de la descripción de una ciudad. Tokio no es algo que el escritor haya pensado como algo distinto a la gente que lo habita. Eso sería inconcebible, pero sí hallamos descripciones que, por su estilo jugoso, lleno de imágenes, podemos congelar al modo de los grabados japoneses donde, aquí sí, las ciudades parecen haberse sentido cómodas de que las dibujaran dando lo mejor de sí mismas. En Mishima encontramos a un burgués que, en plena postguerra, se fuma un Montecristo enfrente del Palacio Imperial, nos describe una lucha agónica por un huevo duro en un paraje desolado de los arrabales que sólo el cine japonés ha sabido apropiarse tan bien como el italiano, pero, hay que reconocerlo, cuando quiere culminar una imagen recurre a un viejo templo que, desde luego, no se encuentra en la capital. Por eso el Tokio de Mishima es tan real. Pertenece a un mundo un tanto anodino y cambiante como el de la brutal modernización del Japón. Tokio fue su víctima propiciatoria. Para la tradición quedan otros sitios, pero por eso mismo nos interesa esa capital con vocación de engullirlo todo. U