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21 8 06 FIRMAS RELATO El lomo azul de la brisa POR XUAN BELLO Xuan Bello nació en Paniceiros, Tineo (Asturias) Publicó su primer libro de poemas con sólo 16 años y es actualmente uno de los escritores más importantes en asturiano. Ganó el premio Ramón Gómez de la Serna con Historia universal de Paniceiros P ara mí siempre fueron un misterio: aquellas ferias de ganado; ahora vuelven a mí esas imágenes primigenias- -caería el mundo en los linderos de 1973- -y el bullicio entre el ganado a aquellas horas tan de mañana. Había que levantarse muy temprano, de noche todavía, para llegar a buena hora a Tinéu o a Navelgas o a la Maricalva de Sabadel. Era siempre el mismo rito, la misma irrupción metódica de la sorpre- sa en la rutina de todos los días. Hacia las cinco de la mañana mi abuela ya tenía el desayuno preparado en la cocina el café negro humeaba las tortas de trigo recién hechas torreznos y leche con pan desmigajado y mi abuelo andaba por el corral- -sus palabras sabían pan del bueno- -y había en el aire un no sé qué que ponía en todas las cosas el germen de la aventura. Yo ya había cumplido ocho años, ya era mayor, y teníamos que ir con una vaca o un ternero o una camada de cerdos recién nacidos a Navelgas, a la Maricalva de Sabadel, a Las Campas de Tinéu por los senderos que las golondrinas azules marcaban con su sombra por el suelo. Teníamos que ir y tuve la conciencia de que íbamos a los límites de mundo, allá muy lejos, a Navelgas, a la Maricalva de Sabadel, a Las Campas de Tinéu y de repente volvíamos a ser los que siempre habíamos sido: pastores que van detrás de su ganado en busca de un lugar donde permanecer; salíamos de casa siguiendo los caminos del cielo y de la tierra, por la cumbrera de los montes; era verano, al alba, y en nuestra piel el olor de la vaca era fraterno. Aquel día llevábamos a la Mariella, una vaca demasiado vieja, y mi abuelo me explicó cómo cuando volviésemos al oscurecer, al sol que todavía no había nacido se lo iban a comer las hormigas. Yo guiaba a la Mariella, que caminaba lentamente sin saber- -yo tampoco lo sabía- -esa voz de sed que pone la muerte cuando te llama, el instinto de las cosas que desaparecen. Íbamos los tres solos a la luz del silencio mi abuelo yo, un niño de ocho años la Mariella vieja como el sol que todavía no había nacido y yo miraba los surcos de los caminos, el paso confiado de la Mariella siguiendo el latido de nuestro aliento. Mi abuelo me subía a su regazo y yo me adormecía en el olor a vaca: cuando despertaba ya estábamos en la feria y entrábamos en el bar (donde me contaron cómo las madres no pueden gritar el nombre de los críos para que no se lo aprendan las culebras) y más tarde mi abuelo hablaba con un tratante de Siero que quería comprar la Mariella. Al rato, mi abuelo entró en el bar con la cuerda como único recuerdo de la vaca y me dijo: -Cuando vendas, vende bien. Y nunca te olvides de devolver a casa la cuerda con la que trajiste la vaca. Las vacas de casa son así: cuando el sol muere en la memoria siempre vuelven a que las ates al pesebre de tu corazón. A unque no siempre salían bien las cosas. Andrés, el de la Rubia, la hermana gemela de mi abuela, se ríe del mundo que fue. Ahora está jubilado y aunque la artritis apenas le deja dar un paseo por la carretera que cubre la niebla le gusta mirar el mundo, desde la antojana de su casa, con sorna. Fui una tarde a verlo a Caeras y lo encontré así, riéndose, como si los años que cargaban encima de sus hombros fuesen una broma de la vida; una broma muy pesada pero de esas que de un manotazo podría quitarse uno de encima si quisiera. No tengo ya humor me dice como disculpándose. Señala el camino del valle: una culebra inmóvil, mojada por la lluvia, por la que no viene nadie. Al fondo los bosques de Grandiella, allá arriba escondido Paniceiros. Andrés fue muy amigo de mi abuelo. Siempre lo llamaba, cuando en la feria compraba una vaca, para que le dijese si compraba bien o mal; y me cuenta, con una admiración nada disimulada, que se las sabía todas. ¿Te contaron la primera venta que hizo tu abuelo en una feria? -me pregunta. -No, contesto un poco incómodo, como confesando un vicio oculto o un pecado. -Una cabra vieja- -dice y revienta de risa, sacudiendo los años sobre sus hombros, y todo se vuelve del color de aquella mañana de 1935, cuando mi abuelo, con doce o trece años, bajó desde Paniceiros por las vueltas que dicen del Picu la Escura a la Feria de Navelgas. -En tu casa- -dice Andrés- -tenían una cabra vieja. Más flaca no la había. Pensaron en matarla para caldo, porque aquella carne a ver quién la comía, y a tu abuelo se le ocurrió ir a venderla a la feria. Todos se rieron: ¿quién iba a querer aquella cabra? Todo lo que saques, para ti le dijeron en casa. Y muy de mañana, tu abuelo ató la cabra y tiró de ella hasta Navelgas. Y la vendió, vaya si la vendió.