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21 8 06 RELATOS VIAJEROS Congo (y III) Bukavu, la villa junto al lago Si la República Democrática del Congo acertara a cancelar décadas terribles, en las que la muerte ha sido demasiado barata, lugares como Bukavu, a orillas del Kivu, serían un destino irresistible POR: ALFONSO ARMADA o había forma de entrar en Bukavu. Cada mañana, en Cyangugu, poblachón del lado ruandés de la frontera, acudíamos a la aduana sobre la Ruzizi, el río que sirve de cordón umbilical a los lagos Kivu y Tanganica. Acababa de comenzar la revuelta de los banyamulenges (pastores tutsis instalados desde el siglo XVIII en los Grandes Lagos, a caballo entre lo que luego serían el Congo Belga, Ruanda y Burundi) Laurent Kabila, con la ayuda de Ruanda, se disponía a emprender la larga marcha que acabaría con el régimen de Mobutu Sese Seko en Kinhsasa. Pero en aquel momento, no quería testigos de las atrocidades que cometían en Bukavu, la hermosa villa junto al lago esmeralda, uno de los parajes africanos que para quien tiene la suerte de contemplarlos se convierten en imán perpetuo. Tuve que esperar muchos N años para entrar por fin en Bukavu, esta vez aprovechando la calma impuesta con la ayuda de la ONU en el oriente congoleño. Las elecciones han devuelto la esperanza a Bukavu, la villa junto al lago. El aeropuerto, protegido por cascos azules paquistaníes, servido por cascos azules uruguayos, sólo espera que la paz se espese para pasar a manos congoleñas por entero. Está a más de una hora de camino por una carretera bien trazada, entre árboles altos como los sueños y campesinos que se afanan en colinas tan empinadas que su cultivo es un desafío: a las leyes de la gravedad y a la perseverancia humana. Pero el asfalto escasea. Hay picapedreros a la orilla del camino, y peones que limpian acequias y arcenes. Cuando tras un recodo asoma el Kivu, todos los pesares se olvidan. Asomarse a este purísimo océano de montaña, que a los de imagina- Modeste Mokorezi, director de escuela en Bukavu ción flaca forjada en parámeteros europeos les evoca Suiza, es un baño lustral. Y más si uno completa ese fervor zambulléndose en él. Por ejemplo aprovechando la senda que se abre tras el seminario que dirige el padre blanco español Pello Sala. En ese lago parecen curarse todas las heridas, aunque todavía son demasiado recientes en los Kivus como para que se pueda pasar página. El Congo necesita forjar una nueva generación de gobernantes en los que el pueblo pueda confiar, que acaben con el saqueo una forma de existir, y metan en vereda a las multinacionales que han esquilmado este escándalo geológico No tengo miedo en Kaduto, a fin de cuentas me acompaña Eric Balangaliza, el amable y servicial taxista, por entre casuchas de madera levantadas como para complicar el rompecabezas de la existencia, entre sumideros de aguas fecales, tierra durísima, malos olores, y hacinamiento humano a escala inaudita. Nadie se aventura en el techo de Bukavu, el barrio de Kaduto. Salvo los que no tienen más remedio que vivir allí. En Kaduto me acuerdo de Ryszard Kapuscinski, que acaba de publicar Viajes con Heródoto Allí, vuelve a su querido y temido Congo, a una escena en una locali-