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ABC LUNES 21 8 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC EL PRIMADO DE LA POLÍTICA La desaparición del Estado de muchos de los espacios que ahora ocupa no sólo aumentaría la esfera de la libertad individual sino que facilitaría enormemente la participación ciudadana en aquellos contenciosos que siguieran decidiéndose de forma colectiva... C ADA uno combate la canícula a su manera. Unos viajan, otros se embriagan, y otros fabrican senos de sombra y en ellos se recogen con un libro entre las manos. Yo me he apuntado a la tercera de las alternativas, poco dañina para la salud y a veces instructiva. Y además de instructiva, barata. Se baja la persiana hasta un palmo del suelo, se adopta una postura cómoda en el sofá de siempre o en el vacacional e interino, y se escoge, de los cuatro o cinco volúmenes que hay apilados en una mesita adyacente, el que está más arriba. Los movimientos tienen que ser pausados y cautelosos, porque el ejercicio agota. Y los títulos revueltos y caprichosos, porque en algo ha de notarse que han quedado atrás los rigores del invierno y que toca divertirse, y no trabajar. Por este procedimiento he trabado contacto con un opúsculo vano y arrogante firmado por Paolo Flores d Arcais. De d Arcais conocía sólo una entrevista a Zapatero, a la que dediqué una Tercera allá por el mes de mayo. Creí entonces que d Arcais era un posmoderno de izquierdas, y he de confesar que me equivoqué. Me equivoqué en lo de posmoderno. D Arcais no es posmoderno sino caótico, lo que es casi lo mismo pero no exactamente lo mismo. Sigue siendo aplicable, sin embargo, lo de izquierdas. D Arcais es íntegra, furiosamente de izquierdas. Es a la izquierda lo que los rayos ultravioleta al espectro luminoso: la expresión extrema, terminal, que adopta la energía al alcanzar la frecuencia un valor máximo. Ello confiere a sus opiniones cierto interés, un interés, por así decirlo, emblemático. Vaya por delante que muchísimos izquierdistas, especialmente los más sensatos, estarán por completo en desacuerdo con este enfant terrible. Y vaya también por delante, o ya casi, por detrás, el título del opúsculo: El soberano y el disidente. El título lleva un subtítulo quizá más revelador: La democracia tomada en serio y, cabe añadir, típicamente posmoderno. Ahora bien, d Arcais introduce una inflexión, una derivada. El sujeto de su relato no es cabalmente el individuo, el hombre suelto, sino la sociedad, o mejor, una colectividad formada por ciudadanos. Es este Leviatán, interpretado como un organismo vivo, como una suerte de máquina colectiva de decidir, el que se asoma al abismo de la libertad absoluta. Es él el que determina, mediante sus decretos discrecionales, qué es el bien y qué es el mal. Esta gigantesca, proteica expansión del yo colectivo, es la democracia. Y realmente, aquí se acaba la historia. E llo plantea algunas preguntas elementales. Por un lado, d Arcais impugna, no sólo el Derecho Natural, sino los derechos individuales. Por el otro, en un descenso vertiginoso desde la mística política a los detalles prosaicos, cifra la voluntad del yo colectivo en el voto de la mayoría. La composición de los dos vectores apunta a un sistema totalitario en que las minorías contingentes pueden ser arrasadas por mayorías igualmente contingentes. ¿Cómo evitar el desenlace ingrato? La respuesta de d Arcais es esencialmente retórica. D Arcais identifica al individuo con el disidente, esto es, con quien, en el futuro, podrá pasar, de ser minoría, a ser mayoría. Y afirma que el principio de la disidencia es sagrado. El ciudadano, en cuanto cristalización humana única e irrepetible, ha de tener siempre abierto el horizonte de la disidencia. Lo último, de alguna manera, preserva su preciosa condición individual. Pero no se explica muy bien cómo. Si el poder de la mayoría es ilimitado, el disidente será aniquilado antes de que deje de ser disidente. Y si se empieza por decir que no puede ser aniquilado, porque entonces se le niega el derecho- ¿qué derecho? -a ser mayoría en el futuro, nos encontramos con un escenario de abusos sucesivos y oscilantes. La democracia sería un sistema en que cada uno puede resarcirse de las maldades de la multitud sumándose a ésta más tarde y dejando a fulano o mengano, mayoría en tiempos, en situación de minoría. Una monada. Conclusión: a la democracia tomada en serio no nos la podemos tomar, si bien se mira, demasiado en serio. No les habría distraído con estas bobadas, a no ser porque d Arcais publica en diarios importantes y es recibido por personas importantes. Verbigracia, Benedicto XVI. Y sobre todo, porque envuelve sus fantasías infantiles en un lema de gran circulación en la izquierda: el de un retorno al primado de la política. ¿Qué significa el primado de la política? Programáticamente, el control de la sociedad por sí misma, o para ser más exactos, la conducción de los asuntos colectivos conforme a planes o diseños que defiendan a los hombres del azar y la arbitrariedad. Ésta, digo, es la parte programática. Analíticamente, el lema se disuelve en mera verborrea o se concreta, sí, se concreta, en una enésima y rutinaria condena del mercado. Es ésta la ocasión de lanzar un ¡hurra! comparativo al pensamiento liberal, sin excluir al más tosco y simplón. La degeneración de la democracia a manos de los partidos ha sido infinitamente mejor estudiada y comprendida por hombres como James Buchanan o disciplinas como el Public Choice Y los remedios que desde esos cuadrantes se nos han propuesto, aunque utópicos, aunque innegablemente insuficientes, aunque lastrados por prejuicios no siempre advertidos por sus propugnadores, se hallan al menos exentos de contradicciones internas. E a tesis de d Arcais es que la Guerra Fría y la pugna con el comunismo han servido para disfrazar nuestro auténtico problema. El cual consiste en que la democracia ha sido secuestrada por los partidos. Los partidos velan y tergiversan la soberanía popular, y apadrinan un régimen que ya no es democrático sino que sería más justo denominar partitocrático La imputación, de momento, no es demasiado original. Gustaría a un estalinista, y gustaría, igualmente, a un fascista. Procede por tanto preguntarse, dado que d Arcais no es un fascista ni tampoco un estalinista, cómo se come o con qué patrón debería estar cortada la democracia de verdad. Parafraseando sus propias palabras: qué hemos de entender por una democracia tomada en serio La visión positiva, o propositiva, de d Arcais es borrosa, o mejor, abstracta. El italiano nos presenta al hombre como emancipado de los ídolos del pasado: Dios, el Derecho Natural y toda suerte de Verdad trascendente. Esto es nietzscheano L n efecto, la desaparición del Estado de muchos de los espacios que ahora ocupa no sólo aumentaría la esfera de la libertad individual sino que facilitaría enormemente la participación ciudadana en aquellos contenciosos que siguieran decidiéndose de forma colectiva. Devolver la iniciativa al ciudadano, y aumentar al tiempo el campo de acción de lo público, constituye una empresa imposible, un oxímoron. Cuanto más complicada la agenda de la administración, más ineluctable resultará que los individuos se subroguen en equipos de especialistas y confíen a éstos la gestión de sus intereses. Uno de los factores que más han alimentado la partitocracia, que más canceroso han hecho su crecimiento, es la hipertrofia de los contenciosos por los que se consideran aludidos los gobiernos y sus infinitas terminales burocráticas. D Arcais, como los malos médicos, expide recetas que se neutralizan mutuamente. El tipo de izquierda que representa o cree representar no ha aprendido nada. Nada de nada. ÁLVARO DELGADO- GAL