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19 8 06 RELATOS VIAJEROS Congo (I) Kinshasa, la bella y los espectros Tras décadas de sufrimiento y desesperación, Kinshasa, y con ella la República Democrática del Congo, intenta vencer el miedo y la maldición. Recientemente ha celebrado elecciones democráticas POR: ALFONSO ARMADA iajar debería ser un antídoto contra el miedo. Es preciso insistir. La última vez que fui a Kinshasa no tenía tanto miedo como la segunda y la tercera. No pude hacerlo por el río que se bebe todos los ríos, desde Kisangani, corriente abajo, haciendo a la inversa el camino de Joseph Conrad, desde el corazón de las tinieblas (es decir, de lo que estamos dispuestos a hacer para satisfacer todos los deseos: nuestro precio) a las afueras de la antigua Leopoldville. Tampoco como lo hizo Henry Morton Stanley, atravesando el continente como una lanza térmica desde el Índico al Atlántico, ya exhausto, aunque no de matar, ni de colonizar las tierras vírgenes para su patrón, Leopoldo II, rey de los belgas, que haría de aquella finca tan extensa como buena parte de Europa Occidental su colonia penitenciaria, su paradójico Estado Libre, donde los indígenas tenían la libertad de trabajar como esclavos o de morir. Ahí empezó el recuento de penurias: su encuentro con la codicia de los blancos, que al matrimoniar con la co- V dicia de los negros (y Mobutu Sese Seko sería en esa asignatura un alumno prodigioso) haría de la espalda de estos negros de piel entre la antracita y el cobalto una plantación ajena de la que todavía no han conseguido librarse. Hay que llegar a Kinshasa la bella, a la ciudad que es hoy un espectro vibrante de lo que fue, y empeñarse en buscar el río. En Gombe, el barrio de las embajadas, de los grandes hoteles, los ministerios, el comercio que vuelve a renacer tras los saqueos de los años noventa (cuando Mobutu pagó a la tropa con papel mojado) la ville blanca frente a la cité negra, donde se instalaron los belgas para regir los destinos de su formidable colonia. Aquí sí se puede contemplar el río, dejando a un lado los altos muros coronados de espinas, mansiones coloniales de los embajadores de Tanzania, Bélgica, EE. UU. el Reino Unido... Aquí se ensancha la corriente, antigua Stanley Pool (ahora Pool Malebo) un lago fluvial de 830 kilómetros cuadrados que sirve de frontera entre los dos Congos, Congo- Brazaville y Congo- Kinshasa. Pero en cuanto se aleja uno de Gombe, los blancos escasean y la ciudad africana se adueña del pulso de la bella Kin, la dolorida Kin, la torturada, la de los apagones que cuando descarga el aguacero es como si Hércules se hubiera puesto a limpiar el establo del No es de extrañar que el fenómeno de los niños embrujados sea una epidemia en Kinshasa, Ciudad invisible pese a su energía, a su dureza El funcionario con más entorchados y menos escrúpulos se encargaba de encañonar al blanco que se ponía a tiro, le exigía el pasaporte a pie de pista y desaparecía Una pista de tenis en el barrio de Gombe AP cielo y se inunda como una enfermedad incurable. La primera vez que fui a Kinshasa el país se llamaba Zaire, Mobutu parecía bien atrincherado en el poder, y el aeropuerto era una cueva de ladrones, uno de los lugares más atroces de la Tierra. A la bofetada de calor húmedo que te recibía sin contemplaciones le sucedía el asfalto rugoso de la pista, y ante la fachada del desvencijado edificio aeroportuario de N Dili, cuyo rótulo amarillo malaria tenía varias letras tuertas, una muchedumbre en la que destacaban los mamporreros de la larguísima escalera mobutista. El funcionario con más entorchados y menos escrúpulos se encargaba de encañonar al blanco que se ponía a tiro, le exigía el pasaporte a pie de pista y desaparecía entre la masa compacta que se cerraba como el mar Rojo sobre las tropas del faraón. Entonces empezaba la pesadilla. Había que perseguir al tipo por un laberinto mortecino. La primera vez, con el miedo virgen, para propiciar ese diálogo de tú a tú entre el poder absoluto y el viajero inerme, se encargaron los secuaces del sacamantecas de reventar un candado con una palanca oxidada. Allí, bajo una bombilla