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8- 9 D 7 LOS DOMINGOS DE Para comer y dormir: Club Hellenique. Comida griega. A un tiro de piedra de la sede de la Misión de la ONU, en la calle mayor. Buen ambiente, mezcla de locales y expatriados. Cerveza, arroz, pollo, patatas y queso frito. La Paix. Comida india. También ultramarinos. En la misma calle. Preguntar por Hasanza Mohamed, la dueña, aunque no pasa inadvertida, sentada junto a la caja, tras el mostrador y fumando. Inmejorable pollo con arroz. Celtel. Hotel y cibercafé. Estupendo desayuno con frutra y tortilla. muertos llegó a ser inadmisible incluso para un paraíso tan remoto. A un tiro de piedra de la cocina de madame Hasanza se levanta la sede de la ONU. Parece un insólito club náutico. De noche, los reflectores hacen que las antenas y sus obenques resalten contra el azul cobalto del gran silencio africano. Parece la arboladura de un navío. Sobre un edificio blanco y azul, las banderas acentúan ese carácter de espejismo. Mientras las principales entradas de esta ciudad de 250.000 habitantes están ahora vigiladas por paquistaníes y marroquíes armados hasta los dientes, apostados tras sacos terreros, en las colinas crecen legumbres y flores, mangos y cacahuetes. La gente podría vivir aquí plácidamente. Ahora, la principal industria son las agencias humanitarias, que llenan el club Hellenique, el restaurante favorito. La esperanza nunca dura mucho en el Congo escribió en Harper s el periodista estadounidense Bryan Mealer. Con los ojos anegados por lo que contempló en Bunia, incapaz de resistir más tiempo dedicado a escribir acerca de muertes y más muertes, termina así su relato: A medida que mi avión remontaba el vuelo y sobrevolaba el río, miré a mi alrededor, a la gente que se iba conmigo: predicadores y aprovechados, malditos drogadictos y vaqueros reporteros sin escrúpulos, dispuestos a hacerse con grandes exclusivas plantándose en medio del horror para escenificar su desprecio a la muerte y al dolor gente como yo. Pensé que todos nosotros podríamos servirnos de ese corte, dejar atrás la muerte y la agonía lejos de los ojos y de la mente. Pero sabía bien lo que todos sabemos, que en alguna parte de ese avión los muertos estaban todavía entre nosotros, y que no importaba quiénes fuéramos, seguía siendo asunto nuestro librarse de ellos Algo que impregna Bunia, pero también Kinshasa, donde los lindes entre el mundo diurno y el nocturno, el de los vivos y los muertos, es una frontera porosa como el río. Recepción en el aeródromo de Bunia, con banda de música, a un candidato a presidente en las recientes elecciones todos los colores de las tierras fértiles, verdeantes y amarillas, que rodean Bunia, un valle de colinas que el rocío y los humos azulean. Son las siete y media y ante la calle donde se levanta mi pequeño hotel doblado en cyber- café empieza a circular la población, en bicicleta, en motos como la del taxista Roger Magolo, a pie, Una mujer descalza pasa con el legón al hombro, un hombre con camisa blanca y un sobre en la mano se dirige a resolver un asunto que no admite demora, una joven con la cabeza cubierta toma acaso la dirección de la mezquita, que a las cuatro de la mañana interrumpe el sueño de los gallos y el de los que no tenemos plumas... Sé que a John Berger (véase Hacia la boda le habría gustado ir de paquete en la moto de Roger Magolo por las pistas de tierra de Ituri. El retrovisor partido deja ver parte de su rostro, ensimismado en la ruta, mientras el viento fresco de la mañana nos despabila. Hay que recurrir a él para llegar al campo de desplazados de Dele, a las afueras, territorio pródigo en matanzas. La hermosura engaña. El maestro Jean Léonard Makizala sale a saludar al intruso. Tiene 42 años, nueve vástagos Roger Magolo, moto- taxista, en Bunia y gasta una caligrafía preciosa: sale a relucir cuando anota las aldeas de las que huyeron vecinos como él para salvar el pellejo. Roger Magolo es tan parco en palabras como sobrio conduciendo. No suelta prenda ni siquiera cuando matamos el gusanillo en el restaurante La Paix, también tienda de ultramarinos donde reina como una soberana oriental y fuma con estilo Hasanza Mohamed. El pollo con arroz, de inspiración india, es receta de la dueña de la casa. Hija de iraní y congoleña, su establecimiento parece un remanso en la calle mayor de Bunia. Desde su atalaya, vio la muerte cerca. Pero tampoco le gusta explayarse sobre los malos días del pasado, cuando el número de Pero sabía bien lo que todos sabemos, que en alguna parte de ese avión los muertos estaban todavía entre nosotros, y que seguía siendo asunto nuestro librarse de ellos