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ABC DOMINGO 20 8 2006 Opinión 7 TRIBUNA ABIERTA POR ROBERT KAGAN EL ÚLTIMO HOMBRE SINCERO Si Joe Lieberman ha perdido, no ha sido porque apoyara la guerra de Irak, y ni siquiera porque siga haciéndolo. Ha sido porque se ha negado a elegir uno de los muchos senderos deshonrosos que tenía abiertos para salvar su carrera política EINTINUEVE senadores demócratas votaron en otoño de 2002 a favor de autorizar la invasión de Irak. No hay espacio suficiente en esta página para enumerar los expertos en política exterior y ex funcionarios demócratas, incluidos los de las altas esferas de la Administración de Clinton, que apoyaron la guerra en público y en privado; algunos de ellos incluso firmaron cartas que instaban a derrocar a Sadam Husein. Tampoco hay necesidad de enumerar a los muchos columnistas liberales y conservadores de Whashington Post y otras páginas editoriales de todo el país que se mostraron partidarios de la guerra, o los numerosos periodistas destacados que ofrecieron la cobertura que ayudó a convencer a muchos de que la guerra era necesaria. La pregunta del día es qué hace distinto a Joe Lieberman. ¿Qué le convierte ahora en alguien odioso para un Partido Demócrata y unos columnistas liberales que en su día le apoyaron a él y a la guerra? ¿Por qué ha perdido ahora las primarias demócratas en Connecticut después de tantos años de fiel servicio a ese Estado y a su partido? No ha sido porque fuera un mal demócrata. Como otros han señalado, en la gama más amplia de cuestiones sociales, económicas e incluso de política exterior, Lieberman ha sido un miembro incondicional de su partido. De hecho, el cuestionar sus credenciales demócratas es absurdo, teniendo en cuenta que, al fin y al cabo, fue candidato del partido a la vicepresidencia en 2000. Y tampoco porque sea un halcón. Para que a nadie se le olvide, se incluyó a Lieberman en la candidatura de 2000 en parte porque era un halcón en política exterior y defensa, especialmente enérgico en la cuestión de Irak. En los años noventa, fue el principal promotor de una resolución del Senado, que finalmente se aprobó con 98 votos, para ofrecer dinero a los iraquíes con el propósito expreso de derrocar a Husein. Esto es lo que le hacía atractivo para los demócratas en 2000. Le convirtió en un compañero adecuado para ese otro halcón y candidato, Al Gore. A modo de recordatorio, Gore también había logrado el nombramiento por ser alguien con una línea relativamente dura en política exterior, incluida la referente a Irak. Si Lieberman ha perdido, no ha sido por su apoyo a la guerra. Casi todos los políticos y expertos en política exterior importantes del Partido Demócrata, y muchos columnistas liberales, estaban a favor de la guerra. Tampoco ha sido porque se opusiera a retirar a los soldados de Irak este año. La mayoría de los principales legisladores demócratas coinciden en que una retirada pronta sería un error. Y, por último, tampoco ha sido porque se mostrara demasiado amistoso con el presidente Bush. Lieberman ha vertido su ración de críticas a la gestión de la guerra de Irak y a muchas otras políticas de la Administración. No, el pecado de Lieberman es de una naturaleza distinta. Si hoy se condena a Lieberman es porque V no se retractó. No dijo que se hubiera equivocado. No se volvió contra sus antiguos aliados y les vapuleó. No afirmó que había sido víctima de un engaño. No intentó fingir que no había apoyado la guerra en un principio. No dijo que se hubiera sentido obligado a respaldar la guerra por culpa de un grupo de escritores e intelectuales a los que ahora puede denunciar. No montó un circo para desnudar su alma fingiendo un remordimiento atroz y falso, ni se disculpó con la esperanza de recuperar su reputación, como han hecho algunos intelectuales públicos de renombre. Éstas han sido las tácticas de supervivencia elegidas desde que las cosas empezaron a ir mal en Irak y la guerra se tornó impopular. Intelectuales destacados, tanto liberales como conservadores, la han emprendido con sus amigos y aliados en un esfuerzo por evitar el oprobio por un conflicto que apoyaron públicamente. Los periodistas han arremetido contra sus compañeros para intentar convertirlos en cabezas de turco de toda la profesión. Los políticos han hecho virguerías para justificar su apoyo a la guerra o, mejor dicho, para culpar a otros de convencerles para que la secundaran. Al Gore, el en otro tiempo halcón de la Administración de Clinton, suprimió esa historia de su currículum. Atacó a todos aquellos con los que en su día coincidió sobre Irak y muchas otras cuestiones de política exterior. Y, por este asombroso cambio, ha sido aplaudido por sus compañeros demócratas, y hasta puede que le propongan como candidato del partido. Aparente, increíble y desalentadoramente, todo funciona. Al menos a corto plazo, la falta de honradez compensa. Lo del disimular compensa. El olvidar tus escritos y declaraciones de antes compensa. El condenar a aquellos con quienes antes estabas de acuerdo compensa. La falsa autoflagelación, seguida de una autocongratulación farisaica, compensa. Lo único que no compensa es la sinceridad. Si Joe Lieberman ha perdido, no ha sido porque apoyara la guerra, y ni siquiera porque siga haciéndolo. Ha sido porque se ha negado a elegir uno de los muchos senderos deshonrosos que tenía abiertos para salvar su carrera política. Lieberman es el último hombre sincero, y puede que pague el precio por ello. Al menos podrá dormir por las noches. Y puede que le consuele saber que la historia, al menos una historia sincera, será más amable con él que lo ha sido su propio partido. 2006 Robert Kagan Robert Kagan, miembro del Carnegie Endowment for International Peace y miembro transatlántico de la German Marshall Fund, escribe una columna mensual para The Washington Post REVISTA DE PRENSA POR DIEGO MERRY DEL VAL A VUELTAS CON LA FUERZA DE PAZ Jacques Chirac vestido de Napoleón se dirige hacia un pavoroso incendio con un cubo de agua en la mano, mientras su caballo lanza miradas de susto al distintivo de las Naciones Unidas que le han colocado sobre el lomo. Así ha visto el caricaturista del Times el follón diplomático que se ha creado esta semana en torno a la composición de la fuerza multinacional para el Líbano. Italia corre al rescate con una oferta de 3.000 hombres titula el diario insignia de Rupert Murdoch la noticia sobre el paso adelante dado por Roma, tras la chocante decisión de Francia de no comprometer los 5.000 hombres que había ofrecido originalmente para dirigir la fuerza Le Monde ha sido bastante severo con las autoridades de París. En un editorial titulado significativamente Disipar la ambigüedad el diario parisino argumenta que durante más de un mes de guerra y después del alto el fuego, Francia se ha comprometido firmemente en la búsqueda de una solución diplomática al conflicto Sin embargo, su actitud en la ONU ha sembrado problemas Si Francia rechaza constituir la osamenta de una Finul (nombre con el que se conoce a esa misión internacional) eficaz, capaz de apoyar a Beirut, dejará el campo libre a Hizbolá. Por el contrario- -prosigue el rotativo- -si su actitud consiste en negociar para garantizar la seguridad de sus tropas, entonces es legítima. Chirac debe disipar rápidamente esta ambigüedad Le Figaro, por su parte, defiende a su Gobierno: No puede ser que el resto del mundo se desentienda y deje a Francia la patata caliente, asistida por unos cuantos europeos y los inevitables cascos azules de Fiji. Para evitar aparecer como el brazo armado de Occidente, las tropas de paz deben incluir destacamentos de países árabes y musulmanes. Sobre todo, el mandato que define las condiciones bajo las cuales la fuerza internacional puede responder a las provocaciones debe ser claro y preciso. En caso contrario, se encontrará en situaciones dramáticas como las que conocieron nuestros soldados en Bosnia Al otro lado del Atlántico, el New York Times critica por su parte la forma en que el Gobierno israelí ha trazado un ambicioso objetivo, destruir a Hizbolá, sin contar con una estrategia clara y realista para conseguirlo. El presidente Bush no ha aprendido aún la diferencia entre apoyar a Israel y adoptar sin crítica las políticas de líderes falibles. Esto perjudica a los intereses de Israel a largo plazo y también a los de Estados Unidos